“El marco político del siglo XXI es extraordinariamente interesante y complejo”, plantea Ricardo Lorenzetti. La política actual funciona en un escenario de caos sistémico, atravesado por “muchas revoluciones al mismo tiempo”: ambiental, económica, tecnológica y geopolítica. Transformaciones simultáneas que modificaron las bases sobre las que se construyó la política del siglo XX y frente a las cuales las categorías tradicionales resultan cada vez menos útiles.
Ese desajuste produce dos fenómenos. Por un lado, un caos estructural derivado de cambios profundos en la economía, la tecnología y la geopolítica. Por otro, un caos político deliberado, impulsado por dirigentes que aceleran la inestabilidad para construir poder. En ese contexto, Lorenzetti retoma la idea de los “ingenieros del caos” y plantea un objetivo distinto: gobernar el caos, no profundizarlo.
Durante el siglo XX, el mapa político era relativamente estable. “La izquierda era transformadora y la derecha era conservadora”, resume Lorenzetti. Esa lógica organizaba tanto a la política como al electorado. Si un partido se declaraba de derecha o de izquierda, existía un conjunto previsible de políticas asociadas a esa identidad.
Hoy, en cambio, “hay gobiernos de izquierda y de derecha, pero no se derivan de esa calificación ninguna de las consecuencias habituales del siglo XX”. El resultado es confusión política, incertidumbre electoral y una pérdida generalizada de referencias ideológicas.
El giro más disruptivo aparece en la relación entre pasado y futuro. “La izquierda del siglo XX prometía futuro, la sociedad igualitaria”. Hoy, en cambio, “parece un partido de la memoria, un partido del pasado”. Mientras tanto, sostiene, la derecha pasó a ocupar el lugar de la promesa de transformación, con discursos centrados en recuperar grandeza nacional, desarrollo económico o identidad cultural.
La consecuencia es una desorganización profunda del lenguaje político. Los partidos cambian nombres, construyen alianzas ambiguas y utilizan etiquetas que ya no describen proyectos ideológicos claros. Lorenzetti habla de una “polución del marco político”: las categorías tradicionales perdieron capacidad explicativa y todavía no apareció un nuevo sistema de referencias.
El episodio introduce entonces el surgimiento de las nuevas derechas no puede explicarse solo por su propia dinámica. “Estos modelos extremos no hubieran surgido si la izquierda hubiera tenido éxito”, plantea. El argumento es estructural: durante décadas hubo gobiernos socialdemócratas, liberales moderados y progresistas, pero no lograron modificar de manera profunda la estructura social.
“Los pobres mayoritariamente siguieron siendo pobres y los ricos siguieron siendo cada vez más ricos”. Esa continuidad generó “un enorme desprestigio de la izquierda”, porque la promesa de transformación estructural no se concretó.
A ese fracaso material se suma un error estratégico: la falta de lectura del cambio histórico. “La izquierda tampoco entendió el cambio social, ambiental y tecnológico”, explica Lorenzetti. La política siguió hablando en términos del siglo XX frente a una sociedad transformada por la digitalización, la globalización y la crisis climática.
El resultado fue la aparición de una sociedad enojada. No solo contra un partido o una ideología, sino contra el sistema en su conjunto. “Una polarización sistémica”, donde el voto se vuelve muchas veces un voto contra el sistema más que a favor de un proyecto.
En ese contexto surge lo que muchos teóricos llaman la nueva derecha. El episodio advierte contra una lectura simplista. Existe una corriente que la describe como puro autoritarismo —idea presente en autores como Anne Applebaum—, pero Lorenzetti la define como un enfoque “reduccionista”. Hay sectores que efectivamente buscan modelos autoritarios, pero el fenómeno es más amplio y complejo.

La transformación más visible aparece en la relación entre política y poder económico. Mientras la derecha tradicional se apoyaba en el empresariado industrial —el núcleo del desarrollo económico del siglo XX—, la nueva derecha construye alianzas con el empresariado tecnológico. No solo cambian los actores: cambia la lógica de poder, el ritmo de las decisiones y el modo de intervenir en la gestión pública. La tecnología introduce velocidad, eficiencia y soluciones rápidas, pero también redefine quién influye en la toma de decisiones y cómo se ejerce el poder dentro del Estado.
En paralelo, también cambia la relación con la visibilidad. Antes, la articulación entre política y grandes empresas se negociaba en ámbitos reservados y con bajo nivel de exposición pública. Hoy esa relación se exhibe abiertamente como parte de una narrativa de modernización, innovación y eficiencia estatal, en la que el vínculo con el sector tecnológico aparece como una promesa de futuro.
Ese desplazamiento se proyecta también sobre la estructura social del voto. La derecha tradicional se asociaba principalmente a sectores medios y altos, mientras que la nueva derecha construye discursos simples, directos y emocionalmente eficaces dirigidos también a sectores populares. “Proposiciones simples”, señala Lorenzetti, que conectan con el malestar social acumulado y prometen movilidad, orden económico o recuperación del empleo.
Este cambio produce una fractura transversal sobre la división histórica entre derecha e izquierda. Sectores sociales que durante décadas se identificaron con agendas progresistas o de izquierda comienzan a migrar hacia discursos de derecha, especialmente cuando estos logran canalizar demandas materiales concretas o frustraciones acumuladas frente a la falta de resultados estructurales.
Al mismo tiempo, el marketing político se transforma de manera radical. El lenguaje técnico, institucional y formal de la política tradicional es reemplazado por narrativas emocionales, teorías conspirativas y estrategias construidas sobre análisis de datos masivos. “La tecnología permite saber qué enoja y qué moviliza a cada persona”, explica Lorenzetti. En ese escenario, los algoritmos amplifican discursos polarizantes, simplifican debates complejos y favorecen mensajes de alto impacto emocional.
La transformación alcanza incluso la dimensión estética de la política. Los dirigentes adoptan códigos narrativos y visuales del mundo digital, del gaming y de la cultura de redes, buscando conectar con audiencias formadas en entornos digitales masivos. La política deja de parecerse al formato institucional clásico y empieza a tomar rasgos del entretenimiento digital.
Sin embargo, Lorenzetti advierte que no todos los elementos del ideario de derecha se modificaron. En materia económica persiste un núcleo estable: libertad de mercado, desregulación, intervención estatal limitada y una tradición intelectual vinculada a Hayek, Von Mises y la Escuela de Chicago. En ese plano, la continuidad es mucho más fuerte que la ruptura.
El episodio cierra con un planteo metodológico: analizar la crisis de la izquierda y la emergencia de nuevas derechas no es un ejercicio ideológico sino una condición para entender cómo se están reorganizando los sistemas políticos en sociedades atravesadas por transformaciones simultáneas (tecnológicas, ambientales, económicas y geopolíticas). Para Lorenzetti, la política del siglo XXI está operando con categorías del siglo XX y, mientras no aparezcan nuevos marcos de interpretación, la confusión entre izquierda y derecha va a seguir profundizándose, y con ella la inestabilidad electoral, la polarización social y la pérdida de confianza en las instituciones. El eje, plantea entonces, pasa por reconstruir criterios claros para interpretar el presente y ordenar la acción política en contextos de alta complejidad.


