
El legado de Harry Truman suele quedar encapsulado en la imagen de la nube atómica que emergió sobre Hiroshima, sin embargo, su presidencia abarcó decisiones menos conocidas pero igualmente trascendentales. Según el libro The Most Awful Responsibility, escrito por Alex Wellerstein, profesor de Stevens Institute of Technology, la huella de Truman también se define por la lucha interna para controlar el arsenal nuclear estadounidense: una cuestión de quién custodia las armas y quién decide cuándo utilizarlas.
En los primeros años de la Guerra Fría, la figura de Truman se asoció recurrentemente con las consecuencias de los bombardeos atómicos, desde pruebas como Bikini Atoll y búnkeres nucleares, hasta tratados como SALT y episodios de tensión como Defcon, según el análisis de Wellerstein.
Pero en agosto de 1945, el papel de Truman fue más limitado de lo que suele suponerse: la mayoría de las decisiones clave respecto a la bomba atómica se tomaron durante la administración de Franklin D. Roosevelt, quien, a pesar de su debilidad física, nunca compartió con Truman los detalles del proyecto mientras estuvo vivo.

De acuerdo con Wellerstein, Truman solo intervino directamente para decidir si el objetivo inicial sería Kioto o Hiroshima, mientras que “no tomó ninguna decisión sobre un segundo bombardeo y casi con certeza se sorprendió ante el ataque a Nagasaki”. La abrumadora carga de la presidencia recién asumida hizo que el nuevo presidente de Misuri se limitara al consenso ya existente sobre el uso de la bomba.
La escala de las víctimas civiles marcó profundamente a Truman. Wellerstein relata que, durante una reunión de gabinete el 10 de agosto, Truman determinó que no habría más bombardeos atómicos contra Japón. Un miembro del gabinete consignó: “Dijo que la idea de acabar con otras 100.000 personas era demasiado horrible. No le gustaba la idea de matar, como él mismo dijo, ‘a todos esos niños’”. Estos episodios reflejan la tensión moral que experimentó el presidente tras la devastación en Hiroshima y Nagasaki.
Apoyado en diálogos confidenciales y en los diarios de testigos presenciales, Wellerstein revela que Truman creía que Hiroshima era un “objetivo puramente militar... una base del ejército y no una ciudad llena de civiles”. El autor sostiene: “Truman entendió completamente mal la selección del objetivo en Hiroshima”.

Finalizada la guerra, el presidente dio respaldo a una ley que creó la Comisión de Energía Atómica, con la misión de regular la tecnología nuclear, asumir la infraestructura del Proyecto Manhattan y tomar control del arsenal nuclear del país. Sin embargo, Truman se reservó la potestad de transferir armas y materiales de nuevo al ejército cuando lo considerara necesario, consolidando así el control presidencial sobre el armamento atómico, una tradición que perdura.
Wellerstein describe a Truman, hacia 1948, como “un hombre que no amaba la bomba, y que no tenía intención de usarla. Es un Truman que en la intimidad parecía expresar cierto remordimiento respecto a los bombardeos atómicos de Japón, y que dejaba que sus sentimientos pesaran en la definición de su política nuclear”.
El agravamiento de la Guerra Fría modificó ese equilibrio. El bloqueo de Berlín, el golpe soviético en Checoslovaquia, la victoria de Mao en China y la invasión de Corea del Norte hicieron de Truman “un halcón a regañadientes”. El comportamiento de Stalin y una filtración involuntaria de un senador llevaron a Truman a aprobar el desarrollo de “la Super”, una bomba termonuclear cientos de veces más potente que la de Hiroshima. Wellerstein subraya que el presidente “finalmente aceptó construir la Super, pero de la manera más reticente y distante posible”. También permitió que el ejército tuviera un control acotado sobre ciertas armas nucleares.

La obra concluye que Truman no fue “tan ingenuo como creyeron algunos de sus críticos contemporáneos”, pero tampoco “tan visionario como desearían hoy algunos de sus defensores”. Wellerstein afirma que el presidente número 33 de Estados Unidos se mostró “claramente humano, arrastrado por las fuerzas de la historia, por aquello que sabía y lo que desconocía, y por su conciencia”. También sostiene que Truman “sintió un tremendo sentido de responsabilidad hacia los demás y dejó que esa responsabilidad orientara su acción en un mundo de peligro sin precedentes”.
El relato de Wellerstein se apoya en la voz de Truman, pero recupera también a figuras como el secretario de Guerra Henry Stimson y el comandante del Proyecto Manhattan, general Leslie Groves, para analizar con precisión sus perspectivas y motivaciones. En suma, The Most Awful Responsibility desmenuza la compleja relación de Truman y de Estados Unidos con las armas nucleares.
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