
El año 2025 registró el mayor número de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial: Ucrania y Rusia, la Franja de Gaza, Sudán, Siria, Yemen, África subsahariana, India y Pakistán, Camboya y Tailandia. Violencia prolongada, organizada, escalada. En 2025 la OMS reporta que 100.000 adolescentes se suicidan por año; en Argentina se cuenta un suicidio por día en jóvenes entre 10 y 19 años. En junio de 2025, la cifra de migrantes forzados ascendió a 117,3 millones; entre ellos, 42,5 millones son refugiados y 19,1 millones son niños.
Nunca tuvimos la violencia tan a flor de ojo: torturas documentadas, publicadas, reenviadas, compartidas; sufrimientos filmados en tiempo real, interrogatorios brutales, abusos, cadáveres. En 2025, desde el segundo cordón del conurbano bonaerense, un triple femicidio se transmitió en vivo por Instagram y TikTok, marcando un precedente siniestro en el uso de las redes sociales como herramientas de narco amedrentamiento. Violencias publicadas, mercantilizadas, viralizadas hasta banalizarlas.
El 24 de enero se celebra el Día Internacional de la Educación, con el objetivo de destacar el papel esencial de la educación en la proyección de un futuro digno. ¿Cómo proyectar un futuro digno en medio de un presente desbordado de violencias? ¿Qué estamos celebrando? ¿Qué decimos cuando hablamos de una educación para la paz? ¿Es posible una educación para la paz en un mundo de infancias refugiadas, niños suicidas y crímenes por celular? Allí donde la inteligencia del presente se vuelve insensible y las inteligencias del futuro se conciben artificiales, ¿podemos hacer que la educación se convierta en un símbolo de paz?
El 24 de enero se declara una posibilidad: la que comprende que la educación no debe ser testigo ingenua ni cómplice pasiva de las lógicas violentas; la posibilidad que trabaja para que la educación no sea una relación contractual ni una imposición ideológica, sino un acto ético de acogimiento y bienvenida. Bajo el imperativo no matarás, declarar que toda educación debe ser siempre para la paz es apostar por “una pedagogía del nacimiento, del comienzo y de la esperanza… una pedagogía utópica” (Bárcena y Mèlich). Consensuar un día internacional de la educación es celebrar esa apuesta de hospitalidad: una educación dispuesta a recibir a todos los pueblos, heredar todas las lenguas, proteger lo humano en cada gesto.

En La crisis de la educación, Arendt dice que “la esencia de la educación es la natalidad, el hecho de que en el mundo hayan nacido seres humanos” entendiendo que la educación es espíritu de acogida y ética de bienvenida. A diferencia de Sócrates, para quien filosofar es aprender a morir y la mayéutica se asemeja a hacer parir con esfuerzo las ideas, para Arendt educar es enseñar a vivir y la educación es una acción vinculada al milagro de los inicios: nacimientos, iniciativas, prolongaciones de vidas.
En tiempos de guerras, crueldades viralizadas y violencias extremas, el consenso por una educación para la paz no responde a la pregunta qué se enseña, cómo se aprende o cuál es la injerencia de las tecnologías en las aulas, la educación para la paz es un consenso frente a la pregunta “¿dónde está tu hermano?” (Génesis 4: 9). La pregunta la hace Dios a Caín cuando éste dio muerte a Abel. “¿Dónde está tu hermano?” es la pregunta que nace frente al primer asesinato, la pregunta que guía hacia la responsabilidad por la vida y por la muerte del hermano, la pregunta que indica que la identidad humana se construye frente al interrogante “¿quién sufre?”.
Celebrar la educación como símbolo de paz es comprometerse a custodiar aquello de humano que todavía queda en cada uno de nosotros, decidirse por una pedagogía utópica que pueda responder por los hermanos, que hospede a los padecientes y acoja a los nacientes, que tenga como meta inicial la memoria pasada y como meta final la humanidad por venir.
Mariana Chendo es directora de la Licenciatura en Ciencia de la Educación USAL
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