Nació judía, fue monja, murió en Auschwitz: por qué las ideas de Edith Stein nos alertan sobre los peligros de hoy

“El individuo que vive en el Estado puede ser santo o no serlo”, reflexionó. Un libro reciente cuenta su vida y su autora explica aquí ese recorrido

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Edith Stein, tras la conversión
Edith Stein, tras la conversión al catolicismo

Cuando me dispuse a escribir la biografía de Edith Stein no pensaba que el libro saldría a la luz en un momento de zozobra que, en el mundo occidental, trae ecos de lo sucedido en Europa en la época en la que ella vivió, tras la caída del Imperio Austrohúngaro, finalizada la Primera Guerra Mundial cuando, luego del intento frustrado de la República de Weimar, el nazismo llegó al poder.

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Edith Stein

Por Irene Chikiar Bauer

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Lo que quiero decir es que la sincronicidad entre la publicación de Edith Stein. Judía. Filósofa. Santa, con el crecimiento de las extremas derechas y posturas xenófonas en Europa, Estados Unidos, y nuestros países sudamericanos, me ha sorprendido tanto como a muchos de los que están leyendo estas líneas. Siento que la biografía de Edith Stein, en la que me propuse, a través de su vida y de su obra, esbozar un panorama de fines del siglo XIX a la primera mitad del siglo XX, conecta con Síndrome 1933 porque, como dice su autor, Siegmund Ginzberg, “las analogías son un terreno resbaladizo”, pero “han sido siempre una herramienta para entender el mundo”. Ahora, a casi cien años de aquella época, “por una suerte de superstición” Ginzberg “deseaba conjurar el peligro enumerando todo lo que recuerda el clima de la década de 1930 en Alemania y que resulta imperioso frenar”.

Eh Stein recorrió un sinuoso camino de búsqueda que la llevó del judaísmo al agnosticismo, a la filosofía, al catolicismo y que concluyó en el infierno de los campos de concentración nazis. Nacida en Polonia en 1891, fue la primera mujer en doctorarse en Filosofía en Alemania y perteneció al círculo íntimo de Edmund Husserl, padre de la Fenomenología. Temprana feminista, en 1921 su vida dio un vuelco místico y se convirtió al catolicismo para ingresar en la orden carmelita como Teresa Benedicta de la Cruz. Canceladas sus expectativas de emigración, fue detenida por la Gestapo en 1942 y deportada a Auschwitz, donde fue asesinada. En 1998 el papa Juan Pablo II la canonizó.

Habría que remontarse al final de la Primera Guerra Mundial, y especialmente a la República de Weimar, a la década de 1920, para intentar comprender el ascenso del nazismo al poder, es decir, la suma de circunstancias que Ginzberg llama “Síndrome 1933″. Esa década fue fundacional para Edith Stein quien, antes de su conversión al catolicismo, fue la primera doctora en Filosofía en Alemania, y también militó en el feminismo y en política durante los inicios de la República de Weimar, que había introducido el sufragio femenino.

“El individuo que vive en el Estado puede ser santo o no serlo”

Pero su militancia duró poco, la misma mujer que se había definido como una “‘idealista’ incorregible” con vocación de lucha, y esperanzas en la política diría, finalmente: “Estoy tan harta de la política que estoy asqueada. Me falta por completo el instrumental habitual para ello: una conciencia robusta y una piel espesa”. De todas maneras, todavía confiando en que las leyes republicanas, y la menor discriminación hacia las mujeres, le posibilitarían presentar un trabajo de oposición a cátedra le decía a un amigo: “En la ‘nueva Alemania’ —caso de que exista— el concurso a cátedra ya no entrañará dificultad básica alguna”. No fue así. Las leyes eran de avanzada, pero la mayoría de los hombres que estaban en el poder académico, político y laboral, no habilitaron de buena gana el acceso de las mujeres a puestos rentados y de jerarquía.

