
La mañana del 27 de marzo de 1995, a pocas cuadras del Cuadrilátero de la moda, la zona de tiendas más exclusiva y glamorosa de Milán, el heredero del imperio Gucci, Maurizio, fue acribillado en la escalinata de su oficina por un sicario. Vestía un traje elegante y mocasines con el clásico logo de la doble G, cuando recibió tres disparos por la espalda apenas después de saludar al portero del edificio de via Palestro 20. El último atravesó su sien. Tenía 46 años. Dos años antes, había vendido su parte en la empresa familiar tras una áspera disputa interna.
La conmoción no tardó en instalarse: la alta sociedad italiana, los medios internacionales y el mundo de la moda quedaron paralizados. Lo que en un principio fue una muerte rodeada de especulaciones financieras y conflictos familiares, se convirtió en uno de los episodios policiales más mediáticos de la historia del lujo italiano.
Una ejecución a plena luz del día
El crimen ocurrió a plena luz del día. A las 8,30 de la mañana Maurizio Gucci acababa de cruzar la calle hacia su oficina cuando un sicario lo alcanzó por la espalda y le disparó. Las balas lo derribaron en los escalones de entrada; el portero del edificio fue testigo directo del ataque. La escena, tan brutal como precisa, dejaba claro que se trataba de una ejecución.
Las sospechas iniciales de la policía se centraron en los negocios del empresario. Con varios enemigos dentro y fuera del clan familiar, y operaciones en marcha como una inversión en un casino suizo, el abanico de posibilidades era amplio. La versión más difundida atribuía el asesinato a venganzas corporativas, aunque no tardaron en aparecer pistas que llevarían la investigación a otro terreno.
Los medios llegaron al lugar del crimen de inmediato. Los camarógrafos captaron a Allegra, una de las dos hijas adolescentes del empresario textil, que se cubría con su campera, llorando desconsolada. A los minutos las autoridades retiraron el cuerpo de su padre, cubierto por una sábana.

“Recuerdo que aquella mañana estaba en casa. Tenía 14 años. Vivíamos en un ático de Via Passerella y mi habitación daba sobre la plaza. Mi mamá entró en la habitación y me dijo que papá había muerto. Y yo recuerdo que me puse de cuclillas en el piso, a mirar la plaza y sentí dentro de mi como si la vida se hubiese detenido de repente. Como si se hubiese venido abajo”, recordó Allegra, 27 años después de crimen, en una entrevista de Vanity Fair, donde conversó sobre su vida antes y después de ese día dramático, que volcó en una autobiografía titulada “Fine dei giochi. Luci e ombre sulla mia famiglia” (Fin de los juegos. Luces y sombras sobre mi familia) publicado por Piemme.
En esta cronología, solo a horas después del crimen, la pareja de Maurizio, Paola Franchi, recibió una orden de desalojo del lujoso departamento que compartía con él sobre Corso Venezia, firmada por la ex esposa de Maurizio, Patrizia Reggiani, con fecha del mismo día y apenas horas después de su muerte. El documento revelaba una premeditación difícil de ignorar.

Hubo pocos miembros de la familia el día del funeral. Patrizia Reggiani -que intentaba seguir siendo llamada Lady Gucci, a pesar del divorcio formalizado un año antes- estaba junto a las hijas Alessandra (18) y Allegra vestida de luto. Nadie hubiese pensado, en ese momento, que ella sería sentenciada a 29 años de prisión, dos años más tarde, por haber contratado sicarios para el crimen.
La relación inicialmente rechazada
El primer encuentro entre Maurizio y Patrizia tuvo lugar a fines de los años 60, en una fiesta de la alta sociedad milanesa. Él quedó encandilado con sus ojos violetas y la comparó con Elizabeth Taylor. Ella, por su parte, recordaría más tarde: “Me miraba como un pez herido, se enamoró perdidamente de mí”. Al principio, no le prestó demasiada atención: “Me parecía un chico tímido con los dientes torcidos”.
Maurizio era hijo único, había perdido a su madre a los cinco años y vivía bajo la estricta protección de su padre, Rodolfo Gucci. Ese encierro emocional encontró alivio en la figura extrovertida y carismática de Patrizia. Se casaron en 1972, a pesar de la oposición familiar. Rodolfo Gucci le había dicho que la mujer era una cazafortunas, interesada solo en el dinero de la familia. Por esta razón ningún miembro de la familia Gucci asistió a la boda. La pareja desoyó la desaprobación y cuando ambos tenían 24 años dieron el sí y más tarde tuvieron a sus dos hijas: Alessandra y Allegra.

