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Javier (nombre ficticio) ingresó en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Universitario Ramón y Cajal cuando tenía solo 11 años. Tenía lo que los médicos denominan “síntomas de afectación cerebral”, como por ejemplo los vómitos, aunque no tardó en caer en coma.
“El diagnóstico habitual en estas situaciones era una infección vírica del cerebro”, recuerda la doctora Amaya Bélanger Quintana, coordinadora de la unidad de referencia nacional para Enfermedades Metabólicas del Niño y del Adulto de dicho hospital. Sin embargo, pronto descubrirían que en realidad, la afección que padecía Javier era, en realidad, una enfermedad ultrarrara cuyo primer caso en España estaban a punto de diagnosticar.
Un descubrimiento fruto de la casualidad
“Ese primer diagnóstico fue como todas las cosas en medicina: un poco por casualidad”, explica la doctora Bélanger de aquel caso ocurrido hace ya 20 años, cuando, por ejemplo, ni siquiera se realizaban estudios genéticos en casos como el de aquel niño, algo que a día de hoy es más habitual. Por aquel entonces, esta sanitaria era una adjunta que participaba en la unidad, abierta por la doctora Mercedes Martínez-Pardo, “de las pioneras en el campo de las enfermedades metabólicas”, y a quien le debemos, junto a otros médicos, que en España se haga la prueba del talón a los recién nacidos para diagnosticar enfermedades metabólicas y tratarlas a tiempo.
Así, fueron la doctora Martínez-Pardo y su equipo quienes se hicieron cargo de Javier cuando ya se encontraba en la UVI. Debido a su estado, no podía ingerir alimentos, y se alimentaba de suero, por donde le suministraron también el tratamiento para esa supuesta infección. Javier se recuperó, hasta tal punto que sus padres, para celebrar que salía de la UVI, lo llevaron a un local de comida rápida. Poco después, volvía a caer en coma.
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“Estábamos confundidos”, recuerda la doctora Belánger, “eso ya no era normal”. “El que tuviera otra infección a las 24 horas de la previa. Entonces se pensó que había algo más”. Analizaron lo que el niño había hecho antes y, al conocer que lo habían llevado a un local de comida rápida, decidieron mirar los niveles de amonio, una molécula que se produce con la degradación o el metabolismo de las proteínas y que, si el cuerpo no la expulsa a través de la urea -otro compuesto que encontramos en la orina, el sudor y los extrementos-, puede resultar muy tóxica para el organismo. “Con tanta hamburguesa y mucha cosa, suponía una carga proteica muy importante”.
Se produjo entonces el primer hallazgo: los niveles de amonio estaban por las nubes. “El tema estaba en que los marcadores habituales de otras enfermedades que producen aumento de amonio no estaban altos: no cuadraba con ninguno de los síntomas”. Fueron descartando patologías, hasta que al final se quedaron con una única posibilidad, de la que no se conocían casos en España. “Tuvimos que mandar muestras al extranjero”, explica la especialista.
El déficit de NAGS
Javier tenía una de las enfermedades más raras que se han documentado en España: el déficit de N-Acetilglutamato Sintetasa -déficit de NAGS-. “Es una patología que debuta en las primeras semanas de vida”, nos cuenta el doctor Juan Vila Álvarez, director de Recordati Rare Diseases en España, Portugal y Turquía. “El niño con el déficit no es capaz de producir una enzima absolutamente necesaria e imprescindible para el metabolismo de las proteínas”. Al no metabolizarlas adecuadamente y no expulsar el amonio, este provoca graves daños en el sistema neuronal que pueden producir desde mareos hasta, en casos más graves, el coma o la muerte.
Recordati Rare Diseases es la empresa farmacéutica cuyo laboratorio especializado en enfermedades raras es responsable del único medicamento capaz de tratar esta enfermedad. El mismo que, por suerte, las doctoras Bélanger y Martínez Campos pudieron suministrarle a Javier.“Entonces la única solución que tenían era restringirles las proteínas en su dieta, pero claro, esto no deja de ser un problema porque al final estás restringiendo una parte fundamental de una dieta variada”, continúa el médico, que esta misma semana ha recogido un premio otorgado por el periódico La Razón por el trabajo realizado por el laboratorio.
“Pero claro, el amonio viene también de las proteínas internas de nuestro cuerpo”, añade Amaya, que explica que el organismo gasta proteínas cuando, por ejemplo, sufrimos una infección o cuando hacemos ejercicio físico. “El organismo necesita energía y tira de proteínas en parte. Puede provocar la muerte de los pacientes que tienen riesgo de este tipo de enfermedades”.
De recibir tratamiento psiquiátrico a tener una vida “completamente normal”
En el caso de Javier, podría decirse que el medicamento no solo le salvó de la muerte, sino que además cambió su vida por completo. “Este chico llevaba desde los seis años en tratamiento psiquiátrico porque decían que tenía síndrome de Edipo”. Cada tarde, el pequeño necesitaba estar en brazos de su madre unas dos o tres horas hasta quedarse dormido. Una situación por la que los padres habían decidido pedir ayuda a los médicos.