Un Estado, varias nacionalidades

Puede decirse que el texto Una investigación sobre el Estado fue, además de un trabajo de investigación, el resultado de la experiencia política de Edith Stein, quien lo redactó en 1920, meses después del intento de golpe liderado desde la ultraderecha nacionalista por Wolgang Kapp. En este trabajo, trece años antes de que el nazismo se consolidara y llegara al poder, ella subrayaba que varios pueblos pueden conformar un Estado, en el que se dé la convivencia de varias comunidades. Además, rechaza posturas nacionalistas que, como el nazismo, asociarían la idea del Estado a la de un único pueblo. Incluso se remonta al imperio romano para pensar la idea de un Estado con varias nacionalidades. También le interesa lo que sucede en la conformación de la cultura, y su relación con el Estado. Y trata la relación entre “individuo y pueblo” e “individuo y estado” hasta llegar al análisis de los distintos tipos de gobierno, concluyendo que es la democracia la forma de gobierno que posee teóricamente los “fundamentos más seguros”; pero advirtiendo del “peligro de degeneración”

En su estudio sobre el estado Edith Stein sopesa inquietudes que pudo haber tenido en esta conflictiva etapa de la República de Weimar. Para ella, “el poder estatal ilimitado no existe en su esencia sino en cuanto es reconocido, y puede verse herido mortalmente en cualquier instante”. Cree que “una sana vida estatal” descansa en que los individuos la apoyen libremente. En cuanto a la relación entre Estado y “valores”, es precisa: “El reino de Satanás puede ser tan perfectamente un Estado como el reino de Dios”. Con esto, lo que quiere decir, es que un estado puede o no regirse por ética y por valores. Desde un punto de vista filosófico, no empírico, la última parte del ensayo presenta el tema “El Estado desde el punto de vista de los valores”, donde las preguntas rectoras son si al estado “le corresponde un valor”; y si es “portador de valores, o debería serlo”. Qué sucede con los discriminados, qué políticas se establecen para corregir las desigualdades, qué pasa con los derechos humanos, con los derechos de las mujeres, son preguntas que subyacen a esas cuestiones.

El libro de Chikiar Bauer
El libro de Chikiar Bauer sobre Edith Stein

En cuanto al “lugar de la economía en la estructura del Estado”, llega a una conclusión que los países en vías de desarrollo, y ahora los países desarrollados, llenos de iniquidad económica, viven en carne propia: “la dependencia (económica) difícilmente compatible con la independencia del Estado” Cuando Edith Stein pasa a reflexionar sobre lo que sucede cuando disputan teorías o partidos políticos opositores, ve una amenaza al Estado, algo que estaba sucediendo con la República de Weimar: “Si, por ejemplo, en un Estado parlamentario, con la alternancia de partidos, diferentes teorías del Estado llegan a marcar su rumbo, entonces es posible que, por vía legal (al menos aparentemente) y sin quebrantamiento del derecho, se esté trabajando sistemáticamente por el hundimiento del Estado”

Sin profundizar en ello, afirma que hay un “correctivo” es el poder de la ratio, pero también concede que de transgredirse el orden jurídico se produce “una perturbación del orden estatal” que puede producir su desmoronamiento. Y casi proféticamente concluye: “lo que queda es el botín para un conquistador que quiera apoderarse de ello. Y es la materia prima para que otro Estado, en el que el anterior pueda integrarse”. Seguimos con las analogías que amenazan nuestra democracias, e ilustran lo que sucedería ante el asalto al poder, en un estado totalitario …un Estado en el que exista tal abismo entre los gobernantes y los gobernados, que estos últimos consideren como excesivo para el dictado de su conciencia moral todo lo que se les exija en interés del Estado, sería un Estado que habría perdido ya el fundamento de su existencia, siendo imposibles restaurar tal fundamento mediante la aplicación de medidas de coacción

Podemos pensar que esa falta de sentimiento de representación la sufrieron los alemanes opositores al nazismo, o los pueblos ante un golpe de estado en el que el gobierno establece medidas que van en contra de los motivos que impulsan al individuo a “”reconocer’ al Estado”. Las palabras finales del trabajo dejan en evidencia las cuestiones que preocupaban a Edith Stein en esta etapa de su vida, temas que fueron urgente evaluar después de 1933, y que podemos retomar en 2025: “el individuo que vive en el Estado puede ser santo o no serlo, y lo mismo sucede con la comunidad cuya vida el Estado reglamenta, pero no sucede esto con el Estado mismo”.

Entrada al campo de concentración
Entrada al campo de concentración alemán nazi Auschwitz II-Birkenau en Oswiecim (Polonia). (EFE/Jacek Bednarczyk /Archivo)

