Ningún estratega de la industria musical habría anticipado que una canción de base electrónica, rapeada en coreano y acompañada de una coreografía insólita, transformaría a Psy, quien hoy cumple 48 años, en el protagonista de uno de los mayores fenómenos virales del siglo.
En aquel momento, la lógica de circulación musical estaba mutando de manera acelerada. YouTube dejaba de ser un simple sitio para subir videos para convertirse en un termómetro cultural global, y las redes sociales comenzaban a funcionar como amplificadores imprevisibles del gusto colectivo. “Gangnam Style” fue mucho más que un hit musical: fue una de las primeras pruebas masivas de que el algoritmo y la repetición podían construir una celebridad planetaria sin pasar por los canales tradicionales de la industria.
El 15 de julio de 2012, el sencillo “Gangnam Style” irrumpió en Corea del Sur como anticipo de su sexto álbum, con expectativas modestas por parte del propio artista: aspiraba a posicionarse en los rankings locales y atraer a más público a sus conciertos. Sin embargo, la explosión ocurrió gracias al video y, en particular, a la manera en que Psy simulaba montar un caballo y agitaba un lazo invisible frente a la cámara, pasos que, tras viralizarse en redes sociales, dieron la vuelta al mundo.

A diferencia de los ídolos esbeltos y coreografiados al milímetro del K-Pop, el músico apostó por el ridículo como lenguaje, con un cuerpo fuera de los camones habituales. Su baile exagerado, su gestualidad grotesca y la ausencia deliberada de glamour operaron como una ruptura: no pedía admiración, sino complicidad. En una industria obsesionada con la perfección, convirtió la caricatura en capital simbólico y transformó el humor en una forma inesperada de identificación global.
El efecto de propagación se intensificó cuando figuras reconocidas como Robbie Williams y el rapero T-Pain compartieron el video en sus redes sociales, lo que, en cuestión de días, elevó las visualizaciones diarias a 11 millones. El video no solo superó el umbral de los mil millones de visualizaciones —un hito sin precedentes que obligó a YouTube a actualizar su contador en 2014—, sino que, en 2017, ya había alcanzado los 5 mil millones de reproducciones, aunque para entonces cedía el primer puesto a “Despacito” de Luis Fonsi y Daddy Yankee, que acumulaba 8 mil millones. No obstante, “Gangnam Style” permanece como el primer video en romper la barrera del billón y como un ícono cultural de la era digital.
El propio Psy jamás imaginó que una creación pensada para el público coreano se convertiría en un fenómeno global. La composición, con su estribillo repetitivo, letra paródica sobre la vida ostentosa en el barrio de Gangnam —uno de los más exclusivos de Seúl— y una estética que ironiza las costumbres de las clases altas, logró instalarse universalmente aun cuando la mayoría de quienes imitaban el famoso “baile del caballo” desconocían el significado de la letra. A pesar de no poseer el aspecto ni la voz de los ídolos convencionales del K‑Pop, Psy captó la atención internacional por la singularidad de su propuesta visual y la energía contagiosa de su performance.

