
Muchas personas pueden creer que los sismos son “propiciados” por el calor o la lluvia; sin embargo, la explicación científica es muy diferente.
La lluvia intensa y los truenos sí generan vibraciones detectables en el suelo, pero eso es radicalmente distinto a provocar un terremoto.
Los sismómetros modernos registran el impacto de las gotas sobre la tierra y las ondas acústicas de las tormentas, señales más débiles que las que produce el paso del metro en una ciudad, pero suficientes para que los instrumentos las capturen.
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La razón principal es una falacia de correlación. Cuando un temblor ocurre en un día lluvioso o caluroso, la mente conecta ambos eventos e ignora que el 99% de los días con ese mismo clima no tiembla.
El mes de septiembre en México potencia ese sesgo. Las lluvias de temporada coinciden con el aniversario de los sismos de 1985 y 2017, y las redes sociales amplifican la narrativa de un supuesto “clima sísmico” cada vez que ocurre un temblor en ese periodo.
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Los truenos añaden otra capa de confusión. Sus ondas acústicas se acoplan al suelo y los sismómetros las registran como señales de corta duración y alta frecuencia, que algunos confunden con microsismos.
Raúl Valenzuela Wong, investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM, documentó las principales creencias sin sustento científico que circulan en el país:

Los sismos son fenómenos geológicos que ocurren a decenas de kilómetros de profundidad.
El clima es un fenómeno atmosférico y superficial. Son sistemas sin conexión directa: tiembla igual en días fríos, calurosos, lluviosos o secos.
Instituciones como la UNAM, el Servicio Sismológico Nacional y el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) son contundentes en ese punto: no existe una “temporada de sismos” ni el clima puede generar terremotos.
Existe un matiz que la ciencia sí reconoce, aunque en términos muy acotados.
Investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en colaboración con científicos japoneses, publicaron en la revista Science Advances el primer estudio en demostrar que las fuertes nevadas y lluvias pueden contribuir a la generación de ciertos sismos de baja magnitud.
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El mecanismo no es directo. Las precipitaciones intensas añaden peso sobre el suelo, lo que aumenta la presión de los fluidos en las grietas y fisuras del lecho de roca, fenómeno conocido como presión de poros.
Esa presión actúa como una cuña hidráulica que puede liberar tensión en fallas ya debilitadas.
“Vemos que las nevadas y otras cargas ambientales en la superficie impactan el estado de tensión subterráneo, y el momento de las precipitaciones intensas está bien correlacionado con el inicio de este enjambre de terremotos”, explicó William Frank, profesor del Departamento de Ciencias de la Tierra, Atmosféricas y Planetarias del MIT.
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El propio Frank subrayó que se trata de “factores de segundo orden”: el desencadenante principal siempre se origina bajo tierra.
La lluvia no produce terremotos; los terremotos los produce el movimiento de las placas tectónicas.
Sobre el calor, la situación es más clara: no existe evidencia científica de que la temperatura atmosférica afecte los procesos geológicos que ocurren a gran profundidad.

Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM, fue directo:
“Los sismos se originan al interior de la Tierra y nada tienen que ver con fenómenos atmosféricos.
Los sismos suceden a lo largo del año y hay que estar preparados”.
El catálogo del Servicio Sismológico Nacional (SSN) registra 74 sismos de magnitud 7.0 o superior desde 1900.
Entre ellos hay siete casos de al menos dos sismos en la misma fecha del calendario, lo que desmonta la idea de fechas fatídicas.
La zona oriente de la Ciudad de México concentra la mayor sismicidad local.
El área poniente, en demarcaciones como Cuajimalpa, también registra eventos, aunque de forma más esporádica.

El Instituto de Geología de la UNAM ha cartografiado entre 20 y 30 fallas activas dentro de la ciudad, aunque no son las únicas.
Quintanar Robles señaló que la extracción de agua en el Valle de México puede ser un factor concurrente a la actividad sísmica, aunque no el principal.
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