
El tenis es hermoso.
Empecemos por los datos biográficos. Mi nombre es Federico García, nací en la ciudad de Buenos Aires, y a los diez años agarré por primera vez en mi vida una raqueta de tenis. Aluminio, aro chico, corazón de plástico verde, marca Cando. Desde ese entonces, sigo a este deporte con una fascinación ridícula. Trabajo como creativo publicitario desde que terminé la facultad, carrera en la que me he desarrollado con cierto éxito, pero si alguien me lo preguntara, diría que la publicidad es para mí algo secundario, algo que hago para pagar las cuentas. En mi cabeza, yo soy un jugador de tenis. Amateur—amateur viene del francés y significa el que ama, ¿sabían?—; mediocre, digno, u horrible, según a quien uno le pregunte; yo me considero un jugador de tenis.
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Desde ya, es algo que jamás diré en voz alta. Tengo demasiado respeto y admiración por los jugadores profesionales para decir semejante barbaridad en público. Llevo décadas en el mundo del marketing y la publicidad, pero no es esta profesión lo que me define. No es para mí lo importante, lo fundamental. Si alguien me pidiera que me defina como persona, no diría ni creativo, ni publicitario. Creo que contestaría “Federerista”. Cuestión de prioridades. Primero el tenis, segundo Francia, después la profesión. De vez en cuando me invitan a dar alguna charla o clase sobre creatividad publicitaria. Preferiría hablar sobre Roger. Estoy dispuesto a discutir con cualquiera que me desafiara por qué RF es el tenista más importante de la historia. Fans de Rafa y del serbio (innombrable para mí), vengan de a uno. Los espero. Segurola y Habana 4310, séptimo piso.

Lamentablemente mi carrera jamás se llegó a cruzar con el tenis. Una profunda fuente de tristeza para mí. He pensado campañas para la NFL, he hecho campañas para la NBA, para e-sports y hasta para sponsors de grandes eventos futbolísticos como la Champions League o Copa América. Los últimos nueve años los he vivido en el país del norte, donde me he cansado de escuchar el motto “the beautiful game” cada vez que se habla de fútbol. El deporte bello. Mi decisión de traducir beautiful como bello no es casual.
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Déjenme explicar. Hace un tiempo ya, en una reunión con la plana mayor de una famosa marca de cerveza que esponsoreaba la Champions, escuché decir que la compañía se involucraba en el evento por cuestiones estéticas, no deportivas. El glamour de aquella competencia, los magníficos estadios europeos de impecable césped y las inmaculadas figuras futbolísticas de los grandes equipos del Viejo Continente, eran de una belleza estética y una excelencia a la cual la empresa quería pegarse. Entendí entonces por qué, para ellos, el fútbol era el deporte bello, pero no hermoso.
Con la pequeña autoridad que me confiere haber sido redactor creativo durante muchísimos años, doce de ellos en el idioma inglés, creo que la palabra hermoso, al menos en nuestro país, tiene una carga conceptual distinta. Cuando nosotros usamos la palabra hermoso/a, no hablamos solamente de una belleza estética, si no también de una belleza emocional. En ese sentido, para mí, el tenis es hermoso. Ejemplifiquemos. Para mí, verlo a Roger moverse en el court con la fluidez de Misty Copeland, prima ballerina del American Ballet Theater, es algo estéticamente bellísimo. Pero hermoso, lo que se dice hermoso, es verlo llorar con la cara desfigurada por el placer de la victoria o el dolor de la derrota. O verlo sentado en el banco de la cancha agarrándole la mano a Rafa en el día de su retiro, ambos lagrimeando y moqueando como niños.
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El brazo izquierdo de Guillermo Vilas es hermoso. Enorme, desaforado, asimétrico, cubierto por venas del grosor de esos cables que atajan aviones en un barco, de la misma manera que Willy los atajaba a McEnroe, a Borg, o a Connors. Hermosa es Gaby. Sí, de una belleza estética incomparable, pero más hermosa aún cuando soltaba ese revés inigualable con el que se cansó taladrar las paredes de hormigón tenístico que le construyeron Graf, Seles o Sánchez. Hermosos Delpo, Delbonis, Pella, el Yaca y Orsa con la Davis en alto. Hermosos Gastón con la copa de los mosqueteros y David con la del Masters en Shangai.
Hermoso vestirse como ellos, aunque eso sea lo único en que nos podríamos llegar a parecer. Podremos no tener el tenis, pero podemos tener el look. Hermoso ver a un abuelo que juega al tenis con su hijo, que también juega al tenis con su hijo, que también juega al tenis. Hermoso ver a doce sexagenarios juntos adentro una cancha, cuatro dentro del rectángulo de polvo de ladrillo de 23,77 x 10,97, mientras los otros ocho se amuchan en un banco minúsculo esperando para entrar, porque el que gana queda. Hermoso como se ríen, como se cargan, como se quieren. Hermoso sentarse en el bar del club horas antes de que empiece tu turno. Hermoso sentarse en el bar del club horas después de que termine tu turno. Hermosas las dicusiones, las peleas, las chicanas. Hermosos los amigos que hiciste, y los que vas a hacer; los apodos que te pusieron, y los que te van a poner. Hermoso ser el Gordo, o el Largo, o el Perro, o el Princi, o Dulce de Leche, o el Pelado, o el Mudo.
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Hermoso es saber que no importa si ese día le pegaste a todas con el marco, porque mientras una derecha haya limpiado el fleje como si hubiera salido de la mismísima raqueta de Fran Cerúndolo, durante los 24 segundos siguientes, fuiste Fran Cerúndolo. Hermoso opinar. De todo y de todos.
Tengo un entrenador en Nueva York que me dice que le pego lindo. Tengo uno en Milan que me dice que soy un “giocatore della madonna”. Tengo uno en Buenos Aires que me dice que soy horrible, verdaderamente horrible. Los tres son hermosos. Hermoso tener ocho años y entrar a la cancha con los primeros rayos del sol, para recién salir recién cuando la pelota ya ni se ve. Hermoso empezar a jugar tanto de chico como de grande, y hermoso no dejar de jugarlo hasta el final de todo. Porque mientras te quede suficiente fuerza para levantar una raqueta y hacer impacto con la pelotita, para mí, se es un jugador de tenis. Por eso, y por muchísimo más, el tenis es hermoso.
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