
¿Alguien vio -o, mejor dicho, alguien puedo no ver- la Noche de las Librerías? Por si acaso, lo cuento: la calle Corrientes, de Callao a Libertad, reventaba de gente. Andaban de librería en librería y se paraban a escuchar a escritores que hablaban desde escenarios ubicados en esas cuadras. Se chocaban, se empujaban: no era pelea, sin embargo; era encuentro.
Cinco escenarios medianitos había sobre Corrientes y uno enorme atravesando al avenida a la altura de Cerrito. Todo el tiempo estuvieron llenos. Estaba fresco esa noche: la gente se quedó, escuchó, aplaudió.
Sí, un poco sorprende. No sorprende hablar de crisis, no sorprende hablar de odios, no sorprende preocuparse porque vivimos en las pantallas y en las redes, ojalá, como quería Charly, “comunicados con todo lo demás” pero más bien con la sensación de estar solos, de scrollear la soledad y, muchas veces, scrollear el odio. En estos días la Fiscalía de Barcelona denunció a un “influencer” español por haber pasado de denigrar a los inmigrantes a rociarlos con gas pimienta... para hacer videos que se viralizan. No pongo su nombre aquí para no derivarle tráfico, disculpen. Pero si hace esos videos del horror es porque funcionan.
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Todo eso, digo, es lo que no sorprende. Gente y gente y gente cruzándose para escuchar hablar de libros, para pensar en algo que no sea lo difícil que está todo, para comprarse alguna novelita, para ver qué está comprando el otro... resulta extraordinario. “Esta ciudad, este país tiene algo maravilloso”, comentaba una periodista entre mesa y mesa. “En los peores momentos, se agarra de la cultura”. Recuerda, cómo no, aquella Feria del Libro de 2002, que se hizo cuatro meses después del peor estallido económico del historia argentina y se llenó de público.
Sí, este es el país de “m’hijo el dotor” -inmigrantes, ya que estamos-, donde todavía saber es una forma de vivir mejor, el país que se prende a una transmisión submarina organizada por académicos como si fuera una serie de moda. El país donde ir a “La Noche de las Librerías” -como a la de los museos- es un buen plan. No por nada escritores argentinos como Gabriela Cabezón Cámara ganan uno de los premios literarios más relevantes de los Estados Unidos y, al subir a agradecer, habla de la educación pública y gratuita. No es magia.
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Entre los organizadores saben que sí, que cuentan con este ADN, cuentan con la educación pública y lo que se pelea porque no se caiga pero, además, cuentan con tomarle el pulso al presente. Esta vez, por ejemplo, los escenarios tenían temas. Se estrenó uno de ilustradores, humor gráfico, historieta. La idea fue, por primera vez, que los ilustradores mostraran sus trabajos en pantallas y los fueran contando. Otra lectura, otro lenguaje.
En otra plataforma, ahí, con el público encima, estuvo la best seller Viviana Rivero. Era, claro, el escenario de Romántica. No podía ser más directo el contacto y, a la vez, más bullicioso el entorno. Calle, ruido, gente que se mueve y en medio de eso, la literatura zambullida en la vida.
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Por algún motivo, para los porteños es plan.
Bailarse Corrientes
Entre las charlas, las entrevistas, las mesas de novedades y de saldos, en un par de lugares la calle la ocupaban jóvenes que bailaban. Parlante, street dance, ronda alrededor, hasta alguna nena sobre los hombros del papá para ver. Unas palmas para acompañar y el evento literario ya desborda, incluye, le deja espacio a otras formas de expresión que son, también, otras interpretaciones de la realidad.
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Sí, tuvimos que pasar como sardinas por el pasillito que los bailarines y su público dejaban. Pero lo que pasaba valía la pena. Los jóvenes que están mostrando su arte de cuerpo presente y no mandándose mensajitos por una plataforma, valían la pena. Los adolescentes del taller literario de la Casa de la Lectura que se animaron a leer sus obras en un escenario en Corrientes valen la pena.
No quiero hablar acá de las virtudes de la lectura. Son muchas, son conocidas, tal vez la más importante -aunque tan bien no nos está yendo, véase al influencer español- es que te puede poner por unas horas en la cabeza de otro. En la cabeza de alguien acusado de pedofilia, como en Degenerado, de Ariana Harwicz. O de una mujer violada por su padrastro cuando todavía ella no tenía altura para llegarle al cinturón, como en Triste tigre, de Neige Sinno.
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El otro día, provocaba en un artículo en Infobae el coordinador de la Red de Bibliotecas de Quito, Santiago Vizcaíno: "La lectura es una experiencia personal que no te hace tampoco mejor ni peor persona. Es una experiencia única, sí, distinta a cualquier otra, sí, pero no mejor que correr o andar en bici o hacer el amor. Leer es eso, leer".
No sé qué es mejor y qué es peor, pero sí que esa palabra que dice Vizcaíno, “unica”, no es cualquier cosa. Una experiencia única que ojalá nadie se pierda, porque la vida está para no perderse nada.
De La Noche de las Librerías me queda no el dedo levantado de “hay que leer, jóvenes”. La calle -donde esta vez, con sabiduría, cortaron el tránsito- estaba llena de jóvenes y de medianos y de viejos. Pero, sobre todo, llena de alegría. Eso: la alegría de leer, el entusiasmo, la excitación. Eso vi y me fui tranquila: hay futuro.
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