
Sala grande grande de la Feria del Libro, mil personas, colas, personal de seguridad que se pone estricto -mejor prevenir- a la hora de determinar que no-entra-nadie más: se trata de un homenaje a Gabriel Rolón, por 20 años de trayectoria. El fervor del público lo dice todo: en estos años, Rolón supo llegar a las mentes y los corazones de muchos.
Gabriel Rolón es un autor que acercó el psicoanálisis a la literatura, transformando conceptos complejos en relatos accesibles para millones de lectores. Su obra no busca ofrecer consuelo inmediato, sino explorar las razones detrás del dolor y la manera en que este afecta la vida de las personas. Leer a Rolón implica ingresar en un espacio donde el sufrimiento se analiza y se comprende, en lugar de ser evitado. Su primer libro, Historias de diván, marcó el inicio de esta propuesta literaria y se convirtió en un fenómeno editorial.
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En ese contexto, habló Gastón Etchegaray, Presidente del Grupo Planeta Argentina. Pero sorprendió el editor Mariano Valerio, que le dedicó una carta sentida y profunda. Aquí, se reproduce esa carta.
Vectores de memoria
Por Mariano Valerio
Ayer a lo noche, volviendo de esta misma Feria con mi sobrina, estábamos mirando unas fotos en mi teléfono que le había hecho en la presentación de Alice Kellen, la autora juvenil que ella poco menos que adora. Casi sin querer, y medio como de refilón, ve en mis mensajes el nombre de Gabriel porque habíamos hablado unos minutos antes. Ahí nomás me dice: “ay, quien pudiera tener a Gabriel Rolón en el teléfono.”
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Me río, cierro el teléfono, lo meto en mi bolso y miro por la ventana del auto que nos lleva.
Cuando nació Lucia, mi sobrina, en el año 2009, Gabriel Rolón ya era el autor más leído de la Argentina. Historias de diván era un suceso sin precedentes y acababa de publicar su segundo libro, Palabras cruzadas. Sigo pensando, haciendo números. La autopista sigue en la ventana. Hace justo 20 años empecé este oficio de editor, fue en abril de 2006. Ese mismo año lo conocí a Gabriel. Yo no era su fan: lo conocí y lo leí, todo al mismo tiempo. Yo no sabía muy bien que era esto de ser un editor, e intuyo que Gabriel tampoco llegaba a ver del todo de qué iba a jugar yo cerca de él, yo como su editor.
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Sin embargo fue mirarse en un pasillo de la editorial, darse un abrazo y confiar. Todo al mismo tiempo. Eso fue hace 20 años, eso fue hace 11 libros, eso fue antes de que Lucía, que hoy lo lee a Gabriel y lo necesita en su teléfono, naciera.
En estos años, 20, una de las pocas certezas que tengo de mi oficio es que, así como un editor acompaña a un autor (y abro paréntesis: quiero aclarar “acompaña” porque también sé que un editor no descubre, no inventa nada y mucho menos a un autor; como mucho un editor puede dar visibilidad y estar atento, el que brilla, siempre, es el autor, el autor y su obra, los editores, siempre, corremos un poco de atrás y está bien).
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Y vuelvo. Así como el editor acompaña al autor, el autor hace al editor. No lo dudo ni un poco. Es un ida y vuelta: es sostener y amplificar ese abrazo de aquel pasillo estrecho en el tiempo (la mayoría de nuestros intercambios con Gabriel suelen cerrar así: “te abrazo fuerte”, y no es una fórmula). Y con la confianza llegó el aprecio, y con el aprecio, el afecto y así ese río que desembocó en amistad. En una amistad que sabe del vértigo del cierre de un libro, de ese tiempo muerto eterno del libro en la imprenta, de erratas impresas, de temores y corridas. De noches de vino, de risas y de festejos, pero también de lágrimas. De desayunos que duran 7 horas. De confesiones de secretos inconfesables. De una complicidad irreductible que necesita nada más que una mirada para activarse. Una amistad que sabe de 20 años de amistad, que se alimenta de amigos que se quieren.

Hoy soy el editor que soy porque lo acompaño a Gabriel. Y después de 20 años soy un poco la persona que soy porque soy editor de Gabriel Rolón.
Entonces, retomo eso que dejó escapar Lucia ayer a la noche casi como sin querer y lo reformulo, apenas, para decir: “Ay, quién pudiera tener un Rolón cerca, en su vida.”
Y pienso y digo: Sí, yo soy un privilegiado.
Gracias, Gabriel, te quiero tanto como te admiro.
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