
Es bastante impresionante el recorrido que tuvo Las niñas del naranjel, la novela de la argentina Gabriela Cabezón Cámara, desde que se publicó, en 2023. En noviembre pasado su traducción al inglés -We are green and trembling- ganó el National Book Award, en Estados Unidos. Antes la novela se había quedado con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en Guadalajara, el Premio Ciudat de Barcelona en lengua castellana y el Premio Fundación Medifé Filba, en Buenos Aires. Ahora, la historia de la monja vasca que se convirtió en un alférez en la conquista de América, está entre los 13 finalistas del International Booker Prize, un premio británico que está entre los más prestigiosos del mundo.
No sorprende que cuando un libro es premiado en un lugar también lo sea en otros porque, en fin, cuando un libro se destaca es porque su escritura, su valor, son sólidos y se imponen en distintos lugares. Lo que sorprende es que Los niños del naranjel tenga ese lugar siendo que lo que dice va tan a contramano de la época. ¿Por qué lo digo? Acá va.
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Ya contamos que se trata de esa monja que se sintió varón, dejó en convento, se embarcó hacia América. Es una historia real, la monja se llamaba Catalina de Erauso y nació a fines del siglo XVI en San Sebastián. Cuando fue varón hirió a un hombre, estuvo preso, se lanzó a América, participó de peleas y de asaltos, estuvo en el ejército que masacró indígenas mapuches. Hubo quejas por su crueldad contra ellos. Tuvo mujeres, casi se casa. En algún momento lo detuvieron por una pelea, para que no lo ajusticiaran contó que era mujer. Volvió a España. Allí, el rey Felipe IV decidió conservarle el grado militar, dejar que usara su nombre masculino y darle un pensión por los servicios prestados.


100 pensamientos para la vida. (Que es corta, pero bien vivida, alcanza)
La felicidad parece ser una idea simple. Sin embargo alcanzar la felicidad no es nada simple. Requiere un aprendizaje cotidiano: revisar nuestro origen nuestros deseos nuestros miedos. Volver a hacernos las preguntas esenciales: quiénes somos qué queremos qué podemos dar si podemos abrir nuestro corazón para recibir. Cien pensamientos para la vida trae una serie de meditaciones cotidianas que nos permiten mirarnos el alma para empezar a ser honestos con lo que queremos y alcanzar la plenitud con nosotros mismos y con quienes amamos. En ese tránsito quizás podamos advertir que todo lo bueno no está en ningún lado más que en el aquí y el ahora.

Hasta ahí la historia real. Pero ¿qué hace Cabezón Cámara? Sin sacarle ni un gramo de violencia a la conquista, sin quitar sordidez a la vida de la soldadesca en el campo de batalla, sin hacerse la tonta con la brutalidad, pone a Antonio -que antes era Catalina- en contacto con dos nenas guaraníes. Las salva, huye con ellas. Les da de comer, se vuelve una madre que se llama Antonio y es soldado.
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Pero hace algo más: las escucha. Las nenas despliegan su lengua -15 palabras guaraníes en total, que los lectores que no conocemos la lengua vamos entendiendo por contexto- y en su lengua y en español le muestran otra cosmovisión, otra manera de entender a la gente y la naturaleza. Sin aberlo, le muestran el mundo desde el otro lado: desde el oeste, desde el sur, desde la infancia, desde los conquistados.
¿Es posible invertir la cabeza -como Nicolás García Uriburu invirtió el mapa para mostrar a Tierra del Fuego arriba- y ver las cosas desde otro lugar? ¿Es posible integrar dos culturas pero no bajo la vara del conquistador sino, sobre todo, con el conocimiento de la tierra que se pisa que tienen los conquistados?
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Cabezón Cámara -además de producir momentos de enorme belleza estética, párrafos que han de ser vistos como objetos hermosos- plantea una utopía americana hacia atrás. Las nenas pueden “americanizar” al soldado además de ser influidas por él, su lengua, su cultura.

Plantea un comienzo de América diferente del que fue. Una utopia retrospectiva donde el encuentro se vuelve amoroso. Sin dejar de ver, como dijimos, toda la violencia alredodor. O, justamente, en contraste con ella.
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Alguna vez escribí que el hecho de que Antonio fuera un hombre trans quedaba de lado en la novela. Que una vez producida la transición -una escena contada con delicadeza y corazón- ya “el tema trans” quedaba atrás y que eso la volvía algo así como una novela posfeminista, o postqueer. Ahora me pregunto si no precisaba un personaje así, capaz de haber vivido dos identidades, para encarnar esa utopia de integración. Como si, en el nivel del cuerpo, Antonio tambén integrara posiciones diferentes.
¿Por qué premian esta novela ahora?
Eso me pregunto: ¿por qué premian esa novela en estos tiempos duros, de guerras, de expulsión de inmigrantes, de sospecha, de cambio de reglas?
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¿Por qué esta novela esperanzada, luminosa, esta novela que hace -de hecho, sin discuroses- un elogio de la diversidad, es elegida y alabada en esta época de posiciones extremas, en la que no se disimula la crueldad y se pueden decir “las cosas que no se podían decir”?

“Voy a hablar en español, porque a algunos fascistas no les gusta”, dijo la autora cuando subió al escenario a recibir el National Book Award, en Nueva York. Después agradeció “a la educación pública argentina” y aclaró que, sin esa educación “la gente de clase trabajadora como yo nunca estaría acá”. La aplaudieron, la vivaron.
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Quizás la premien por eso: porque da una esperanza. Quizás la premien porque no cree que ya todo está dicho que llegó el fin de la Historia. Quizás porque marca la violencia y hace el rescate: en medio del poder de los conquistadores, en medio de la fuerza de la conquista, hay lugar para resistir. Quizás porque plante que son elecciones.
Quizás porque da esa mirada oblicua, rara, que corrige el pasado pero como el pasado no se corrige hay que entender que apunta al futuro. Quizás, es cosa del jurado. Es una novela, claro, y eso es lo que hace Cabezón Cámara. Las cosas del mundo están en manos de mucha más gente.
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