
El Huei Tzompantli de Tenochtitlán fue descubierto en 2015, y ahora, a una década de distancia, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) impulsa una serie de estudios para determinar dónde nacieron las más de 200 personas a quienes corresponden los cráneos.
“Mientras los cráneos estuvieron en la palizada nunca hubo algo que los alterara tafonómicamente, y eso es relevante”, subraya el antropólogo físico Jorge Gómez-Valdés al referirse a la excepcional conservación de los restos hallados en el Huei Tzompantli sobre la calle de Guatemala, en el Centro Histórico.
Los estudios actuales se centran en la caracterización biológica y cultural de los restos, con la colaboración de los laboratorios de Bioarqueología y Genética de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).
En la ceramoteca del Museo del Templo Mayor (MTM), una muestra de 214 cráneos humanos ha sido sometida a procesos de limpieza, estabilización, consolidación y restauración, lo que permite su análisis detallado desde múltiples disciplinas.

Uno de los proyectos en curso es el análisis de isótopos estables, que busca determinar la cronología y la movilidad de los individuos.
El estudio se enfoca en los isótopos de Carbono (C), Oxígeno (O) y Estroncio (Sr) presentes en el primer molar de los cráneos que aún lo conservan.
De las muestras, 83 fueron enviadas a la Universidad de Georgia, en Estados Unidos, con financiamiento de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.
El objetivo es que el Proyecto Huei Tzompantli mantenga la tutela de los resultados, lo que garantiza la soberanía científica sobre los datos obtenidos. Gómez-Valdés explica que estos elementos, incorporados al organismo a través de la alimentación y el agua, quedan fijados en huesos y dientes durante la infancia, especialmente en el primer molar, que se forma en los primeros seis años de vida.
El análisis de carbono-14 permite así ubicar temporalmente a los individuos y comprender el contexto histórico en el que vivieron.
En paralelo, el equipo del PAU desarrolla un segundo proyecto enfocado en el análisis de ADN antiguo. Las muestras, tomadas por el Laboratorio de Genética de la ENAH, serán enviadas al Instituto Max Planck (IMP) en Alemania, reconocido por su especialización en paleogenómica.

Este trabajo se realiza en el marco de un convenio entre el INAH y el IMP, y contará con la participación del bioquímico mexicano Rodrigo Barquera, formado en la ENAH, junto al antropólogo físico Víctor Acuña, responsable del laboratorio de genética.
El análisis genético permitirá identificar con mayor precisión el sexo y la filiación biológica de los individuos, especialmente en aquellos casos donde los restos están incompletos o corresponden a infantes.


