
Suena el teléfono. Cuando Ari lo coge, reconoce la voz que suena al otro lado al instante. “¿David?“. Pero el que fue su gran amigo en el llamado Movimiento de Resistencia Global (MRG) le corrige: ”En realidad me llamo Alfonso”.
Han pasado años desde que se descubrió que Alfonso había sido un policía infiltrado en diferentes movimientos antisistema de los años 2000 en España. Hombre de confianza de Pablo Iglesias en varias manifestaciones, estuvo también en contacto con personas relacionadas con los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO) y otras organizaciones armadas.
Décadas después, su testimonio se recoge en Guerrilla Lavapiés (Península), un libro en el que el periodista Daniel Campos, tras más de 20 entrevistas con este policía, recoge todos los hechos y personajes que rodearon a Alfonso, o mejor dicho a David, cuando se infiltró entre quienes aspiraban a cambiar el mundo.
El resultado de las conversaciones es notable. Campos reconstruye los escenarios claves en las protestas contra la globalización: las manifestaciones, los edificios okupados, las reuniones clandestinas. Todo queda convertido en un campo de batalla por el futuro, donde el policía conoció a personalidades hoy tan conocidas como Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Willy Toledo y Alberto San Juan.
Al mismo tiempo, recrea todas esas conversaciones que se dieron en los despachos de los diferentes ministros preocupados por mantener el orden o por mantener su puesto. Campos conoció muy bien esos lugares: él mismo trabajó durante tres años como director de Comunicación en el Ministerio del Interior.
En el centro, queda la figura del infiltrado. David García Marín. Alfonso (nombre real) se puso el nombre más común de todos en su nuevo DNI, por si las cosas se torcían y tenía que huir. ¿Quién fue David? Un traidor, un héroe, “un soldado”, como lo bautizaría el mismísimo Pablo Iglesias después de una de las manifestaciones. Un embustero. Un policía.

-Pregunta: ¿El Madrid que aparece en el libro es un Madrid que se puede reconocer a día de hoy?
-Respuesta: ¡Uf! Ni siquiera Lavapiés se puede reconocer. Yo soy de allí y en parte he vivido la misma vida. Fíjate que el otro día quedé con mis amigos allí y dije “vamos a este bar que mola mogollón”, y ahora es una sucursal bancaria. Los movimientos sociales han cambiado mucho también. Incluso te digo que la rebeldía ha cambiado de bando. Tradicionalmente la rebeldía era de la izquierda y ahora parece que nace de la ultraderecha, desgraciadamente. El libro es el retrato de un momento que ya no va a volver a existir, tanto por los lugares como por el momento político.
-P: ¿Por qué existía ese rechazo a la globalización?
-R: Hay una frase que cito textualmente de uno de los altos mandos policiales en el Ministerio del Interior, cuando analizan el problema, que dice: “Pero qué quieren?”. La incomprensión siempre da mucho más miedo. Al final, la globalización se convirtió en el gran monstruo de esa juventud rebelde, por cosas que creo que son ciertas. Hablaban de que las reglas de la globalización eran injustas porque acrecentaban la diferencia entre ricos y pobres, entre países ricos y países pobres, entre ciudadanos ricos y ciudadanos pobres. Iban contra organismos como la Organización Mundial del Comercio o el Banco Mundial, que decían que eran organismos que tenían un impacto muy grande dentro de la vida de las personas, pero que nadie había elegido democráticamente. Es curioso ver la evolución de esas reivindicaciones, muchas han acabado recogidas en la Agenda 2030, es decir, se han convertido en el espacio público.
-P: Y entonces, ¿tan peligroso podía ser un antisistema?
-R: Depende de hasta dónde llegues. En el ámbito en el que se infiltra este policía, no son los malos malísimos, pero dentro de ese espectro muy amplio hay de todo: están desde sus amigos, gente más o menos idealista, más perroflauta lúdico, que no supone ningún problema para el orden total; y luego el extremo contrario, que también llega a conocer, gente ya más próxima a los GRAPO, gente de tipo Black Bloc. Está todo ese espectro. Evidentemente el trabajo policial lo centra más en el extremo violento.
-P: Sin embargo, en el libro se cuenta que un juez define los movimientos antisistema como “de probado pacifismo”. ¿Realmente es necesario infiltrar a un agente para vigilar a este tipo de personas que lo único que hacen es manifestarse sin hacer daño a nadie?
