Martín Kohan y un auto para ser argentinos

En su libro “Argentinos, ¡a las cosas!“, el escritor recorre objetos que están en nuestra historia. Aquí, un capítulo clave

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Veinticinco objetos. Eso mira, como él mira, el escritor Martín Kohan y con esas veinticinco cosas hace un retrato, un retrato a trazos, a pinceladas, de un argentino, de los argentinos, de alguien que vive en esta época y ha vivido en otras. Como él.

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Argentinos, ¡a las cosas!

Por Martín Kohan

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Lo hace, Martín Kohan, en su libro Argentinos, ¡a las cosas!, que acaba de salir, publicado por el sello Seix Barral. El título, claro, refiere a una frase del filósofo español José Ortega y Gasset, pero Kohan, inquieto como es, le pone debajo una preguntita punzante, con otra gran firma. "¿Qué cosas, exactamente?“. Y el que pregunta es el escritor ruso Vladimir Nabokov.

Así que bueno, en los capítulos se habla de “Una hélice”, “Una ruta”, “Una bandera” y así. Aquí, “Un auto”.

“Un auto”, por Martín Kohan

El pasado como tal puede alojarse en muchas cosas, muchos lugares. Ahí se fija y permanece, ahí queda y se inmoviliza. Pero hay casos en los que, sin dejar de fijarse y sin dejar de permanecer, circula y se mueve, va y viene, lo vemos pasar. ¿En qué pienso? Pienso, claro, en los automóviles: en los autos de otro tiempo. No en los preservados, como reliquias, desde un pasado remoto, porque esas piezas de colección, atesoradas como autos de colección, atesorados como autos históricos, anteponen lo que tienen de históricos a lo que tienen lisa y llanamente de autos. Pienso en los autos de un pasado vivido que, no obstante, quedaron atrás, pues quedó atrás ese mismo pasado. Los autos de los años 70, para el caso. Raramente se los ve en el centro de las ciudades briosas, pero empiezan a aparecer apenas uno se corre hacia el margen, o apenas uno traspasa al suburbio, o en los pueblos y las rutas de las provincias del país. Y hasta se lo podría considerar un parámetro: uno sabe que se ha corrido al margen o que ha traspasado al suburbio, uno comprueba que está en un pueblo o una ruta de provincia, justamente porque esos autos empiezan a aparecer.

Esas cosas que nos hacen
Esas cosas que nos hacen argentinos.

No todos han perdurado, o perduran pero muy raramente. Otros, en cambio, siguen ahí, nunca se han ido. No son tan viejos como para circular orondos, henchidos por el orgullo de haber vuelto a funcionar o no haber dejado nunca de hacerlo. Pero provienen de una época en la que los plazos de las cosas no eran tan afiebradamente perentorios como ahora. Se mantenían y, al mantenerse, eran capaces de suscitar un tipo de apego que difícilmente se logra con lo transitorio o con lo efímero.

Están los que perduran pero muy raramente y se vuelven especiales por eso: el Renault Gordini, por ejemplo, o la cupé 1500 de Fiat, o el Dodge Coronado (al que Edgardo Scott le dedicó un cuento), o el Ford Fairlane. Otros perduran y son especiales, pero lo son porque lo fueron desde siempre, porque ya cuando aparecieron tuvieron un halo que los realzaba, algún sello de particularidad. El Torino, por ejemplo, en cualquiera de sus versiones: nació para ser mítico, y efectivamente lo es. O esos autos que se crearon con el valor agregado de una vistosidad que aseguraba un cancherismo certero de buen pistero o de tuerca, como la cupé Chevy, o la cupé Taunus algo más tarde, y puede que también el Peugeot 504 (al menos el de techo corredizo). Otros autos son especiales por lo que pueden connotar (el Ford Falcon, al que Juan Ignacio Pisano le dedicó una novela, sería el caso), o por su rareza intrínseca (el Citroën 2CV y 3CV, medio auto y medio rana; o el Fiat 600, mínimo y medio esférico, hoy reversionado; o el escarabajo de Volkswagen, un auto asociado a un bicho, hoy también reversionado). Otros se han vuelto especiales porque dominaron cuantitativamente el paisaje visual de la ciudad (es difícil no pensar en los taxis si hoy se ve un Siam Di Tella, es difícil no pensar en Rolando Rivas, es difícil no traducir a amarillo y negro el color que ahora pueda tener).

Recuerdos del Renault Gordini
Recuerdos del Renault Gordini

Pero ¿habrá a todo esto algún auto que haya logrado doblegar el tiempo y extender su existencia hasta el presente siendo, a la vez, la huella de un puro pasado y apenas un auto nomás, sin mito, sin aura, sin épica, sin particularidad ostensible, alcanzando esa paradójica condición de especial que radica en no ser especial, en no tener nada de especial y que sea justo eso lo que en verdad lo hace único? Yo creo que ese auto existe: existe y es el Renault 12. No buscó lo extraordinario pero tampoco, con intención, ser apenas común y corriente. (Lo que puede ser una treta: un atajo a lo singular.) De hecho tuvo (tuvo y tiene) un diseño evocador de futuro, de lo que en un tiempo se imaginó que podía ser el futuro (un poco en sintonía con Los Supersónicos, que eran la versión Hanna-Barbera del futuro, así como Los Picapiedra, en espejo invertido, eran la versión Hanna-Barbera de la antigüedad).

Del Renault 12 cabe mencionar su sencilla lealtad de coche sin grandes problemas (no los tiene, ni los trae: que «nunca te deja a gamba» es un modo de expresarlo; otro modo de expresarlo es diciendo que «es gauchito», sustantivo de fuerte expresividad cuyo sentido cambia notablemente al pasarlo al femenino). Puede hacer serie, en ese sentido, con lo que luego habrían de ser el Fiat 147, el Chevrolet Corsa, el Volkswagen Gol. Y es en verdad en función de esos atributos, discretos y sin alardes, medio en la línea de El hombre sin atributos de Musil, que perdura y sigue ahí al cabo de tantos años. No porque se lo atesore, como se hace con las maravillas, ni porque se le rinda culto, como se hace con las reliquias, ni porque se lo ubique en una especie de repisa de preservación es- merada, como se hace con lo que habrá de contemplarse extasiadamente. Las mismas cualidades que lo hicieron tan simplemente rendidor, en su tiempo, explican que se lo siga viendo circular actualmente.

Dice lo que dice cualquier auto de esa época: que hay huellas del pasado en el presente. Pero el pasado que el Renault 12 indica no está cargado de connotaciones o idealizaciones, no es siquiera uno de esos pasados que se señalan a sí mismos para declarar que lo son. Es un pasado, nada más (y nada menos); es el pasado, ni más ni menos. Como ocurre tantas veces con ciertos días de nuestras vidas, o con ciertas personas que conocimos, o con ciertas cosas que nos pasaron, o con ciertos datos que registramos, que nada tienen de memorables, que no nos proponemos retener, que llegamos incluso a suponer perdidos u olvidados a fuerza de no pensar en ellos para nada, y que de pronto, y cada tanto, como porque sí, vuelven a nosotros en forma de recuerdo. Sin saber por qué, y acaso por nada, nos encontramos de repente acordándonos de ese día (un día como tantos), o de esa persona (un conocido igual que otros), o de algo que nos pasó (y que no tuvo mayor importancia), o de un dato que nunca usamos (y nunca vamos a usar). Solamente estuvo ahí, hace mucho tiempo, y al cabo de mucho tiempo, reaparece y se nos cruza.