
Las guerras modernas no sólo se libran en los campos de batalla ni se miden únicamente por el número de víctimas humanas. También dejan cicatrices profundas en el planeta. El reciente conflicto entre Estados Unidos e Irán vuelve a recordarnos que cada misil, cada instalación petrolera destruida y cada incendio industrial tiene un costo ambiental que puede durar décadas. La mayoría de medios están enfocados en el inminente cambio geopolítico y en las operaciones militares, pero no podemos obviar a otra víctima colateral del conflicto: el medio ambiente.
Uno de los efectos más inmediatos para la naturaleza es la contaminación atmosférica derivada de ataques a infraestructura energética. Los incendios en depósitos y refinerías han sido constantes y liberan enormes cantidades de partículas finas, dióxido de azufre y otros contaminantes que deterioran la calidad del aire y afectan la salud pública. El Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente (CEOBS) ha advertido que la destrucción de instalaciones petroleras puede provocar nubes tóxicas capaces de extenderse por cientos de kilómetros, además de dejar residuos contaminantes que se depositan en suelos y cuerpos de agua.
Los impactos más duraderos justamente se notarán en el agua. Los bombardeos sobre terminales petroleras, oleoductos y depósitos de combustibles aumentan el riesgo de derrames que se infiltrarán en acuíferos o llegarán al mar. De acuerdo con análisis citados por medios como Infobae y Al Jazeera, la liberación de hidrocarburos y sustancias químicas durante un conflicto puede contaminar suelos agrícolas, ríos y zonas costeras durante años, afectando tanto la biodiversidad como las actividades humanas que dependen de estos recursos.
A ello se suma un problema menos visible pero potencialmente más grave: el impacto sobre la infraestructura hídrica. En gran parte del Golfo Pérsico el agua potable depende de plantas desalinizadoras que transforman el agua de mar en agua apta para consumo humano. Cuando estas instalaciones resultan dañadas, pierden suministro eléctrico o simplemente dejan de operar por razones de seguridad, millones de personas pueden enfrentar escasez de agua en cuestión de días. Expertos citados por Al Jazeera han advertido que los ataques con misiles y drones en la región ya han puesto en riesgo algunas de estas instalaciones, lo que podría provocar no sólo problemas de abastecimiento sino también descargas irregulares de salmuera y productos químicos al mar.

El riesgo es particularmente delicado en el Golfo Pérsico, una región donde confluyen algunos de los principales centros energéticos del mundo y por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia globalmente. El Estrecho de Ormuz se ha convertido en la piedra angular del conflicto tanto en aspectos económicos mundiales como en la estabilidad ambiental. Un ataque a petroleros o terminales podría provocar derrames de gran escala en un ecosistema marino ya de por sí frágil. El propio Programade Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha documentado cómo los hidrocarburos vertidos en el mar pueden permanecer durante años en sedimentos y costas, afectando aves, peces y arrecifes.
En este punto conviene recordar los antecedentes que tenemos. Durante la Guerra del Golfo de 1991, el ejército iraquí incendió más de 600 pozos petroleros en Kuwait. Las columnas de humo fueron visibles desde el espacio y millones de toneladas de contaminantes se liberaron a la atmósfera. Además, se produjo el mayor derrame petrolero deliberado de la historia cuando se vertieron entre seis y ocho millones de barriles de crudo en el Golfo Pérsico, según registros del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Aquella catástrofe demostró que los daños ambientales de un conflicto armado pueden superar con creces la duración de la guerra misma.
La Tierra ya enfrenta una crisis climática y una presión creciente sobre sus recursos naturales desde hace décadas, y cada guerra multiplica los daños ambientales acumulados. La destrucción de instalaciones industriales, la contaminación del agua, la interrupción de sistemas de abastecimiento y la quema masiva de combustibles no desaparecen cuando se firma un alto al fuego. Permanecen durante generaciones.
Por eso, cuando se analizan los conflictos contemporáneos, conviene recordar que la devastación no termina cuando callan las armas. A menudo apenas comienza. Las futuras generaciones, ajenas a las decisiones de los gobiernos actuales, terminarán pagando la factura.
Día Mundial del Agua
En este contexto, vale la pena recordar que cada 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua, una fecha que busca visibilizar la importancia de proteger este recurso vital. Sin embargo, en escenarios de guerra como el que hoy tensiona al Golfo Pérsico, ese llamado adquiere una dimensión más urgente: el agua no sólo enfrenta amenazas por sobreexplotación o cambio climático, sino también por la destrucción deliberada o colateral de conflictos bélicos.