-R: Ese es el gran debate, ¿no? ¿Hasta qué punto es legítima una labor policial en este tipo de colectivos? Si hablamos de otros ámbitos, de una organización terrorista, pues parece que hay un mayor consenso a la hora de pensar que la policía debe contar con elementos de información, pero ¿dónde está el límite? Yo creo que sí se debe regular para establecer claramente las reglas de juego y sobre todo para proteger al propio infiltrado, que en esa legalidad en la que se mueve sufre una gran inseguridad jurídica que luego puede dar lugar a que se presenten demandas en su contra. Esa propia indefinición les hace actuar con una inseguridad y con terrenos pantanosos que no son tan cómodos para ellos.
-P: Entre las relaciones que mantiene, hay incluso algunas íntimas. Ese tipo de cuestiones pueden dejar secuelas psicológicas. ¿Ese tipo de actuaciones podrían considerarse un abuso de poder?
-R: Al final yo creo que la careta es el disfraz. Si lo alargas muchos años, la careta se convierte en tu cara y el disfraz se convierte en tu piel, con lo cual las relaciones que estableces son reales. Está claro que hay un debate jurídico detrás de si esas relaciones para tener información deberían ser algo legítimo o no, pero no me atrevo a ser yo quien dé la respuesta. Es un debate para gente que sepa más de de estas cosas que yo.

Sus conversaciones con el infiltrado
-P: ¿Cómo acabaste metiéndote en esta historia?
-R: Un amigo en común me presentó a Alfonso. Ya me había hablado de un infiltrado antes y fue un flechazo narrativo instantáneo. Primero porque él es un personaje maravilloso, es una persona que siempre está en el filo, que tiene una inteligencia intuitiva; es audaz, pero de forma inconsciente. Como periodistas, todos hemos querido siempre acceder a este tipo de historias porque tiene una potencia narrativa maravillosa y da muchísimo juego. Al final, aunque sean personajes secundarios, aparecen Pablo Iglesias o Willy Toledo, entre otros. Es una conjunción de elementos.
-P: ¿Te costó mucho convencerle para que hablara contigo?
-R: Pues fíjate que no. Nos caímos bien y aparte teníamos el aval del amigo en común que ya me abrió ciertas puertas. Tanto en el Ministerio como en los trabajos que he tenido después, haciendo documentales o libros, he conocido a policías, guardias civiles, buena gente, gente de fuerzas y cuerpos de seguridad que han vivido experiencias muy intensas. Con el paso del tiempo se abren porque también para ellos es una forma de reivindicarse. No fue un trabajo superfluo el que hicieron en su día, pero no han tenido el reconocimiento que a lo mejor ellos creen que merecen. Es curioso porque se convierte casi en una terapia. Echar la vista atrás les hace revivir y revisitar esos momentos. Eso también es un punto maravilloso desde un punto de vista de creación conjunta.
-P: ¿Cómo se cómo se sentía Alfonso respecto a todo lo que había vivido?
-R: Hay una pauta común en los infiltrados, al menos en los que he conocido o de los que conozco su historia de forma indirecta, y es que pasa factura psicológica. Mantener durante meses, incluso años, esa tapadera, esa doble vida, ese juego de lealtades, esa tensión constante, no ser pillado o fracasar... Eso a la larga pasa factura. La excepción es precisamente Alfonso/David. Yo creo que él es de los que mejor han salido, quizá porque también tiene una forma de ser echada palante y también porque yo creo que se fue en el momento justo. También por uno de los grandes riesgos que asumió, que estaba en contra del manual del infiltrado, que es que su novia sabía de su infiltración y conocía esa doble cara. Yo creo que eso le salvó porque justamente tenía un ámbito en el que podía quitarse la careta y ser él mismo y atemperarse.
-P: ¿Los recuerdos que hoy tiene Alfonso, los tiene como Alfonso o como David?
-R: Yo creo que ahora los tiene como Alfonso, pero es verdad que en ese diván en el que estuvimos mucho tiempo, yo creo que él volvió a ser David en algún momento. Ahora lo tiene pasado por el peso de su realidad, no tiene dudas, pero cuando estaba inmerso en esa doble vida está claro que llegó a mezclar las dos personas.
