
José Rondeau sabía que el enemigo estaba cerca. Las fuerzas de Joaquín de la Pezuela habían llegado al pie de las alturas de Chayanta, pero por las intensas lluvias y las nevadas había resuelto no cruzarlas ya que había perdido parte del ganado de carga. Entonces volvió a Venta y Media y dejó las tropas ligeras en Huanuní, a 45 kilómetros de la ciudad de Oruro.
En enero de 1815, los 4 mil hombres al mando de Rondeau habían comenzado la tercera campaña al Alto Perú, partiendo de Jujuy. Las dos anteriores, la de Antonio González Balcarce y de Manuel Belgrano habían terminado mal.
Rondeau era un experimentado militar de 42 años. Estando en Montevideo, terminó prisionero de los ingleses en 1807 y llevado a Gran Bretaña, siendo liberado al año siguiente. De regreso, la Primera Junta le otorgó el grado de teniente coronel y lo destinó al Sitio de Montevideo. En diciembre de 1812 estuvo en boca de todos cuando triunfó en la batalla del Cerrito. Aun así, por motivos políticos, fue reemplazado por Carlos María de Alvear y nombrado jefe del Ejército del Norte.

El director supremo Gervasio Posadas decidió reemplazarlo por Alvear, pero una sublevación militar lo impidió. Posadas renunció y asumió Alvear, quien duró tres meses en la gestión.
Mientras tanto, en el norte, Rondeau entró en conflicto con Martín Miguel de Güemes y cometió el error de reemplazarlo como jefe de la vanguardia, por Martín Rodríguez, quien no conocía el terreno. Este terminaría prisionero de los españoles y fue Güemes quien lo liberó cuando triunfó en el combate de Puesto del Marqués, librado el 14 de abril de 1815.
A pesar de que el líder salteño conocía como la palma de su mano la frontera norte, Rondeau lo despreció, y aquel volvió a Salta donde se hizo nombrar gobernador.
El 20 de octubre de 1815, Martín Rodríguez fue derrotado por los españoles en un ataque nocturno a los realistas acantonados en Venta y Media, en el oeste boliviano, y a Rondeau se le vino el mundo abajo.

Había perdido parte de su audición por el estruendo de un cañón que estaba muy cerca de él en la represión del Motín de las Trenzas en diciembre de 1811, por eso le decían “el sordo”. Convocó a una junta con sus jefes para decidir si ir directo al combate o esperar los refuerzos que venían a las órdenes del coronel mayor Domingo French.
Juan Antonio Álvarez de Arenales fue de la opinión de retirarse hacia Potosí y aguardar los refuerzos, teniendo en cuenta las continuas deserciones y la indisciplina en la tropa. El francés Carlos Forest, de 28 años, dijo que esa era una postura miedosa.
Rondeau mandó un mensajero a French, para pedirle que acelerase la marcha lo máximo que pudiera, que tomara la ruta de Cinti y Charcas para sumarse en Cochabamba. Envió otro mensajero al coronel Ignacio Warnes, gobernador de Santa Cruz de la Sierra, para que con 600 hombres, de los mejores que tuviera, también fuera a su auxilio.

Pero no le dieron tiempo. El jefe español el brigadier general Joaquín de la Pezuela sabía que se venían refuerzos patriotas, y aceleró su plan. Pezuela era un madrileño de 54 años que luego de las victorias patriotas de Tucumán y Salta, había sido nombrado comandante del ejército. Derrotó a Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma y luego de ser hostigado por las fuerzas de Güemes, le haría frente al ejército de Rondeau, compuesto por 3100 hombres y nueve cañones. Los españoles eran cerca de cinco mil y poseían 23 piezas de artillería.
El 22 de noviembre los españoles estaban a diez leguas. Rondeau tomó conciencia de que no disponía de tiempo para mover a su ejército hacia el sur, ya que el enemigo se interponía. Carecía de animales de carga para llevar las municiones, le faltaban hombres para arrastrar la artillería, y los caminos que tenían por delante eran muy escabrosos. Las deserciones no aumentaron más porque los oficiales esperanzaban a los soldados diciéndoles que irían hacia regiones con mejor clima y con comida abundante, que allí escaseaba.
El jefe patriota decidió esperarlo en la pampa de Sipe-Sipe, a 16 kilómetros al este de Cochabamba. Los locales aseguraron que era el lugar más ventajoso, cosa que lo convenció cuando él mismo lo recorrió.

