
Hace ya unos cuantos años, cuando trabajaba como cronista policial, fui a la cárcel de Coronda para entrevistar a un preso que esperaba condena por su participación en el secuestro extorsivo de un empresario. Este preso había pedido la entrevista para defenderse y se mostró muy accesible a mis preguntas, pero de pronto pareció fastidiarse ante las acusaciones que yo desgranaba: “¿Sabés qué pasa? –me dijo- En las crónicas policiales hablan los policías, hablan los jueces, hablan los peritos, hablan los testigos, hablan los vecinos, habla cualquiera que pasa por la esquina, pero no hablan los que saben, no hablan los delincuentes”. En el momento lo dejé pasar, pero esas palabras todavía me resuenan como un llamado de atención y podrían ser un epígrafe a mucho de lo que escribí en crónica y en narrativa.
Cada día es una vida, mi último libro de cuentos, está basado en hechos reales. En general esta etiqueta se usa para promocionar las historias –se supone que tendrían más valor si no son puramente ficción- y para avalar los cambios que se introducen en función de la expectativa sobre el público o de lo que se pretende sobre el lector o las audiencias. En mi caso, no me interesa tanto la historia en sí como la forma en que alguien la cuenta: qué palabras elige, qué decide no contar, qué latiguillos usa, qué valoraciones hace, cómo reconstruye sus diálogos. Diría entonces que el libro está basado en narradores reales: femicidas, narcos, policías corruptos, criminales comunes, y víctimas de la violencia. El título también viene de algo que escuché, en este caso a un chico que limpiaba vidrios de los autos en una rotonda del parque Independencia, en Rosario: “Cada día es una vida hasta llegar a la noche”.
Como periodista y como escritor de historias criminales me interesa escuchar particularmente a aquellos cuya palabra no suele ser creída o parece tener menos valor que la de cualquier otro personaje. En la entrevista que mencioné, me di cuenta de que el preso de Coronda introducía algunas mentiras en su versión, o por lo menos afirmaciones que eran imposibles de verificar. ¿Qué podía saber, o mejor dicho, qué saber le iba a reconocer? Pero al mismo tiempo me di cuenta de que muchas veces, como tantos colegas, recibí versiones falsas de policías y jueces. Y sin embargo estamos dispuestos a suscribir estas versiones falsas, a dejarlas correr sin demasiada preocupación. ¿Entonces de qué lado estoy parado? Del lado del que escucha cómo alguien relata su historia, convencido de que no hace falta levantar un dedo acusador o estrechar la mano del otro porque un hombre (o una mujer), como decía Borges del Martín Fierro, se muestra al contar.

En otra entrevista, de la cual deriva uno de los cuentos de Cada día es una vida, me encontré con el abogado que había defendido a un hombre condenado a prisión perpetua por un femicidio. Este abogado me dijo que la palabra de su cliente valía “menos cero”, porque ya habían llegado hasta la Corte Suprema de Justicia de la Nación, los recursos habían sido desestimados en cada una de las instancias y aquel hombre iba a pasar toda su vida en la cárcel. No tenía sentido ocuparse de la historia. Para mí, sin embargo, esa palabra tenía valor, por lo que decía y por lo que callaba: por la forma en que desconocía el crimen, como testimonio de una vida que había pasado por normal y respetable hasta trasladarse sin escalas al círculo más despreciado de la cárcel, como revelador de una violencia que excedía a esa persona.
En general traté de escribir en la perspectiva que Rodolfo Walsh introduce en una entrevista de Ricardo Piglia: “La elaboración del testimonio o del documento admite cualquier grado de perfección. En el montaje, en la compaginación, en la selección, se abren inmensas posibilidades artísticas”. Cambié los nombres y los lugares, saqué y agregué circunstancias, incorporé documentos judiciales, traté de retomar las voces de los personajes como si los tuviera delante, como si hablaran en mí, y todos esas modificaciones, en mi opinión, no hacen menos “reales” a los relatos de Cada día es una vida. Pero sí plantean la cuestión del género, porque si en un principio pensé que estos cuentos no eran (exactamente) ficción, me di cuenta de que tampoco eran (exactamente) no ficción.
Entonces recordé otra cita de Walsh, que suelo tener presente, esta vez del prólogo de ¿Quién mató a Rosendo?: “Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya”. La literatura aparece ahí como una especie de segundo orden, algo que pierde de vista lo principal en un relato, pero la frase de Walsh también reconoce la posibilidad de esa otra lectura, aunque sea con cierta resignación, y podría asociarse con aquella definición brillante de Borges, que Ricardo Piglia examinó en sus clases: los géneros no dependen tanto de los textos como de la forma en que son leídos. Me gustaría en definitiva que los cuentos de Cada día es una vida puedan ser leídos como ficción y también como no ficción.
El último cuento del libro es “El loco de la Panamericana”, una reelaboración de la leyenda sobre un asesino serial de travestis que según muchos testimonios actuó entre fines de los años 80 y mediados de los 90. Este relato tiene su origen en otra entrevista periodística, que hice a las integrantes del Archivo de la Memoria Trans, cuando el Archivo estaba todavía en proceso de organización, y en particular con una de sus organizadoras, Carla Pericles (1953-2020).
Hay muchas versiones y testimonios sobre este personaje, que nunca fue identificado y que podría haber sido un policía o bien varios policías o proxenetas o un comando parapolicial o un nombre para la violencia homicida que cobró la vida de muchas travestis en la época. Lo que me impactó en particular fue que Carla Pericles contaba una experiencia personal al respecto, era la historia de primera mano: ella había sobrevivido a un ataque del asesino –al que llamaron también “el atrapa mariposas”, o “el cazador de mariposas”- y le dio una paliza. Esa paliza fue, además, el único castigo que recibió el asesino. Trabajé en distintos registros sobre la historia –incluso en una crónica para Infobae- y todavía continúo dedicado al tema en particular, con un nuevo proyecto de escritura.
Mi relato, en Cada día es una vida, transcurre sobre el trasfondo histórico; más allá del enigma alrededor del asesino, el caso es emblemático de la violencia extrema padecida por las travestis hasta muy avanzada la democracia y quise exponerlo: no fue solo la violencia ejercida por la policía sino por amplios sectores de la sociedad. Me interesó también trabajar el lenguaje de las travestis, su visión del mundo y sus valores, que hoy vuelven a estar en peligro con los discursos y acciones de odio que son parte de la vida cotidiana. “El loco de la Panamericana” tuvo además una versión en el podcast Nadie es inocente, con un elenco encabezado por Romina Escobar; esta versión estuvo disponible hasta que el gobierno nacional dio de baja la plataforma Contar.
En estos días volví a pensar en el libro a propósito de la polémica alrededor de El odio, de Luisgé Martín y de la posibilidad de que un asesino exponga su historia. Más allá de este caso puntual, creo que hay algo insoportable en el hecho de que la palabra de una persona acusada por delitos graves tome estado público y que no tiene que ver necesariamente con sus actos, sino con el modo en que el crimen nos compromete.
Las historias criminales suelen centrar el foco en los protagonistas de esos horrores y encontrar “monstruos” que existirían aislados en la sociedad, fenómenos que en todo caso se atribuyen a familias disfuncionales o a rarezas psiquiátricas; y los monstruos, a pesar del espanto que provocan, son finalmente tranquilizadores porque nos exculpan y nos ahorran la reflexión sobre ideas que son parte del sentido común y nutren la violencia como un producto cabal de la sociedad que integramos.
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