Patrizia supo ganarse el respeto del clan cuando intercedió para que Rodolfo asistiera al bautismo de su primera nieta, logrando así una tregua con su suegro. Durante años, la pareja fue inseparable y se convirtió en símbolo de poder y ostentación.
En la misma entrevista, Allegra se refirió a la relación que tuvieron sus padres durante sus años de matrimonio: “La historia de amor entre mis padres, que duró 13 años, fue hermosa. Esos 13 años estuvieron llenos de un amor puro, un amor pasional, verdadero. Después, lamentablemente, el amor se terminó, pero no por Paola Franchi. Mi padre dejó a mi madre en 1985, cuando yo tenía 4 años”, explicó Allegra Gucci, quien enfatizó que por más que se haya dicho en los medios que había dejado a una mujer por la otra, no había ocurrido así. Que hubo otras mujeres en el medio y que con Franchi inició una convivencia en 1994, un año antes del crimen.

Los orígenes de Patricia Reggiani
Nacida en un pueblo de Modena, en el norte de Italia, Patrizia Reggiani no conoció a su padre biológico. Su vida cambió de forma radical cuando su madre, camarera, se casó con Ferdinando Reggiani, un acaudalado empresario del transporte. Desde entonces, Patrizia fue consentida con abrigos de piel, autos deportivos y joyas.
A los 20 años ya frecuentaba la alta sociedad milanesa gracias a su belleza y fortuna. Fue apodada la “Joan Collins de Monte Napoleone” por la prensa, en referencia a la actriz y a la famosa calle de lujo de Milán. Lucía ropa firmada por Valentino y Chanel, y era una gran organizadora de sus propias fiestas temáticas.
Junto a Maurizio, llevó una vida de lujos y excentricidades en residencias repartidas entre Nueva York, Acapulco, St. Moritz, Connecticut y diversas islas privadas. En el velero Creole, comprado al magnate griego Stavros Niarchos, celebraban fiestas extravagantes con invitados de la talla de Jackie Onassis. Patrizia llegó a gastar más de 10.000 dólares mensuales en orquídeas.

Luchas de poder
El nudo del conflicto comenzó a girar en torno al poder dentro de la compañía. Maurizio había ingresado a trabajar en Gucci a los 15 años, y con el tiempo se enfrentó a su tío Aldo y a sus primos para quedarse con el control. Tras la muerte de su padre en 1983, heredó el 50% de la empresa y, con ayuda de la financiera árabe Investcorp, logró desplazar al resto del clan.
A pesar de contratar al diseñador Tom Ford, cuyos diseños revivieron el glamour de la marca, Maurizio demostró ser un pésimo administrador. Las pérdidas se acumularon y, en 1993, vendió el total de sus acciones a Investcorp por 200 millones de dólares. Fue la primera vez que la familia Gucci perdió el control de la empresa fundada en 1906 por Guccio Gucci.

Para Patrizia, esa decisión fue una traición no solo financiera, sino identitaria: “Estaba llena de ira y no había nada que pudiera hacer”, confesó.
Lady Gucci hasta el final
En 1985, tras trece años de matrimonio, Maurizio Gucci abandonó a Patrizia sin explicaciones: se fue a un supuesto viaje de negocios a Florencia del que nunca regresó. La noticia de la separación no llegó por boca de él, sino a través del médico de la familia. El distanciamiento fue total. Tiempo después comenzó una relación con Paola Franchi, una mujer más joven con quien se instaló en la misma Milán.
A pesar del divorcio formalizado en 1991, Reggiani nunca aceptó haber perdido su lugar en el centro del universo Gucci. Abandonar ese estatus era una condena. “Seguí siendo Lady Gucci”, declaró. Como parte del acuerdo, recibió la custodia de sus hijas y una pensión anual de un millón de euros, pero no le alcanzaba: su enojo iba en aumento, tanto por haber sido desplazada de la dirección de la marca como por la nueva vida pública que su ex marido llevaba con Franchi, a bordo del mismo velero y en las mismas casas que habían compartido.