Para Stein, dado que el Estado no tiene alma, son la personas las responsables de la vida comunitaria, y en especial las que están en el gobierno. Y fueron los que llegaron al gobierno, en 1933, los que decidieron culpar a los judíos de todos los males, pero como escribe Ginzberg, “los nazis no inventaron el antisemitismo. Solo lo llevaron a las últimas consecuencias”. En marzo Patricia Kolesnicov entrevistó a Ginzberg, así que me permito citar su artículo en Infobae donde conecta lo sucedido con los avatares de nuestros tiempos: Síndrome 1933 señala que, desde el comienzo del gobierno, Hitler fue contra los empleados de la administración pública. Y muestra cómo, cambiando algunas palabras, los argumentos son parecidos. “El judío es un extranjero, un inmigrado. Los migrantes son delincuentes. Por tanto, los judíos son delincuentes. Todos los judíos son criminales. Este silogismo condujo al exterminio. En la actualidad, basta con sustituir «judíos» por «migrantes ilegales», o simplemente «migrantes», indeseables por definición. Los extranjeros nos detestan. Los judíos (o los musulmanes, los mexicanos, cualesquiera que nos la tengan jurada en Europa o en el resto del mundo) son extranjeros. Por tanto, nos detestan”.

Patricia Kolesnicov destaca que el libro fue publicado en 2018, “pero alcanzó una circulación y popularidad ahora, tal vez porque las similitudes que señala se hicieron más evidentes”. Lejos de querer asustar, Ginzberg tiene alguna esperanza porque, dice, que “hay una diferencia con el pasado: esta vez sí que los vemos venir”. Aunque en lo personal me esfuerzo por compartir su esperanza no dejo de preguntarme: ¿realmente los vemos venir? O, en todo caso: ¿Cuántos de nosotros los vemos venir? Porque, si pienso en Edith Stein, queda claro que ella sí los veía venir. Y personas como ella, que fueron, lamentablemente, una minoría, trataron de hacer lo posible por advertir lo que se avecinaba.

Durante la Primera Guerra, Edith Stein se presentó como voluntaria desempeñándose como enfermera. En esa época, le escribía a un amigo polaco: “Mire, yo no puedo enamorarme de Alemania como no puedo enamorarme de mí misma, puesto que formo parte de ella. Ese amor sería herido en lo más íntimo. Hannah Arendt supo expresarlo muy bien en 1933: “Para mí, Alemania es la lengua materna, la filosofía y la creación literaria. Todo eso, puedo garantizarlo, y lo debo. Pero yo me debo a mí misma guardar distancia; yo no puedo estar a favor ni en contra cuando leo la magnífica frase de Max Weber que dice que, para el enderezamiento de Alemania él se asociaría al mismísimo diablo”.

A su manera, Edith Stein también intentó explicar a sus contemporáneos lo dañino de asociaciones malignas. Lo hizo en relaciones personales, como muestra la siguiente anécdota. Durante un almuerzo con sus estudiantes, una de ellas elogió Mein Kampft de Hitler como la mayor revelación de la historia universal. Se trataba de una joven a la que le gustaba mucho fumar, y Edith Stein le habría dicho que siendo fumadora no se ajustaba al ideal nacionalsocialista de la mujer alemana propagado por Goebbels.

"Síndrome 1933", el libro que
"Síndrome 1933", el libro que trazó analogías entre esa época y el presente.

Como profesora y como conferenciante, hizo lo posible por despertar la buena consciencia de sus estudiantes y oyentes. Por ejemplo, en 1932, en su conferencia “Tiempos difíciles y formación” (Notzeit und Bildung), habló de los efectos de la crisis económica en el sistema educativo, debido a los recortes económicos, también se refirió al aumento de la criminalidad, al cierre de quince academias de pedagogía, y a la tendencia “cada vez más fuerte, de excluir a las mujeres de los puestos de trabajo”.

Poco antes de que los nazis llegaran al poder, Edith Stein sintió más que nunca la urgencia de aportar un grado de racionalidad, una alternativa a la propaganda nazi, que culpabilizaban a una minoría de los males del país. Así lo explicó Raphael Walzer quien afirmó que algunas de sus conferencias “constituían uno de los raros y valientes testimonios” de su tiempo.

Fueron muchos los que, como ella, a pesar de que vieron venir lo que se avecinaba, no pudieron detenerlo. Cien años después, como dice Ginzberg, se repiten situaciones similares: crisis económicas, recortes presupuestarios para educación, quita de derechos que se creían consolidados, culpabilización a migrantes, la democracia no se da por sentada y hay desconfianza ante los políticos convencionales. Estos son algunos de los síntomas de 1933, que nuestro tiempo padece. Hitler llegó al poder, no por voto popular, pero luego fue votado por mayorías que veían en él algo novedoso. ¿Pensaban sus electores en las consecuencias de estigmatizar a las minorías? Tal vez, lo que se cree “nuevo”, “disruptivo”, “distinto”, sea más de lo mismo, un síndrome que hay que evitar porque, aunque no sea exactamente igual, puede resultar en extremo peligroso.

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