Es una de las óperas primas del año y acaba de salir reforzada del Festival de Málaga, donde ha recibido tres premios: el de mejor actriz para Ángela Cervantes, el de mejor actor de reparto para Àlex Monner y el de mejor montaje.
Se trata de La furia, la ópera prima de Gemma Blasco que, hasta el momento, se había curtido en el ámbito del cortometraje. Para su debut en el largometraje no podía haber elegido un tema más pertinente, el de las agresiones sexuales dentro de la cultura de la violación que se ha perpetuado en nuestra sociedad a lo largo del tiempo.
Alexandra es una joven que pasa la noche de fin de año en casa de una de sus mejores amigos. En ese contexto de aparente seguridad será brutalmente agredida en el baño por alguien de su círculo al que no verá. Quedará en shock, confusa y no sabrá qué hacer, más que ir a su casa, mirar las marcas que han quedado en su piel y llorar de indefensión.
A partir de ese momento, se sumergirá en una espiral de autodestrucción y ‘sanación’ que coincide a la perfección con las fases del proceso del estrés postraumático después de este tipo de casos en los que, además, la víctima tiene que transitar su dolor sin ayuda de nadie, ya que ni se le pasa por la cabeza denunciar y solo compartirá lo que le ha ocurrido con su hermano, que más que ayudarle se ocupará de atormentarla para vengarse del agresor.
Un juego de espejos entre la realidad y la tragedia griega
Gemma Blasco trabaja con mucho respeto y cautela todo este material delicado, quizás porque el guion de la película está basado en una experiencia similar que ella tuvo cuando tenía 18 años. Por eso, en la película laten sentimientos tan dolorosos y auténticos como el miedo, la impotencia o la rabia.

En ese sentido su propuesta resulta tan sensitiva como visceral, a través de una cercanía extrema con la protagonista: la cámara la seguirá en todo momento, no solo en sus movimientos, sino también en los recovecos más íntimos de su psique, captando su dolor y el complejo proceso de aceptación que atraviesa.
Además, se añadirá una capa más a esta historia ya que Alexandra es actriz y está preparando una audición para el papel de Medea. Así, la tragedia clásica griega se fundirá con el drama contemporáneo en un juego de espejos en el que late el exorcismo, la catarsis personal.
La furia se suma así a la creciente ola de producciones que abordan los abusos sexuales, un tema que, desde la irrupción del movimiento Me Too, ha tomado fuerza en el cine, la literatura y el teatro.
Obras como Podría destruirte de Michaela Coel, Mira a esa chica de Cristina Araújo y la pieza dramática Jauría (que protagonizó en teatro la propia Ángela Cervantes), son solo algunos ejemplos de una corriente crítica que intenta romper el silencio histórico que ha rodeado esta cuestión en muchos géneros artísticos.