En sus días malos, cuando la acosaba la culpa del sobreviviente y se deprimía, Vesna Vulović solía decir cosas como ésta: “Cada vez que pienso en el accidente, tengo un sentimiento de culpa predominante y grave por haber sobrevivido y lloro... Entonces creo que tal vez no debería haber sobrevivido en absoluto”. Pero también tenía días buenos, en los que se sentía fuerte y optimista como para decir: “Si podés sobrevivir a lo que yo sobreviví, podés sobrevivir a cualquier cosa”. Cuando hacía estas afirmaciones, Vesna ya era una persona famosa, con su nombre escrito en el Libro Guinness de los Récords por haber sobrevivido a una caída de 10.160 metros – la mayor registrada – luego de la explosión en el aire del avión en el que volaba como azafata. Iban 28 personas a bordo – 23 pasajeros y 5 tripulantes – y Vesna fue la única que se salvó.
Esa involuntaria “hazaña” la convirtió en una leyenda viviente, pero también la puso en el centro de varias controversias, que fueron desde cuestionar la altura a la que volaba el avión hasta qué lo había hecho estallar en pleno vuelo. Vesna nunca pudo contar la historia de su caída, simplemente porque no recordaba nada. Podía hablar del antes y del después, pero una amnesia selectiva borró hasta el día de su muerte, muchos años después, todo lo relativo a la explosión de la aeronave y su caída. Por eso pudo seguir viajando en avión como si nada, porque con ese olvido también había desaparecido el miedo, pero nunca volvió a hacerlo como azafata porque la compañía aérea para la que trabajaba, la aerolínea yugoslava JAT, consideró que su presencia sería una mala publicidad que ahuyentaría pasajeros.
La leyenda de Vesna Vulović se acrecentó más aún cuando se supo que no debía formar parte de la tripulación del Vuelo 367 de JAT que estalló en el aire el 26 de enero de 1972 y que subió al avión porque un empleado de la aerolínea la puso en la lista al confundirla con otra azafata que también se llamaba Vesna. “La azafata que no debía morir”, la bautizó el diario Borba.
Vesna tenía 22 años y hacía solo uno que había conseguido trabajo como azafata de JAT. Nacida en Belgrado el 3 de enero de 1950, cuando terminó su primer año en la universidad, en 1969, sus padres le permitieron viajar a Gran Bretaña durante unos meses para que mejorara su inglés. El viaje, sin embargo, se prolongó por casi dos años y no fue solo de estudios. “Al principio me quedé con los amigos de mis padres en Newbury, pero quería mudarme a Londres. Fue allí donde me encontré con un amigo que sugirió que fuéramos a Estocolmo. Cuando les dije a mis padres que vivía en la capital sueca, pensaron en las drogas y el sexo y me dijeron que volviera a casa de inmediato”, contó cuando ya era famosa.
Regresó a Belgrado y decidió convertirse en azafata después de ver a una de sus amigas con el uniforme de JAT. “Se veía muy bien y acababa de estar en Londres por un día. Entonces pensé: ‘¿Por qué no ser yo también azafata? Podría ir a Londres una vez al mes’”. A mediados de 1971 se postuló en la misma compañía aérea, donde la aceptaron de inmediato por su manejo fluido del inglés. Cuando subió al DC-9 de JAT como parte de la tripulación del Vuelo 367 llevaba apenas tres meses volando.
La explosión y la caída
El vuelo 367 de JAT cubría la ruta de Estocolmo a Belgrado con escalas en Copenhague y Zagreb y cambiaba la tripulación en la escala danesa. Ese 26 de enero, Vesna formaba parte del equipo de reemplazo, que integraba junto con un piloto, un copiloto y otras dos auxiliares de vuelo. En ese proceso hubo un hecho que le llamó la atención y que después relató a los peritos que investigaban la explosión en el avión. “Como era tarde, ya estábamos en la terminal y lo vimos aterrizar. Vi a todos los pasajeros y la tripulación desembarcar. Un hombre parecía terriblemente molesto. No solo fui yo quien lo notó, también otros miembros de la tripulación lo vieron, al igual que el gerente de la estación en Copenhague. Creo que fue el hombre quien puso la bomba en el equipaje. Creo que había registrado una valija en Estocolmo, se bajó en Copenhague y nunca volvió a abordar el vuelo”, contó.
El DC-9 de JAT volvió a despegar del aeropuerto de Copenhague-Kastrup, con la nueva tripulación a bordo, a las tres y cuarto de la tarde para completar la ruta hasta la capital yugoslava. Llevaba 45 minutos en el aire cuando la explosión lo desintegró sobre la ciudad checoslovaca de Srbská Kamenice. Volaba a más de diez mil metros de altura y la mayoría de los restos cayeron sobre una ladera boscosa y nevada de las afueras de la población.