En entrevistas concedidas a The Guardian y Corriere della Sera, Patrizia relató abiertamente cómo ese desprecio progresivo fue virando hacia pensamientos homicidas. “Le preguntaba a todo el mundo, hasta al carnicero: ’¿No habrá alguno con el coraje de matar a mi marido?‘”. Su obsesión se intensificó cuando supo que Maurizio pensaba volver a casarse: no podía aceptar que otra mujer fuera reconocida como “Lady Gucci”.
La sentencia judicial dejó claro que no actuó sola. Fue su amiga, la vidente napolitana Pina Auriemma, quien contactó al sicario Benedetto Ceraulo y a sus cómplices, Orazio Cicala e Ivano Savioni. Reggiani no se encargó de la logística ni disparó el arma, pero ordenó y financió el crimen. En su diario personal, el día del asesinato, escribió la palabra “Paradeisos”, que en griego significa “paraíso”.
Durante dos años, el caso estuvo estancado. Aunque había sospechas sobre Reggiani, no existían pruebas concretas. La investigación tomó un giro decisivo cuando uno de los cómplices se jactó del crimen ante la persona equivocada. En la madrugada del 31 de enero de 1997, la policía irrumpió en el departamento de Corso Venezia y arrestó a Patrizia.
Ella no mostró sorpresa: “Sí, por el homicidio de mi marido”, respondió con frialdad al ser interrogada. Antes de salir, tomó sus joyas y se colocó un abrigo de piel. Un detective intentó disuadirla, pero ella replicó: “Mis joyas y mi tapado van donde vaya yo”.
El juicio se celebró en 1998, en medio de una cobertura mediática masiva. Los abogados de Reggiani no negaron que hubiera hablado abiertamente sobre sus deseos de ver a Maurizio muerto, pero intentaron trasladar la culpa a Auriemma, presentándola como la instigadora. La evidencia, sin embargo, era abrumadora: grabaciones, testimonios, entradas de su diario, transferencias de dinero.
El tribunal la declaró culpable y la condenó a 29 años de prisión. El juicio consolidó su apodo de “la viuda negra de la moda”. Ningún miembro de la familia Gucci asistió.
Tras ser condenada, Patrizia Reggiani ingresó al penal de San Victor, donde cumpliría 18 de los 29 años de su sentencia. En diversas entrevistas posteriores, describió su tiempo en prisión como un período de “mucha paz”. Lejos de manifestar arrepentimiento, reivindicó su estilo de vida incluso tras las rejas. Se le permitieron ciertos privilegios, como cuidar un pequeño jardín y tener una mascota —un hurón llamado Bambi, que murió aplastado cuando otra interna se sentó sobre él—.

En 2011, rechazó el régimen de libertad condicional porque implicaba trabajar: “Nunca trabajé en mi vida y no tengo intenciones de empezar ahora”, dijo a su abogado. Recién en 2014 aceptó un empleo como estilista en la firma milanesa de joyería Bozart. En su primer día, al ser abordada por periodistas, respondió con sarcasmo cuando le preguntaron por qué no mató ella misma a su marido: “Mi vista no es tan buena. No quería fallar”.
En 2016, recuperó la libertad por “buena conducta”. Según el acuerdo de divorcio de 1993, Reggiani recibe un millón de euros anuales de la herencia de Gucci, además de un pago acumulado de 18 millones correspondiente al tiempo pasado en prisión. Pese a que sus hijas intentaron apelar judicialmente estas disposiciones, el tribunal confirmó su vigencia.
Desde entonces, vive en Milán en relativa reclusión, acompañada de sus mascotas. No tiene contacto con Alessandra ni Allegra, ni conoce a sus nietos. Continúa defendiendo su identidad como Gucci: “Pagué lo que debía por haber mandado a matar a mi ex marido. Ni más ni menos”.
El asesinato de Maurizio Gucci y el rol central de Patrizia Reggiani permanecieron en la memoria colectiva italiana durante décadas. Con el estreno en 2021 del film House of Gucci, dirigido por Ridley Scott e interpretado por Lady Gaga y Adam Driver, el caso volvió a captar el interés como en un principio. El libro en el que se basa la película, The House of Gucci, de Sara Gay Forden, se subtitula como “una historia sensacional de crimen, locura, glamour y codicia”.
Patrizia criticó duramente no haber sido consultada para la película. “Me hubiera gustado que Lady Gaga viniera a conocerme. No tiene nada que ver con el dinero. Es lo que hacen los buenos actores para componer un personaje”, afirmó. La firma Gucci, por su parte, se desmarcó del contenido, aunque colaboró con el vestuario.
Según Giusi Ferrè, crítico cultural milanés, las explicaciones simplistas sobre las motivaciones de Reggiani —celos, codicia, abandono— solo rascan la superficie. Para él, lo esencial fue que su identidad estaba ligada de manera irreversible a ser parte de Gucci, aun como ex esposa. “Todo aquello en lo que se apoyaba Patrizia era en ser una Gucci: era su identidad”, explicó.
En sus propias palabras, Reggiani ratificó ese vínculo con la marca: “Yo todavía me siento una Gucci; de hecho, soy la más Gucci de todos”.
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