
En los últimos años cobró una relevancia particular hablar de narcisismo. Se califica de narcisista a la sociedad, se designa como narcisistas a las personas. Y se usa tanto el término que ya no es claro de qué se habla.
En medios de comunicación, en la divulgación psi –que hoy funciona como un nuevo sentido común– se nombra como narcisistas a diferentes personas: parejas, padres, madres, hijos, jefes, mascotas.
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Es evidente que, cuando una palabra se usa de manera generalizada, se vuelve cada vez más inespecífica. De la misma manera, las aproximaciones teóricas que utilizan la noción de narcisismo pueden ser muy diferentes entre sí, entonces tampoco es claro a qué fenómenos se refieren en cada caso.
Y lo peor que le puede pasar a un concepto es volverse el disfraz de un prejuicio. Es lo que ocurre cuando se llama “narcisista” a alguien como una manera de resumir que se trata de una mala persona. La psicología como disciplina siempre tiene que estar atenta a no ser la traducción de lo que piensan los psicólogos.
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Si de algo podemos estar seguros, es de que la noción de narcisismo tiene su origen más sistemático en el psicoanálisis y en un ensayo de Sigmund Freud que se llamó Introducción del narcisismo, de 1915, que justamente incorpora el término a la teoría psicoanalítica.
En este artículo resumiré una idea central del texto freudiano y presentaré a uno de los autores que más desarrolló la idea de trastornos narcisistas de la personalidad: Heinz Kohut, a partir de su libro fundamental y otros que le siguieron.
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El narcisismo freudiano
Freud define el narcisismo como “el complemento libidinal del egoísmo”, es decir, de la auto-conservación. Esto quiere que decir, desde su punto de vista, el conflicto psíquico ya no se plantea entre el Yo y la sexualidad, porque el Yo mismo se encuentra erotizado.
Esta distinción es importante, porque permite introducir una diferencia entre libido del Yo y libido de objeto; así es que, en realidad, algunos objetos del mundo pueden investirse de manera egoísta. Por ejemplo, en una relación de pareja puede ser que no ame al otro, sino que me a mí mismo a través del otro.
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Ahora bien, el protagonista de “Introducción del narcisismo” es el Ideal del Yo. Este Ideal es una instancia a la que Freud atribuye una función determinante (ser la causa de la represión) y que, además, tiene un origen puntual.

En primer lugar, Freud destaca que el Ideal es una derivación del narcisismo primario, una primera colocación de la libido que, por ejemplo, se reconoce a partir del narcisismo de los padres y la mirada ideal con que se ve al niño: His majesty, the baby, dice Freud. El Ideal del Yo se consolida como una formación de la que se obtiene una satisfacción: verse a uno mismo.
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Ese fundamento del Ideal del Yo, como un modo reservorio de la libido yoica, permite trazar una distinción crucial. En este mismo texto, Freud esclarece de qué manera el delirio megalómano es una vía de elaboración de un plus de libido en el yo que, de otra manera, podría ser reconducido a una posición hipocondríaca.
Dicho de otra manera, cuando el Ideal no se constituye adecuadamente, aparecen muy diferentes afecciones narcisistas: además de la (megalo)manía y la hipocondría, también la infatuación, la melancolía, etc., que no se reconducen a las formas habituales del conflicto psíquico neurótico.
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Por esta vía, Freud considera maneras del sufrimiento que se manifiestan en relación a la autoestima y al sentimiento de sí, entendido este último como la garantía de continuidad de la existencia en el tiempo. Una constitución deficiente del Ideal del Yo se refleja en vidas que se sienten sin una brújula, experiencias de vacío, etc.

El texto freudiano es fundacional para introducir cómo, ya en los comienzos de la teoría psicoanalítica, hubo una intuición que anticipaba que la neurosis iba a quedar relegada por nuevas formas del malestar mental. La segunda mitad del siglo XX y el cambio de siglo no hicieron más que darle sustento a esta intuición.
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¿Quién fue Heinz Kohut?
Nacido en el mismo año en que Freud estaba escribiendo sus primeros ensayos sobre la cuestión del narcisismo, Heinz Kohut fue un referente teórico del Instituto de Psicoanálisis de Chicago, también Presidente de la Asociación Psicoanalítica Norteamericana y, luego, Vicepresidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional.
Su prolífica obra gira en torno a un libro fundamental: Análisis del self. El tratamiento de los trastornos narcisistas de la personalidad. ¿Qué es el self, al que también se llama “sí mismo”? Es más que una nueva manera de referirse al Yo, para atender no solo (y tanto) a sus funciones sintéticas, sino a su vivencia. El psicoanálisis de Kohut suele conocerse como “Psicología del self” y surgió como respuesta a un conjunto de casos que no eran tan fáciles de tratar con el método habitual del psicoanálisis freudiano.
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Publicado en 1971, Análisis del self es un arduo ensayo sobre ciertos pacientes que se relacionan con el analista de una manera particular. Esa relación –transferencia– tiene dos grandes configuraciones: la idealización y la grandiosidad. Se trata de personas que, por un lado, ubican al analista como una especie de talismán del que esperan protección, o bien a la manera de un espejo del que esperan aprobación constante.

