
Cuando se cumplieron 40 años del golpe militar del 76′, Estela de Carlotto, una mujer lúcida que suele responder más allá de lo que se espera de ella, hizo algunas preguntas que son quizá fundamentales para intentar entender los tiempos que hoy vivimos, en donde pareciera necesario ‒en el presente‒ volver a dimensionar aquel horror: ¿por qué permitimos que ocurriera? ¿por qué una mayoría silenciosa e indiferente, miró impávida cómo se llevaban a sus vecinos, incluso a sus propios parientes? ¿Hasta dónde podemos seguir culpando por esa indiferencia al enorme aparato publicitario de la Junta que adormecía las conciencias?
Estoy definitivamente atravesado por la dictadura. Tenía seis años en el comienzo y empecé el secundario con la primavera democrática. Lo que viví de niño, la angustia y la paranoia que me rodeaban como un halo siniestro, la sensación inentendible de pesadumbre y de sospecha, todo eso lo tuve que resignificar una y otra vez siendo adulto, hasta poder entender un horror oculto que se desbarataba con los testimonios de los sobrevivientes. Tanto es así que creo no haber tenido una infancia real, o en todo caso, haber tenido varias. Solamente quedan pocas cosas de aquellos años que considero genuinas. Y lo son porque no se trata de imágenes ni de relatos, sino de sensaciones.
Nada puede alterar la huella de una sensación. Una de ellas es el brazo de mi padre en el hombro cuando íbamos por la calle, una tensión inconfundible de temor, de que no alcanzaba con su presencia para protegerme. Y un recuerdo concreto: cuando un grupo de tareas se llevó a unos estudiantes que vivían en el pasillo de al lado. Usaron nuestra terraza para llegar hasta ellos. Hombres armados cruzando el patio y subiendo las escaleras, y mi viejo guiándolos en la oscuridad. Conocíamos a esos jóvenes. Nunca se volvió a hablar del tema.

Creo entender lo que pregunta Carlotto, y en esa dirección se juegan las ficciones en las que trabajé con mis últimas tres novelas. En La Rote Kapelle (Aurelia Rivera, 2019), es la mirada de un adolescente que intenta, con la composición de una historia personal, entender las pérdidas ‒siempre se trata de entender‒, y el dolor provocado por ellas. Un dolor involuntario, de felicidad arrancada que se irá regenerando, si eso es posible, con el paso del tiempo hacia la memoria. Reconstruir la historia con ficción, tapar los huecos de los recuerdos que se van borrando, es una forma de sobrevivir al olvido. En El aserradero (UNR Editora, 2022), es la búsqueda de una familia que intenta recuperar una biblioteca enterrada en dictadura por un padre que también es tío y factótum de un vínculo de ternura y de generosidad. La niñez queda atrás y son adultos, con sus frustraciones y sus derrotas, los que llevan adelante la trama. La búsqueda entonces excede los libros e intenta consolidar hacia el porvenir ese tejido de amor lastimado por la historia. Como toda literatura, hay pedazos de una verdad originaria.

