
“Si tienes los ojos suficientemente limpios para entender lo que supone la Semana Santa de Sevilla, y lo que lleva significando durante tantos siglos ininterrumpidamente, hay que ser muy ciego para no ponerse a escribir”, dice el periodista español Jorge Bustos, subdirector de El Mundo y presentador de Cope. El estuvo allí en la celebración post pandemia en el 2022 y acaban de publicar su libro: La pena alegre. Crónicas sevillanas de Semana Santa.
Yo también estuve en Sevilla, pero apenas hace unos días, cuando la ciudad se preparaba para esta Semana Santa. Dice un amigo que “las ciudades son más peligrosas cuanto más atractivas, y, por eso, aprendemos a cuidarnos de ellas, a vigilar y calibrar sus tentaciones”. No hablaba de Sevilla, pero tomo sus palabras y las hago mía.

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Caminé desde La Campana hasta la Catedral, tratando de seguir el itinerario de las cofradías. Imaginé las calles llenas, aun cuando en algunas había soledad. En el medio me perdí. Sentada en un bar al aire libre cerca del Museo de Bellas Artes, las flores de los azahares, me caían en la cabeza. El olor no lo puedo describir. Dentro del museo había visto el Crucificado expirante, la pintura de Francisco de Zurbarán que data de 1600.

Llegando a la Catedral, en la Plaza del Salvador, visité una exposición solidaria de pasos de Semana Santa en miniaturas, a la que me invitó un sevillano que descansaba en la entrada de la capilla de la Residencia San Juan de Dios, acompañado de su bicicleta. Dentro apenas se podía caminar. Las miniaturas imponían una presencia inquietante. Una historia precisa (o no tanto) de hermandades icónicas como La Borriquita, El Cerro del Águila, Pasión, La Paz o El Baratillo, entre otras. Sevilla es mística, pagana y religiosa, me señaló una señora. Yo estaba tomando fotos a una columna con un cartel que decía: Se pueden tomar fotos.
Las fotografías dicen mucho de una ciudad. Mientras escribo: las miro.
La primera vez que fui a Sevilla, tampoco fue en Semana Santa, solo estuve unas pocas horas con otros periodistas argentinos, en el Archivo de India, donde abundan documentos y cuyas bibliotecas están hechas con madera traídas de mi tierra natal: Cuba. Una parte del tiempo, desde su singular techo, miré la ciudad que no se ve.

La Semana Santa es una celebración cristiana que conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Se inicia el Domingo de Ramos y termina el Domingo de Resurrección. Le pregunto a Fernando Mañes, director de Programación Cultural del Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla qué significa para él y qué hacen estos días. Me contesta:
Para mí, la Semana Santa es algo profundamente familiar y personal. Es una tradición que forma parte de mi vida desde niño, y que cada año se vive con una intensidad que es difícil de explicar si no la has sentido alguna vez en Sevilla. Es una explosión estética y emocional: la ciudad entera se convierte en un escenario donde conviven la belleza de las imágenes, la música, el incienso y el silencio compartido por miles de personas.
Desde el punto de vista cultural, la Semana Santa transforma Sevilla en un museo vivo, en una gran representación colectiva en la que confluyen la historia, el arte, la música y la devoción. No es casualidad que, el Domingo de Ramos, haya concluido el Festival de Música Antigua de Sevilla (FeMAS), uno de los más importantes de Europa, con la Pasión según San Juan de Bach en el Teatro de la Maestranza. Esa conexión entre la música, la espiritualidad y el patrimonio es muy representativa de cómo desde Cultura entendemos esta época.
Durante estos días, la programación cultural institucional se adapta: es la calle la que manda, es la ciudad la que se expresa. Y eso también es cultura, en su forma más pura, más participativa, más viva.

La Semana Santa de Sevilla zigzaguea entre dos mundos, el de una tradición de siglos conocida en el mundo entero y los 7 días de la semana que dura la festividad.
Estoy a punto de escribir sobre la literatura cofrade desde una rabiosa contemporaneidad, imagino un cruce con el próximo libro de la serie Traidores del arte porque la Semana Santa en Sevilla es también un género literario, novela, epistolario, poesía, ensayo y dramaturgia unida a una teatralidad explosiva.
“… no es fanatismo religioso, pero tampoco un jolgorio pagano. Hay espiritualidad, y no hay necesariamente beaterío”, ha dicho sobre esta semana, el periodista Carlos Herrera, a propósito del libro La pena alegre, de Jorge Bustos. Bustos ha señalado: “No existe el ateísmo. Un ateo es un creyente de trasuntos”. Me reconozco.
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