Sin embargo, tal y como descubrieron en el Ramón y Cajal, lo que ocurría con Javier es que, “según iba comiendo, iba acumulando amonio”. El aumento de esta molécula le daba diferentes síntomas neurológicos, como dolores de cabeza o náuseas. “Cuando un niño se encuentra mal, ¿qué es lo que hace? Quiere estar en brazos de su madre”. De hecho, la somnolencia que le entraba después de estar con ella era, en realidad, otro síntoma del déficit de NAGS. “Le daba mucho malestar general”.
El tratamiento diseñado por Recordati es el ácido carglúmico, un análogo estructural del NAGS que, como explica el doctor Vila, “los efectos secundarios que tiene son todos muy leves y bastante llevaderos”. Javier empezó a tomarlo, y al poco tiempo dejó de tener problemas. “Lo de después ha sido un desarrollo y una vida normal: eso en las enfermedades raras ocurre pocas veces”, señala por su parte Bélanger.
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Se estaba haciendo él mismo el tratamiento sin darse cuenta
Este viernes, Día Mundial de las Enfermedades raras, es una buena fecha -en realidad, cualquiera lo es- para recordar que, al margen de su gravedad, lo más difícil en este tipo de patologías es lograr un diagnóstico. “El proceso médico siempre es pensar en lo más frecuente e ir descartando cosas”, explica Vila. “Esto lo que hace es que al final los pacientes (con enfermedades raras) lleven un retraso de entre cinco y siete años hasta que por fin se le pone nombre y apellidos a su patología”.
Pero pese a no tener diagnóstico, lo que sí tienen esas personas son síntomas que se acaban encajando en otros problemas. “Los problemas de amonio suelen producir problemas de retraso mental y dificultades para el aprendizaje”, cuenta la doctora Bélanger, “pero en los adultos y en los adolescentes da muchos síntomas psiquiatricos: agresividad, somnolencia, psicosis... Eso hace que se retrasen muchas veces los diagnósticos, porque se piensa en otras cosas”.
En el caso del déficit de NAGS, de hecho, Javier fue el primer caso documentado en la historia de España. Veinte años después, solo se han encontrado dos más, y en ninguno de ellos el déficit ha sido excesivamente grave. “Este chico tuvo suerte”, explica la especialista. “Los pacientes que tienen este tipo de enfermedades suelen autoprotegerse en el sentido de que se dan cuenta de las cosas que les sientan mal y las eliminan dee la dieta”.
Javier era, así, un “mal comedor”, algo que, si bien podría desesperar a cualquier padre, en su caso le salvó la vida. “Si este niño hubiera sido un buen comedor, probablemente hubiera tenido aumentos de amonio que le hubieran podido dejar secuelas”. Él, en cambio, se encontraba mal y, en vez de cenar, iba en brazos de su madre hasta que se dormía. “Espontáneamente, estaba haciendo el tratamiento”. Otros pacientes no tienen esa suerte, y acaban conviviendo con lesiones y problemas que acaban condicionando su propia vida.
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Los medicamentos “huérfanos” y los descubrimientos “a posteriori”
Javier ya no vive en Madrid, así que la doctora Bélanger solo sabe de él a través de su nuevo médico. “Es un adulto, está casado, tiene sus hijos... Lleva una vida completamente normal”. Su caso es uno de esos que, por otro caso, hacen que la labor de Juan Vila en el laboratorio resulte más gratificante: “Cuando puedes recoger el testimonio de algunos pacientes, y ves cómo les ha cambiado la vida, cómo te cuentan cómo estaban antes de empezar un tratamiento y cómo están después”.
El ácido carglúmico llegó a las farmacias como un “medicamento huérfano”, es decir, medicinas que, por el hecho de solventar una enfermedad rara sin otra alternativa terapéutica, debe salir antes de tiempo al mercado, por no hablar de que tampoco cuenta con demasiados pacientes para realizar las pruebas que sí se exigen en el resto de medicamentos, los cuales pueden tardar unos 12 o 13 años desde su diseño en salir al mercado. “Les dan una serie de prebendas necesarias para que vean la luz”. Se revisan los datos de manera prioritaria, también, para facilitar su llegada a los enfermos.
Sin embargo, esto no hace que dichos medicamentos tengan menos efectividad. De hecho, en el caso del ácido carglúmico, se descubrió que no solo servía para tratar el déficit de NAGS, sino también para ayudar a todas las personas que tuvieran problemas por exceso de amonio. Trastornos genéticos, infecciones, trasplantes, procesos de cirugía bariátrica, problemas en el hígado -pues es ahí donde se da el ciclo de la urea-, personas con efectos secundarios por un fármaco que trata la epilepsia.
“Hay muchas, muchas circunstancias que pueden dar lugar a esos aumentos”, explica la doctora Bélanger, que destaca que “en el fondo, el ácido carglúmico se utiliza para más para tratar otras cosas que para tratar el NAGS”. “Lo que pasa es que eso se ha visto a posteriori, que pasa mucho con las enfermedades raras, se estudia y se investiga para algo y luego te das cuenta que puede ser mucho más útil y que sirve para tratar cosas que afectan a mucha población, no solo al paciente que tiene la enfermedad rara”.