La mayoría de las personas tienen una actuación favorita de Gene Hackman. Yo tengo dos.
El actor, un hombre camaleónico con carisma de estrella de cine, fue encontrado muerto el miércoles junto a su esposa, Betsy Arakawa, y su perro en su casa de Nuevo México (la investigación sobre sus muertes sigue en curso). Hackman tenía 95 años y había dejado de actuar tras interpretar a un expresidente ficticio en la sátira política Candidato por siempre en 2004. Tuvo un retiro largo y bien merecido, y por todos los testimonios hasta ahora, feliz.
También tuvo el amor y la admiración de los espectadores que sentían que uno de los suyos había logrado una manera de llegar a la pantalla, con un rostro como una jarra de cerveza y un sentido modesto de su propio valor. Cuando Gene Hackman era un actor en apuros en los años 50 y comienzos de los 60, era amigo cercano de Dustin Hoffman y Robert Duvall, ninguno de los cuales era considerado un protagonista en esa época, y ciertamente sin destino de estrellas de cine. Sin embargo, los tiempos estaban cambiando, como alguien cantó entonces, y los viejos dioses estaban pasando de moda. Las audiencias, especialmente las jóvenes, ansiaban rostros y voces que se parecieran a ellos, hablaran como ellos, tuvieran dudas y defectos como ellos.
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Dustin Hoffman fue la primera de las nuevas estrellas-lumpen en alcanzar el éxito con El graduado (1967), pero Hackman estaba cerca, con una nominación al Óscar por su papel secundario como el hermano tonto de Clyde Barrow, Buck, en Bonnie and Clyde del mismo año. Con Contacto en Francia de 1971, se convirtió en una estrella aclamada que ganó el Óscar al mejor actor. Su papel como el vulgar y rebelde detective de Nueva York “Popeye” Doyle estaba tan lejos de la personalidad gentilmente meticulosa de Hackman como se puede imaginar, lo que hace que la actuación, brutal y convincente, sea aún más notable.
A partir de entonces, Gene Hackman era el “Sr. Confiable”: sin importar si una película en particular era buena (Secreto oculto en el mar, 1975) o mala (Los aventureros de Lucky Lady, también de 1975), su presencia en ellas requería tu lealtad y el precio de la entrada. Trabajaba duro y con frecuencia, y si su interpretación de Lex Luthor en tres películas de Superman era prueba de un talento para la villanía cómica, el Premio de la Academia que ganó en 1992 como mejor actor de reparto por interpretar al sheriff “Little Bill” Daggett en Los imperdonables de Clint Eastwood fue un recordatorio de que su sonrisa bonachona podía servir como máscara para la pura maldad.
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De las muchas nominaciones al Óscar que Hackman pudo y debió haber tenido y no obtuvo, les señalaría un par a juego: La conversación en 1974 y Hoosiers: más que ídolos en 1986. En ninguna de las dos películas interpreta a un héroe o un villano. En ambas es un hombre promedio cuyas valores personales y temple son puestos a prueba. En Hoosiers gana, y en La conversación pierde, pero es esencial al personaje de Hackman que “ganar” y “perder” son falsos binarios, inadecuados para iluminar las vidas que vivimos y las decisiones que a menudo nos vemos obligados a tomar. Todo es un lío. Pocos fueron mejores que este actor al arrojar luz sobre ese lío.
En La conversación, la obra maestra de Francis Ford Coppola entre las dos primeras películas de El padrino, interpreta a Harry Caul, un experto en vigilancia tan aislado de la sociedad humana como su apellido implica. Guarda sus secretos profesionales para sí mismo y mantiene sus emociones lejos de su ocasional novia (una joven Teri Garr), pero la posibilidad de que la joven pareja (Frederic Forrest y Cindy Williams) que ha sido contratado para espiar pueda ser blanco de un asesinato, saca al caracol de su caparazón, aún con las heridas por una muerte que su inacción causó años atrás. Las cosas no salen como Harry espera, y La conversación abunda en un pesimismo y una paranoia propios de esa era, cuando el caso Watergate acaparaba el interés. Todo parece cada vez más relevante, mientras la verdad se pierde entre falsos relatos oficiales y los acuerdos que nos afectan se hacen donde las cámaras y micrófonos no logran captar lo que se dice.
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¿Cómo interpretas a un hombre invisible, una mancha humana? El pequeño bigote administrativo de Harry, sus gafas y sus auriculares sirven de muros para mantener a los demás, pero el actor hace algo más: ilustra lo imposible que es esconderse de uno mismo, en los destellos de personalidad que este fantasma andante no puede evitar filtrar, y en la conciencia que pretende no tener. La conversación trata sobre la inutilidad de intentar mejorar el mundo, y también sobre la necesidad de hacerlo, si alguna vez quieres tener un alma. Como dije, es una película para nuestros tiempos.
Hoosiers, dirigida por David Anspaugh, trata sobre intentar mejorar un equipo de basquetbol y, en el proceso, a sus jugadores, sus familias, un pequeño pueblo de Indiana y quizá todo lo demás. Que esta no sea una tarea fácil está encarnado en el personaje principal de la película, Norman Dale, el nuevo entrenador del equipo y un hombre tan normal como su nombre, lo que implica que ha caído más de una vez y sabe que la vida consiste en levantarse una y otra vez, tantas veces como sea necesario.
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Para mí, este es el papel que captura la esencia de Gene Hackman como actor y, posiblemente, como persona: un niño tímido de Danville, Illinois, con un padre abusivo que abandonó a su familia un día cuando el joven Gene tenía 13 años, despidiéndose con la mano mientras su hijo jugaba en la calle. (“Fue tan preciso”, le dijo Hackman a Vanity Fair en 2013. “Tal vez por eso me convertí en actor. Dudo que me hubiese vuelto tan sensible al comportamiento humano si eso no me hubiera ocurrido de niño: si no hubiera entendido cuánto puede significar un pequeño gesto”).
Existen historias de cómo era una de las estrellas de cine más agradables que podrías conocer, siempre dispuesto a hablar con los fans y recordando el nombre de un técnico de iluminación décadas después de haber trabajado juntos en una película. También hay historias de lo irascible que era en el set de filmación, lo intransigente que era con los directores, de cómo se comportaba como un divo. Todo eso está presente en Norman Dale: el reconocimiento de Hackman a la complejidad del hombre y su capacidad para perdonarlo, también, en otros y en sí mismo.
Parece saber que la verdad del “comportamiento humano”, como él lo llamaba, es que nunca es una sola cosa, que hay algo mezquino y pequeño en los momentos más amables, y benevolencia en la brutalidad, por incómodo y honesto que suene. Exploró esas contradicciones durante 50 años y en casi 80 películas. Y luego se despidió con la mano.
Fuente: The Washington Post
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