
A veces, la vida toma giros inesperados y se teje a partir de las propias experiencias. Este es el caso de María Clara Vickacka, que habiendo nacido en Buenos Aires, se radicó en la Patagonia. Su itinerario personal y profesional la llevó primero a Santa Cruz, donde ejerció como maestra rural, y luego a Ushuaia, en la provincia de Tierra del Fuego, donde trabajó como docente de nivel inicial y de primaria.
Durante su trayectoria, estuvo a cargo de la organización de agendas literarias de autores como Perla Suez, María Teresa Andruetto, Franco Vaccarini y Liliana Bodoc, para propiciar encuentros entre escritores, docentes y estudiantes de distintas instituciones de la ciudad como promoción de la lectura y la palabra.
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Siempre desde la provincia más austral, se desempeñó como coordinadora del Plan Provincial Para leer con todo, que funcionaba bajo la órbita del Ministerio de Educación de la Nación. Además, dictó talleres a lo largo de la isla, donde llevó propuestas de lectura a diversos espacios educativos.
Como autora, escribió el libro de poesía Giroscopios (Del Naranjo, 2015) obra que explora las veletas de la ciudad. Más tarde, por la Editora Cultural Tierra del Fuego, publicó Romance de la Duquesa, y el cuento La casa de los carámbanos, distinguido, este último, por la Fundación Cuatrogatos en 2024. Esta misma organización destacó su libro de 2024 En mi jardín en la lista 100 Recomendados de Fundación Cuatrogatos 2025.
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Para adultos ha escrito el poemario La geometría del agua, y ha participado de la antología Un fulgor distinto: Autoras contemporáneas de la Isla Grande de Tierra del Fuego (Tanta ceniza, 2025). En 2025, también, se publicó el libro El almendro, por la editorial rosarina Le Pecore Nere, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires. Otros textos se incluyeron en trabajos colectivos como Y esto es un relincho y Luciérnagas, digitalizados por La ballesta magnífica.

—¿Cómo se construye la identidad lectora?
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—Me gusta pensar que la identidad lectora es como un gran rompecabezas por completar y donde algunas piezas las ofrece el entorno y otras las elegimos nosotros. Pero esa construcción es infinita, porque en ella, por suerte, interviene el azar, que muchas veces nos hace avanzar, dudar, desandar caminos, tomar desvíos.
Si nuestra vida tiene una forma, esa forma es la de una historia que se despliega, que se moldea con todo aquello que escuchamos, que leemos, que pensamos. La identidad lectora es ese despliegue que conforma nuestra vida y nos permite describirnos y reconocernos.
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—¿Creés que un libro podría despertar el interés por leer?
—Creo que no basta con un libro; querer leer es un acto que implica otros movimientos, como el deseo, la curiosidad, la evocación, la búsqueda de respuestas, el placer. A veces encontramos un libro que no dice todo, pero que nos permite acercarnos. Lo más valioso es que esa búsqueda forme parte de nosotros.
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—¿De un hogar sin madre ni padre ni familiares lectores ¿puede surgir un ávido lector?
—Absolutamente, porque no debemos olvidar que una historia no es un destino. Una vez entrevisté a una docente que había aprendido a leer tardíamente y con mucha dificultad. Me contó que su hermana, a la hora de la siesta, le leía las “Citas Citables” del Reader’s Digest. Cuando le pregunté si a sus 8 años ella las comprendía, me respondió que no, pero que ese rato compartido y la voz de su hermana eran lo único importante más allá del significado. El acercamiento a la palabra se había instalado.
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—Pensando en esto, ¿hay un momento para empezar a leer?
—Si pensamos en “empezar a leer la palabra impresa”, creo que se puede comenzar cuando las capacidades cognitivas lo permitan. Pero hay muchas maneras de leer: leemos los rostros de quienes nos rodean; el tono con el que nos hablan; las respuestas que nos da el otro ante nuestras necesidades y demandas, y también leemos las imágenes. Desde lo formal, cuanto antes se pueda acceder será más beneficioso. La escuela, las bibliotecas, los centros comunitarios y todos aquellos lugares en los que se realicen actividades con la palabra son un espacio apropiado.
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—¿Qué es ser mediador de lectura? ¿es algo ligado a la educación o creés que hay otros tipos de mediadores?
—Un mediador es para mí un encantador, es alguien que logra a través de la lectura que el otro se identifique o se conmueva en todos los sentidos. De no ser así, el acto del mediador puede transformarse en algo automático. Uno desea lo que le interesa. Y el desinterés es muchas veces resultado del desconocimiento. He aquí dos interesantes caminos por recorrer por un mediador atento.
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Y vuelvo aquí con la idea de que mediadores somos todos, no específicamente los docentes: la familia, los promotores de lectura, los talleristas, los narradores y todos aquellos que estén dispuestos a compartir con pasión la palabra.

—¿Recordás tu primer encuentro con los libros?
—La relación con los libros en mi infancia estuvo ligada a la biblioteca familiar. Curiosamente, los que recuerdo eran de poesía y no precisamente pensados para niños. También fue a través de la música por la que recuerdo romances completos que los aprendí cantando.
Como dice Michele Petit, “todo parte de una hospitalidad”. Y si debo mencionar un lugar donde existió esa disponibilidad, fue la escuela primaria, y luego, la secundaria, que instaló en mí la necesidad de compartir mi vida siempre con los libros y el deseo de que esas historias nunca terminen.
[Fotos: Gabriela Cammertoni, gentileza de la autora]
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