El país está lleno de bibliotecas enterradas que esperan ser redescubiertas o que quedan allí adrede, para la seguridad de que nadie se las va a llevar. Ambas novelas recurren a la nostalgia y a cierto tono de memoir, la primera con los guiños de un pasado común en la infancia, la segunda con la infalible complicidad de las lecturas. La tercera es otra cosa.
En El casero (Aurelia Rivera, 2025), los principios de los años ochenta corren por detrás como una escenografía teatral, un rollo móvil de imágenes y voces que contextualizan el nacimiento, nada más y nada menos, que de un asesino. Lejos de la complejidad y la sofisticación de los asesinos clásicos o de las sagas de caníbales seriales, se trata justamente de un hombre común. Alguien que puede ser cualquiera, incluso uno mismo: “Tres días después seguían sin pistas. Habían peinado la ciudad, el identikit había salido en todos los noticieros. A veces lo sacaba del expediente y lo miraba. No parecía real, pero era él. Lo habían visto hasta el cansancio y sin embargo había costado encontrar el dibujo perfecto. Tenía una cara tan común que no podían acertar en los detalles para consolidar una identidad. Era todos. Podía ser cualquiera”.
Si la ficción es un espejo a donde nos podemos ver, el reflejo que devuelve El casero es una prueba incómoda. Como dice la contratapa, se trata del pasaje a una expedición indeseada, un viaje a lo más sombrío y elemental de la condición humana. Por detrás estalla la guerra de Malvinas, la inconsciencia colectiva festejando averías y hundimientos, la visita de Juan Pablo II, los mitos de una guerra que se llevaba adelante lejos de las ciudades y de la verdad; en definitiva, el comienzo de la agonía de un régimen que se destruía a sí mismo con sus inconsistencias y sus torpezas. Y por otro canal el nacimiento del monstruo.

Más allá de lo que le otorga esa condición, es interesante pensar cuáles son las fuerzas que lo habilitan, de qué somos capaces cuando algo que creemos superior nos da vía libre para la crueldad. El protagonista va descubriendo que puede hacerlo. Que puede transgredir el pacto natural de la vida, porque otros le han mostrado que es posible hacerlo. Es más, quizá es necesario y absolutamente legítimo deshumanizarse a sí mismo para deshumanizar al otro. Por otra parte, El casero cumple con la obligación artística de poner en perspectiva la historia para debatir el presente. ¿Acaso no está de moda hoy la crueldad? Mientras se va desdibujando, no ya el límite del otro, sino su propia silueta, es preciso mirarnos en el espejo de esta ficción. Una hoja brillante que devuelve una pregunta que se suele hacer a los demás. ¿Estamos dispuestos a matar porque sí?
Quizá no sea una novela de los setenta, porque la época, como decíamos, es un telón de fondo que aparece sutilmente en el relato. Lejos está también de ser un policial, porque las señales del género no existen o están difusas. En esa confusión, en ese pastiche, quizá esté la fortaleza del texto. Me gustaría que fuera ‒para confirmar algunas intenciones del proceso creativo‒, como dice Beatriz Vignoli en su reseña, una novela performática de principio a fin, en donde tratamos de ponernos la piel del villano hasta asumir sus gustos austeros tan cercanos a los nuestros, sus formas de rodar por la vida. Atravesar esa transformación hasta abordar el punto de vista de un malvado en una tercera persona tan familiar que es casi una primera persona. Quizá sea una forma de empezar a pensar en aquellas preguntas de Carlotto, que desde hace un largo tiempo también son las mías.
ultimas
El cineasta italiano Nanni Moretti, dado de alta tras sufrir un infarto
El director, ganador de la Palma de Oro, había sido ingresado el miércoles en Roma en cuidados intensivos

La autora del retrato cuestionado por Trump aseguró que las críticas perjudicaron su carrera
La obra formaba parte de una muestra de primeros mandatarios en el Capitolio de Colorado. Fue retirada tras que el actual presidente lo consideró “intencionalmente distorsionado”

Camila Sosa Villada: “Todos tenemos un fascista adentro”
La actriz y escritora argentina dialogó sobre “Tesis sobre una domesticación” película que protagoniza y que está basada en su novela homónima, entre otros temas

El regreso de Samanta Schweblin expande los límites del cuento contemporáneo
La magistral autora argentina presenta una colección de inquietantes relatos que exploran vínculos rotos, realidades desdibujadas y mundos femeninos atravesados por silencios y abismos

El largo camino de Jake Gyllenhaal a Broadway: “La intensidad y la alegría siguen siendo las mismas”
El actor estadounidense, que coprotagoniza “Othello” junto a Denzel Washington, confiesa que “la sensación antes de salir a escena cada noche, no es diferente de la que tenía en la secundaria”
