
La guerra comercial que ha marcado el mandato de Donald Trump parece no conocer límites. En marzo, durante su discurso ante el Congreso, el presidente anunció una serie de aranceles recíprocos que sorprendieron a muchos, no solo por las naciones y territorios que incluyó, sino también por los que decidió omitir. Entre los destinos que captaron la atención de analistas y medios internacionales, se encuentran unas islas remotas, conocidas por su aislamiento absoluto, que hasta ahora habían permanecido fuera del radar comercial: las Islas Heard y McDonald, un territorio de Australia ubicado en el océano Índico, cerca de la Antártida.
Las Islas Heard y McDonald, de apenas 412 kilómetros cuadrados, se encuentran en uno de los rincones más apartados del planeta, a unos 4.100 kilómetros al suroeste de Perth, en Australia Occidental. Estos territorios, dominados por el volcán Mawson, la montaña más alta de Australia, y las rocas desoladas de la isla McDonald, no son precisamente conocidos por su actividad económica. De hecho, están deshabitadas, a excepción de algunos animales como los pingüinos o las focas. De hecho, su único propósito es servir como un laboratorio natural para la investigación científica, dada su biodiversidad única en el hemisferio sur. Sin embargo, a partir de ahora, los productos provenientes de estas islas deberán afrontar un arancel del 10% si deciden llegar a Estados Unidos.
Esta decisión ha generado controversia, no solo por lo inesperado de la medida, sino también por su inutilidad aparente, dado que las islas no mantienen relaciones comerciales con Estados Unidos. En una administración cuyo enfoque ha sido la imposición de aranceles sobre países con los que busca equilibrar su balanza comercial, la inclusión de las Islas Heard y McDonald parece más un capricho que una medida estratégica. Este acto, que ha sido motivo de burla, plantea interrogantes sobre la coherencia y los intereses detrás de la guerra comercial de Trump.
Un territorio inhóspito pero valioso

Aunque su valor económico es inexistente, las Islas Heard y McDonald tienen una importancia incuestionable en términos científicos y ecológicos. Ambas islas son un santuario natural, dominadas por un clima frío y húmedo subantártico. La mayor parte de su superficie está cubierta por glaciares y nieve, y su entorno ha sido declarado Patrimonio Natural de la Humanidad. Son refugio para diversas especies de aves marinas, pingüinos y focas, lo que las convierte en un enclave privilegiado para la investigación sobre la vida silvestre en condiciones extremas.
El acceso a estas islas es extremadamente complicado. Se encuentra a miles de kilómetros de las principales rutas comerciales, y el único modo de llegar a ellas es mediante un viaje largo en barco, que puede durar hasta diez días dependiendo de las condiciones climáticas. La isla Heard es conocida por su paisaje volcánico, con el pico Mawson, que se eleva imponente sobre un territorio de rocas y hielo, mientras que la isla McDonald, más pequeña y rocosa, es aún más inaccesible. Estas islas son visitadas casi exclusivamente por científicos que investigan sobre su ecosistema y su clima, y el acceso está estrictamente regulado.
Otros territorios insulares afectados
Junto a las Islas Heard y McDonald, el decreto de Trump ha afectado a otros pequeños territorios insulares que, como ellas, no tienen ningún comercio relevante con Estados Unidos. Un ejemplo de ello son las Islas Cocos, un territorio australiano en el que viven menos de 600 personas. Aunque tiene una población estable, la realidad es que su intercambio comercial con Estados Unidos es casi inexistente, por lo que el arancel del 10% impuesto parece igualmente arbitrario. La inclusión de estos pequeños territorios en la lista de países afectados por los aranceles ha hecho que muchos se cuestionen la verdadera motivación detrás de las decisiones comerciales de la administración Trump.