La historia de Park Jae-Sang, su nombre real, está signada por una infancia en una familia de clase alta y expectativas desligadas de la música. Nacido el 31 de diciembre de 1977 en el barrio de Gangnam, creció bajo la tutela de su padre, Park Won-Ho, presidente ejecutivo de DI Corporation, una firma de la industria de semiconductores. El joven Park encontró su vocación lejos del mundo empresarial, inspirado por un concierto televisado de Queen y la interpretación de “Bohemian Rhapsody”.
Aunque viajó a Boston para estudiar administración de empresas, abandonó pronto el camino académico para sumergirse en la escena musical local y, más tarde, en el Berklee College of Music, antes de regresar a Corea del Sur y embarcarse en su carrera artística.
Desde sus primeros trabajos discográficos, la estrella coreana eligió el camino de la provocación y la ruptura de moldes, con álbumes que generaron controversias y llamadas a la censura. Sus coreografías excéntricas y una apuesta por el humor construyeron una identidad performática única.
La notoriedad trajo aparejados problemas personales: detenciones vinculadas al consumo de alcohol y drogas, intentos de eludir el servicio militar y una adicción creciente que él mismo reconocía, afirmando: “Si estoy contento, tomo; si estoy triste, tomo; si llueve, tomo; si hay sol, tomo. Solo estoy sobrio cuando tengo resaca”, en declaraciones al Sunday Times.
El éxito mundial coincidió con un período de crisis personal, en el que la presión por repetir el fenómeno de “Gangnam Style” resultó insostenible. El lanzamiento de “Gentlemen”, aunque alcanzó el récord de mil millones de visualizaciones en un solo día y fue certificado por el Guinness, confirmó la imposibilidad de replicar un fenómeno de semejante magnitud.
El problema no fue el descenso, sino la comparación permanente con un pico imposible de sostener. En la cultura del ranking y las métricas visibles, cada nuevo lanzamiento quedó condenado a medirse contra una vara inalcanzable. Para PSY, el éxito dejó de ser una experiencia y pasó a convertirse en una amenaza: la de quedar fijado para siempre a un solo momento de genialidad colectiva, sin margen para la reinvención.

El impacto global del cantante redefinió la proyección internacional del K‑Pop. “Gangnam Style” funcionó como catalizador para la aceptación de la música coreana fuera de Asia, abriendo las puertas a otros artistas y consolidando el género como un fenómeno planetario. Presentaciones junto a figuras como Madonna, colaboraciones televisivas con Britney Spears y la incorporación de su coreografía a la cultura pop mundial establecieron un modelo de viralización inédito hasta entonces. A pesar de su éxito en el mundo, Psy puede quitarse sus icónicas gafas negras y moverse fuera de su país en el anonimato.
La dimensión del éxito tuvo efectos que no se agotaron en la exposición pública ni en la exigencia profesional. La presión por sostener un fenómeno irrepetible, sumada a una vida personal desordenada y a una relación problemática con el alcohol, fue erosionando su estabilidad cotidiana. Con el paso del tiempo, el insomnio se volvió persistente y la necesidad de regular el descanso pasó a ocupar un lugar central en su vida, como él mismo y su entorno admitirían más adelante.

Este año, el músico ocupó titulares en los medios, con temas ajenos a la música. Según The Korea Herald, PSY fue investigado por presunta violación de la Ley de Servicios Médicos local, tras recibir recetas de Xanax y Stilnox sin consulta presencial y delegar la recogida a terceros. El propio artista admitió públicamente el error a través de su agencia, P Nation, y justificó el uso de psicotrópicos por un trastorno crónico de sueño bajo supervisión médica. Además, su nombre apareció en pesquisas vinculadas a Yang Hyun-suk, fundador de YG Entertainment —la compañía que impulsó su carrera internacional—, en el marco de escándalos de prostitución y drogas en la industria, aunque sin que se comprobara su implicación directa.

A más de una década del fenómeno, “Gangnam Style” persiste como una paradoja cultural: fue una sátira local que terminó globalizada, una burla a la ostentación que generó fortunas y un gesto artístico nacido del exceso que acabó por devorar a su propio creador. Psy encarnó antes que nadie el costo emocional de la viralidad permanente, cuando el éxito deja de ser una conquista y se vuelve una carga.
En medio de estas controversias, la agenda actual de Psy demuestra su vigencia en la escena coreana. El 28 de junio de 2025, inauguró su gira Summer Swag ante 30 000 asistentes en el Estadio Incheon Asiad y sorprendió al invitar a Rosé, destacada figura de Blackpink, para interpretar juntos el éxito “APT.” Este encuentro, celebrado como un hito en el K-Pop, refuerza el rol de Psy como puente entre generaciones, combinando la huella de un fenómeno irrepetible con la vitalidad de una escena coreana que sigue reinventándose.
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