
Hay noticias que preferiríamos no tener que leer. Frases que no quisiéramos escuchar. Imágenes que quisiéramos evitar. Pero ahí están. Un grupo de chicos que, por chat, habla de “masacrar a toda la escuela”. Otro que lleva un cuchillo en la mochila y lo saca en medio de una discusión. ¿Qué está pasando? ¿Qué nos están queriendo decir? ¿Por qué el aula, que debería ser refugio, se convierte en escenario de miedo?
Cuando un grupo de alumnos planifica un ataque o lanza amenazas violentas a toda la comunidad, estamos ante un caso que toca lo colectivo, lo simbólico y lo institucional. Es una alarma que afecta a todos.
Pero cuando un estudiante lleva un cuchillo o se pelea con otro, el riesgo se vuelve inmediato, concreto, corporal. Ya no es simbólico. Ya está pasando.
Ambas situaciones son distintas, pero tienen algo en común: la falta de recursos emocionales para resolver conflictos de forma saludable y la ausencia de adultos significativos que ayuden a tramitar lo que se siente.
Vivimos en una época de extremos. Exceso de información, pero falta de escucha. Exceso de discursos, pero escasez de vínculos. Exceso de exigencia, pero poca contención. Y en ese contexto, muchos chicos viven desbordados. Desregulados. Sin recursos para decir lo que sienten. Sin adultos disponibles que traduzcan el caos en palabras.
Entonces, gritan.
Algunos gritan con un mensaje violento que se viraliza en segundos.
Otros, con los puños, con un arma blanca o con una amenaza concreta.
Pero todos, de un modo u otro, están diciendo lo mismo: “No sé qué hacer con esto que me pasa. Alguien ayúdeme”.
¿Dónde están los adultos?
Mientras tanto, los adultos miramos. Algunos se alarman. Otros minimizan. Algunos castigan. Otros justifican. Y muchas veces, la escuela queda sola. A cargo de contener, de intervenir, de sostener lo insostenible.
Se activan protocolos -cuando los hay-. Se cita a las familias. Se habla con los chicos. Pero cuando la violencia ya está en escena, el protocolo siempre llega tarde. Porque la prevención no empieza cuando se desata la crisis. La prevención empieza mucho antes: en el vínculo cotidiano, en la mirada que contiene, en el adulto que regula sin gritar, en el aula donde hay lugar para lo que duele.
Necesitamos dejar de ver estos hechos como “casos aislados”. Son síntomas. Son la punta del iceberg. Lo que se ve cuando ya se acumuló mucho tiempo de soledad, desconexión o silencio.
El lenguaje del dolor
Un chico que escribe que va a “masacrar” a todos no está simplemente haciendo una broma de mal gusto. Está expresando algo torcido, algo que no encontró canal saludable. No es gracioso, no es irrelevante, y mucho menos es inofensivo. Es una forma de violencia. Y es un pedido de ayuda que llega tarde y mal.
Lo mismo con el que lleva un cuchillo. ¿De verdad cree que va a resolver algo así? Claro que no. Pero en su mundo emocional, desbordado y sin guía, la amenaza física parece el único modo de no sentirse débil, de hacerse ver, de tener el control.
Cuando no enseñamos a nombrar lo que se siente, aparece la violencia como lenguaje alternativo.

No alcanza con castigar
Sí, hay que intervenir. Sí, hay que poner límites claros. Sí, hay que cuidar a los demás. Pero también hay que ir al fondo. Preguntarnos: ¿cómo se llegó hasta acá? ¿Quién estaba ahí antes de que estallara todo? ¿Qué vínculo se rompió? ¿Qué mirada faltó?
Porque no alcanza con sancionar. No alcanza con suspender. No alcanza con separar. Y tampoco alcanza con más vigilancia o más cámaras. Si no se trabaja sobre el malestar de fondo, el síntoma vuelve a aparecer, con otro nombre, en otra aula, en otro grupo.
El pacto que tenemos que reconstruir
La escuela no puede sola. No puede regular lo que no educó. No puede contener lo que no acompañó. Y no puede cuidar si está desbordada.
Necesitamos, más que nunca, reconstruir el pacto entre la escuela y las familias. Volver a hacer equipo. Volver a hablar el mismo idioma. Volver a confiar. Porque si la escuela educa, pero la casa desautoriza; si el docente pone límites, pero el adulto en casa se burla o minimiza; si el alumno explota y nadie lo acompaña… el sistema se rompe.
Educar hoy es mucho más que dar clases. Es construir salud emocional, es ofrecer herramientas para la vida, es enseñar a vivir en comunidad. Y eso solo es posible si el vínculo entre escuela y hogar se vuelve a tejer con responsabilidad compartida.

La pregunta que nos queda
¿Qué necesitan nuestros alumnos para no gritar con violencia?
¿Qué necesitan nuestros docentes para no agotarse al intentar contener solos?
¿Qué necesitamos como sociedad para no normalizar lo que duele?
La respuesta no es rápida ni simple. Pero empieza por estar. Por mirar. Por escuchar. Por no minimizar. Por no mirar para otro lado.
Porque si no estamos presentes como adultos, el vacío lo llena cualquier cosa.
Y no siempre lo que lo llena hace bien.
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