Con parte del fuselaje también cayó Vesna, que llegó inconsciente al suelo. La encontró, debajo del cadáver de otra azafata, un poblador de la zona llamado Bruno Honke, médico retirado que había trabajado en los hospitales de campaña del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial. La atendió como pudo hasta que llegaron los primeros rescatistas, que la trasladaron al hospital de la ciudad. Allí comprobaron que se había fracturado tres vértebras, las dos piernas, la pelvis y varias costillas, además de moretones en la cara y todo el cuerpo.
Pasó 27 días en coma y cuando despertó lo primero que hizo fue pedir un cigarrillo. No recordaba nada de la explosión ni de la caída. Su confusión era total: creía que estaba en un vuelo a Trípoli, una ruta que había cubierto 15 días antes. Tampoco tenía idea de cómo ni dónde la habían encontrado. Solo sabía lo que Hanke – que la visitaba regularmente - le contó la primera vez que la encontró consciente en el hospital. “El hombre que me encontró me dijo que estaba en la parte media del avión. Me encontraron con la cabeza baja y mi colega encima mío. Una parte de mi cuerpo y una de mis piernas estaban en el avión y mi cabeza estaba fuera del avión. Me dijo también que estaba entre un carrito de comida y el fuselaje”, relató Vesna.
La trasladaron primero a un hospital de Praga y más tarde a otro en Belgrado, donde la sometieron a varias operaciones. Dudaban que pudiera volver a caminar, pero pronto pudo mover la pierna izquierda y, un mes después, la derecha. Hizo un largo proceso de rehabilitación en un centro especializado de Montenegro hasta que, diez meses después de la caída, pudo dar los primeros pasos. Como secuelas le quedaron la columna vertebral levemente torcida y una cojera por el resto de su vida.
Para entonces se la consideraba una “heroína nacional” que, además, había sido distinguida por el propio presidente, el mariscal “Tito”. Sin embargo, cuando volvió a trabajar la asignaron a la oficina de fletes de JAT porque los directivos de la compañía creyeron que su presencia a bordo de los aviones podía reducir la venta de pasajes. Como si fuera un pájaro de mal agüero.
Especulaciones y dudas
La pregunta que todo el mundo se hizo fue cómo Vesna había podido sobrevivir a una caída de más de diez mil metros. Los investigadores de la seguridad aérea yugoslava elaboraron un informe donde especularon sobre varias posibles causas: que había quedado atrapada en un carrito de comida, por lo que no salió despedida del avión, como el resto de la tripulación; que la ladera de la montaña era arbolada y estaba cubierta por una gruesa capa de nieve, lo que redujo el impacto al llegar al suelo; que Vesna tenía baja presión, por lo que se desmayó antes de que la cabina se despresurizara y eso evitó que su corazón estallara en el impacto. A todo eso se agregaba la rápida intervención del viejo médico militar Honke que le brindó los primeros cuidados, antes de que llegaran los rescatistas. En definitiva, Vesna había sobrevivido gracias a un cúmulo de casualidades.
El gobierno dio por hecho que la explosión y la caída del Vuelo 367 de JAT se debía a un atentado perpetrado por un grupo de ultranacionalistas croatas llamado Ustacha, aunque años después esta hipótesis fue puesta en cuestión y, con ella, las razones por las que Vesta sobrevivió a la caída.
En 2009, Peter Hornung-Andersen y Pavel Theiner, dos periodistas de Praga, afirmaron que el DC-9 de la aerolínea de bandera yugoslava había sido confundido con un avión enemigo derribado por la Fuerza Aérea de Checoslovaquia cuando volaba a una altitud de 800 metros, mucho más baja que los 10.160 metros de la versión oficial. También dijeron que la Seguridad del Estado de Checoslovaquia no había desmentido la altura de vuelo del avión de JAT, y en consecuencia tampoco la caída récord de Vulović, como parte de una maniobra de encubrimiento del error. Sin embargo, la Autoridad de Aviación Civil Checa desestimó las afirmaciones de los periodistas, a las que calificó de “teorías conspirativas”.
Cuando le preguntaron qué pensaba sobre la teoría de los periodistas, Vesna se limitó a decir que, como seguía sin recordar nada, no podía confirmar ni desmentir esas acusaciones. Para entonces ya no trabajaba en JAT, porque la empresa la había despedido en 1990 por hacer declaraciones en contra del presidente de Serbia Slobodan Milošević y haber participado en protestas antigubernamentales. No se habían atrevido a encarcelarla por temor a la repercusión negativa que tendría la detención de una mujer que seguía siendo considerada una heroína nacional.
Vesna Vulović pasó los últimos años de su vida recluida en un destartalado departamento de Belgrado, cobrando una pensión mensual de 300 euros. Murió el 23 de diciembre de 2016, a los 66 años, y su cuerpo fue enterrado en el “Nuevo Cementerio” de la ciudad. En una de las últimas entrevistas que concedió dijo con amargura: “No sé qué responder cuando la gente dice que tuve suerte. La vida es muy difícil hoy”.