-P: ¿Por eso decidió meterse a antidisturbios después, para alejarse?
-R: Pues sí. De hecho me lo comentó con una expresión muy suya y con una reflexión que yo creo que le define, que fue: “Me pasé a todo lo contrario. Me harté y dije pues ahora quiero ser antidisturbios”. Es una forma también de romper psicológicamente con lo que había vivido.

“Cómo se hacen las salchichas y cómo se hacen las leyes”
-P: Es muy llamativo el informe que hace de Pablo Iglesias, definiéndolo como un “líder ambicioso y carismático”, que “se rodea de jóvenes maleables”. ¿El fundador de Podemos se deshizo un poco de esa faceta?
-R: Yo creo que tuvo una evolución. Alfonso/David hizo un informe sobre él el primer día que le vio, porque ya detectó esas capacidades que luego le han llevado hasta donde le llevaron: esa capacidad de liderazgo, esa oratoria arrolladora, también dotes de dramaturgo. Ya era bueno, incluso, a la hora de utilizar los medios a favor de sus propósitos. Evidentemente ha sufrido una evolución. Ahí estamos hablando del momento en el que está acabando Derecho, justo después da el salto a (ciencias) políticas y ahí es donde ya él encara su futuro, donde conoce a Errejón, a Monedero y donde crean experiencias conjuntas que acaban llegando hasta Podemos.
-P: ¿Crees que le llegó a guardar rencor a él o a otras personas?
-R: Sobre todo a Ventura (nombre ficticio de uno de los personajes del libro), que era un manipulador y un miembro del aparato de captación de una organización terrorista que le tiene aversión a la paz duradera. Pero luego a muchos les tiene mucho cariño. Con Pablo Iglesias, yo creo que no tiene la sensación de que le encantaría volver a verlo, pero no tiene especial animadversión. Es verdad que en el libro hay un reencuentro, cargado de mucha tensión y donde afloran muchos sentimientos negativos, pero de forma justificada por el momento en el que se produce.
-P: ¿Hubo más reencuentros?
-R: Sí. Se volvió a encontrar con Willy Toledo. Lavapiés acabó empapelada de carteles con el traidor. Pero Willy Toledo no sabía nada de que había sido un infiltrado. Así que se encontraron años después, por lo visto en un estado... Pues a altas horas de la noche. Y Willy reaccionó: “¡David!¿Qué tal?¡Un abrazo!” Y estuvieron un rato compartiendo una bebida.
-P: En el libro se ilustra hasta qué punto el infiltrado puede estar legalmente desprotegido. ¿Cómo se puede desproteger tanto a alguien que al mismo tiempo es tan valioso?
-R: Yo creo que también es un poco el juego de los mandos: la utilización que a veces se hace de su figura. Le dejan claro que no puede decir que es policía. Las herramientas que tiene un Servicio de Información son múltiples. Un infiltrado es una rara avis. No es muy habitual, lo más normal es que, si quieres obtener información de un colectivo, de una organización, uses confidentes, que es la herramienta más utilizada: ganarse la voluntad de alguien que no es policía pero que ya está dentro de ese ámbito.
-P: Has entrevistado a mucha gente para este libro, y también has trabajado en el Ministerio. Trabajar por dentro y ver cómo funciona el poder, ¿te hace perder la fe en él?
-R: Hay una frase de El ala oeste de la Casa Blanca, que es casi un lugar común entre la gente que ha acabado trabajando en algo relacionado con la política, pero me hace mucha gracia. Dicen: “Hay dos cosas que el público no debe ver: cómo se hacen las salchichas y cómo se hacen las leyes”. Cuando trabajas en un sitio con el ministro del Interior, entiendes el porqué de esa frase... Pero yo no estoy de acuerdo. Yo creo que la gente sí quiere ver cómo se hacen las salchichas. Y este libro, en parte, creo que enseña cómo se hacen algunas de esas salchichas.
-P: Ya veo...
-R: Se pierde la fe, te das un baño de realidad, casi de cinismo en algunos ámbitos. Pero también hay ámbitos honrosos que te reconcilian con la función pública. Hay miles y miles de funcionarios anónimos, de responsables políticos que a lo mejor son los menos conocidos pero que sí que sienten vocación por el servicio público y que se dejan parte de su vida por hacer mejor la vida de los demás. Así que me quedo con eso y menos con lo otro.