En términos generales, Kohut distingue así entre un tipo de transferencia idealizadora y otra de tipo gemelar. Lo más importante, en todo caso, es cómo se piensa el tratamiento con pacientes de este estilo.
El tratamiento del narcisista
Como puede leerse hasta aquí, Kohut no le aplica la palabra “narcisista” a una persona con el fin de diagnosticar una cualidad moral, sino un tipo de vínculo y una conflictiva que se relaciona con el modo de vivir.
Para Kohut, la causa del trastorno narcisista son déficit o fallas en la crianza temprana, que hoy se relacionarían con lo que se nombra como “validación”. La perspectiva que él proponte para el tratamiento es la de un analista empático –término que hoy también se puso bastante de moda.
Leamos un poco:
“En el transcurso de los análisis de las personalidades narcisistas existen dos peligros antitéticos que pueden convertirse en impedimentos. Uno es que el analista asuma muy rápidamente una posición de realismo ético, o con tintes éticos, frente al narcisismo del paciente; el otro es su tendencia a efectuar relevantes interpretaciones abstractas.”
Expliquemos esta doble consideración. Por un lado, ante un paciente que –por ejemplo– tiende a tener conductas exhibicionistas, podría ocurrir que el analista responda como un guía moral y le diga qué está bien y qué no. El analista empático del que habla Kohut nunca está ahí para juzgar, ni para valorar o compadecer de más a quien sufre.

Por otro lado, la interpretación demasiado “abstracta” es la que más que permitir que el paciente reviva su sufrimiento, se agota en explicaciones que hacen que alguien tenga hasta casi una teoría de sí mismo, pero incapaz de motivar cambios.
Es interesante que Kohut sea un terapeuta advertido de que este tipo de pacientes llevan a que el tratamiento tenga mucha conversación y pocos efectos, dado que cuando hablan se ven a sí mismos y son más espectadores de su vida que “vivientes”.
Otro aspecto importante del tratamiento del paciente narcisista está en relación a lo que Kohut llama el “mal paso”:
“Muchas veces el paciente llega a la sesión inundado de vergüenza y ansiedad pues siente que ha cometido un faux pas: dijo una broma que resultó fuera de lugar, habló demasiado de sí mismo con los demás, se vistió en forma inadecuada, etc. Al examinarlas en detalle, es posible entender cuán dolorosas resultan muchas de estas situaciones en que se reconoce que se ha producido un rechazo, súbito e inesperado, justo en el momento en el que el paciente era más vulnerable, es decir, justo cuando esperaba lucirse y se regocijaba de antemano en sus fantasías.”
Al ser espectadores de su vida, las cuestiones del ridículo, así como la desvalorización, la depreciación, etc., son muy importantes en estos casos. El paciente narcisista no vive en el drama de la exclusión (propio del Edipo neurótico), sino en la escena en que se ve mientras hace lo que hace –por lo general, como protagonista. Hasta que algo pasa y siente que se cae del mapa.

En esta misma línea, que diferencia al paciente neurótico del narcisista, Kohut hace la distinción entre un tipo de tratamiento (clásico) centrado en el análisis del inconsciente y la culpa, mientras que el del narcisismo se orienta por la vergüenza:
“En general, las personalidades narcisistas no están predominantemente dominadas por sentimientos de culpa (no son proclives a reaccionar en forma desmedida a la presión que ejerce su superyó idealizado). Tienden preponderantemente a sentirse abrumadas por la vergüenza.”
Si el paciente freudiano era aquel sufría de remordimiento, apresado por el peso de los ideales, que lo obligaban a reprimir sus deseos; el paciente narcisista de que habla Kohut es sumamente vulnerable bajo una coraza artificial con la que se protege y ante la que reacciona cuando se siente herido.
Si el neurótico freudiano es hamletiano, el narcisista de Kohut es bovaresco (en alusión a Madame Bovary).
El destino de una obra
Uno de los motivos más importantes para leer a Kohut es que es el autor de una obra sistemática. Podría decirse que dedicó su vida a atender pacientes narcisistas. Para cerrar este artículo quisiera recomendar dos de sus libros posteriores que, creo, complementan el anterior y sitúan la perspectiva de un psicoanalista comprometido con una práctica.

En 1977, publicó La restauración del sí-mismo, libro que contiene diferentes artículos que responden a problemas y críticas que se le fueron planteando con los años. En particular, destacó el texto que se dedica al problema de la terminación de los tratamientos con pacientes de este tipo, ya que pueden volverse muy largos y basados en la dependencia de la persona del analista.
En 1984, se publica ¿Cómo cura el análisis?, compilación póstuma en la que vuelve al tema de la conclusión de los análisis y ensaya la idea de que, en ciertos casos, conviene que el análisis permanezca incompleto antes que condicionar su finalización. En otro artículo vuelve a la cuestión de la empatía y delimita un sentido analítico, ante la crítica de que su noción se parece a “darle la razón al paciente”.
Y nada más lejos de este autor que ese relativismo por el que las cosas son según el punto de vista de cada quien. Un analista empático no es una figura conformista, sino una que no confronta de antemano, pero con el propósito de que la sensación progresivamente sea puesta en cuestión por el mismo paciente. Validar no es dar la razón, sino preparar el terreno para la asunción crítica en la experiencia del tratamiento.
Para concluir, una cita de este último libro:
“El psicoanalista del sí-mismo no culpa a nadie, ni a los pacientes ni a sus padres: identifica secuencias causales, le muestra al paciente que sus sentimientos y reacciones son explicables a partir de sus experiencias de la vida temprana y le puntualiza que, en última instancia, sus padres no deben ser culpables, pues fueron lo que fueron como consecuencia de los antecedentes que determinaron sus propias personalidades. […] el analista estimulará el cabal despliegue de los reproches del paciente, y en particular, admitirá ante él sus fallas inevitables si durante la transferencia el analizando siente que no es comprendido en forma empática por él.”
La obra de Kohut se vuelve de consulta fundamental en una época (como la nuestra) en el que cabe preguntarse por la condición humana del psicoterapeuta.
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