Armó sus fuerzas con dirección oeste, ocupando la salida de la cordillera de Mazo Cruz, por donde los españoles debían pasar sí o sí.
Rondeau estipuló que la señal de alerta se daría con un disparo de cañón y todos debían combatir, aun los 300 enfermos que pudieran ponerse de pie. El que retrocediese en batalla o infundiese el pánico debía ser muerto ahí mismo. Los oficiales debían cerrar la retaguardia para evitar el retroceso de la tropa, y había otras recomendaciones sobre cómo debía comportarse la caballería y qué hacer con la artillería.
Los españoles llegaron a la cordillera de Charapaya y estudiaron el camino más recomendable para descender a la pampa de Sipe-Sipe. Eligieron el camino menos previsible, la cuesta de Viluma, lo que hicieron mientras dos batallones y un escuadrón distraían con movimientos para que Rondeau creyera que se les aparecerían de frente.
El enemigo, una vez en los altos de Viluma, descendió hacia una meseta, donde pasarían la noche, pero los patriotas no pudieron evitarlo por la acción de la artillería española.

Cuando a la tarde del 28 Pezuela tuvo a la vista la pampa de Sipe Sipe y vio la disposición del Ejército del Norte, movió a su ejército para un flanco, alejado del alcance de los cañones y se ubicó frente al flanco derecho patriota, que quedó expuesto.
Rondeau se vio obligado a rotar su ejército y ordenó fuego de artillería, con excelente resultado. Hubo un intercambio mientras avanzaba la izquierda de Pezuela hacia la derecha patriota, donde estaban los regimientos 1 y 9. Al principio resistieron pero debieron replegarse. Al 9 le ordenaron regresar y se mezclaron con los soldados del 1 que retrocedían. En el ala derecha, los regimientos 7 y 12 terminaron desbandados.
Rondeau ordenó al teniente coronel Juan Ramón Rojas y al capitán Mariano Necochea, al mando de dos escuadrones de Granaderos, que cargasen contra el enemigo para frenar su avance. A esa carga se sumaron los dragones del Perú que estaban a las órdenes de La Madrid.
Lo hicieron con tal fiereza que la infantería enemiga se paralizó y obligaron a la caballería a desmontarse y refugiarse detrás de un batallón. Pero cuando los batallones españoles se ordenaron, terminaron frenando a la caballería patriota, que debió retroceder.
Este ataque de los granaderos permitió ganar tiempo y ordenar el repliegue. Los testimonios insisten en que tanto Rojas como Necochea nunca perdieron la calma y en un momento este último logró frenar la persecución realista, por momentos montado y por otro, a pie, aún herido en su pierna derecha.
Rondeau solo estaba al mando de unos 400 hombres, que pudo reunir el coronel Zelaya, y la mitad iba armada. Había tenido mil muertos, prisioneros y heridos, mientras que se estima que los españoles perdieron unos 300 hombres y 200 terminaron heridos.
El domingo 31 de diciembre el gobierno dio a conocer un bando de French, en que informaba sobre “el inesperado contraste de nuestro ejército en la acción del 29 de noviembre…” La versión que acompañó ese comunicado, sostenía que Rondeau se había retirado en orden y que había salvado el parque de artillería, que “nuestro ejército conseguirá rehacerse mucho antes que pueda conseguirlo el contrario”, y que no se habían recibido pedidos de Rondeau de armas y municiones, y que con orden y unión, “no necesitamos otra cosa con el favor del cielo para salvarnos”.
Dos días antes, en Suipacha, el propio Rondeau había enviado un parte de guerra muy detallado, que así terminaba: “…y que yo reforzado con los auxilios que he pedido y aguardo a todo trance resarciré una pérdida en que juzgo no he tenido la menor parte”.
Pero la realidad era muy distinta. Rondeau marcharía hacia el sur, luego de idas y vueltas firmaría la paz con Güemes y terminaría reemplazado por Belgrano, que se hizo cargo el 7 de agosto de 1816. Pezuela, gracias a su triunfo, le otorgaron el título de marqués de Viluma y fue nombrado virrey del Perú.
Sipe-Sipe supuso la pérdida definitiva del Alto Perú. La derrota terminó de convencer a José de San Martín que el camino de la liberación de América no sería por el altiplano, sino por los Andes, el camino más arriesgado, peligroso y épico.
Fuentes: Historia del Regimiento de Granaderos a Caballo (1812-1815), de Camilo Anschütz; Batallas por la libertad. Todos los combates de la guerra de la independencia, de Pago Camogli; La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época – Tomo II 1812-1815.
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