
Hola, gusto en reencontrarte. ¿Sabés qué me pasó? Volvía caminando por el centro de Buenos Aires al atardecer, entré a una especie de restaurante al paso, pedí permiso para ir al baño y me dijeron que no. “Sólo clientes”, me arrojó a la cara el jovencito que acomodaba unas empanadas en el mostrador. Soy una persona grande, una gordita de clase media: nunca me pasa eso. Sentí el golpe, la llamarada de furia que subía. Me acordé de un pariente querido que, ante una respuesta similar, pidió y pagó un café, fue al baño y antes de irse lo volcó en el piso. Pensé escándalos varios para montar. Pero no hice nada, respiré hondo, dije “bueno” y me fui. Sin embargo algo me quedó adentro, por eso te lo cuento.
Con las cosas que pasan en el mundo, me dirás, es un problema menor. Y sí. Una furia menor.
Pensaba en estos días que no tiene buena prensa la furia. La furia se asocia al descontrol, se asocia a salirse de uno. Es lo contrario de respirar hondo y contar hasta diez. De cualquier técnica de meditación. También es lo contrario de aceptar cualquier injusticia como algo normal. De asimilar atropellos. De hacerlos carne, guardarlos bajo la piel, envenenarse con ellos.


El día en que Dios llamó al gato
En el principio, cuando cada criatura recibió un nombre, un propósito y un lugar en el mundo, hubo una que se negó a acercarse. Desde lo alto, Dios extendió la mano y llamó al gato. Pero el animal permaneció sentado sobre una roca, observándolo con la serenidad de quien no necesita respuestas. No fue miedo ni rebeldía. Simplemente, todavía no había decidido si quería pertenecer a la creación. Siglos después, Tomás encuentra un antiguo manuscrito que relata aquel encuentro imposible. Sus páginas aseguran que los gatos conservan una parte del misterio que el cielo nunca logró comprender y que, cuando uno de ellos elige finalmente acercarse a una persona, puede cambiar su destino. Mientras intenta descifrar el manuscrito, Tomás conoce a un gato callejero que parece reconocerlo y que lo conduce hacia recuerdos, pérdidas y secretos que creía enterrados. El día en que Dios llamó al gato es una fábula sobre la libertad, el duelo y los vínculos que no pueden imponerse. Una historia para quienes alguna vez fueron elegidos por un animal y comprendieron que el amor verdadero nunca obedece: se acerca cuando está preparado.


Puede pasar eso, que la furia sea un escudo. O que crezca tanto que, si no sabe salir, sea una granada contra nosotros mismos. Ese fue mi intento en el bar: matarla de raíz (me salió más o menos, un poco acá sigue).
Entonces volví a casa y vi con nuevos ojos un libro que tenía en la mesita de luz desde hace unos meses. Se llama justamente Los mocos de la furia. Lo escribió una grande grande grande que murió injustamente, de repente, en 2018, a los 59 años. Sí, hablo de Liliana Bodoc, esa autora que hizo Ciencia Ficción con mitología indígena americana. Hermosa, muy singular. Ella.
Pero dije, a la vez, que el libro salió en 2024 y que ella murió en 2018. ¿Cómo es eso? En realidad, este libro recoge una conferencia que Bodoc leyó en el festival Filba de 2017. Digo “conferencia” pero lo que ella hizo fue contar la primera vez que registró la furia, a los nueve años. Ese relato, ilustrado por María Wernicke, dio un libro hermoso que publicó la editorial Siglo XXI.

El tema fue así: la mamá de Liliana había muerto, el papá se había quedado viudo, era jefe de laboratorio en una cementera, tenía una tristeza muy honda y unas deudas muy altas. Entonces —cortesía, cálculo, manotazo de ahogado, business— invitó a comer al nuevo director de la cementera.
Las cosas, se dijo, estaban difíciles, pero el papá se empilchó y la abuela se las arregló para hacer una buena comida casera sin gastarse medio sueldo en eso. Hasta postre hizo: “¿Cómo no recordarlo? Esa crema de vainilla, leche, azúcar, huevos, con canela, a veces, o con cascaritas de limón…”, escribe Bodoc.
El asunto no va a salir bien, no hay manera: un hombre en subida, recién nombrado, drogado de poder. El otro, en la mala y sin su compañera. Es un juego desigual.

Todo es tenso pero el desastre es ese postre inolvidable. No puedo contar todo, no se hace. Pero el ingeniero, el director, va a hacer algo que es un desprecio y la nena va a estallar. Fuera de cálculo, de toda prudencia, del mindfulness, de lo que supuestamente quiere su padre, de los buenos modales.
Va a gritar y ese grito será eso tan incómodo, eso que tantas veces no cabe en ninguna parte: la verdad. Sólo parará cuando los mocos ya le chorreen francamente.
No será una catástrofe, es una nena y los adultos se van a ocupar de asfixiar la verdad con mermelada para que el ingeniero no se ofenda. O para tragarse el desprecio del director con mayor dulzura.

“Cincuenta años después, no quiero realizar el movimiento de culpar a mi orfandad de aquella primera furia; no quiero quitarle a ese hombre ni un gramo de responsabilidad. Al revés, reivindico esa furia como un bautismo”, leyó Bodoc en 2017.
Ahora, en una suerte de epílogo, su hijo Galileo cuenta que reconoce a su madre en el relato, en la furia. “Guardo mil recuerdos de su furia desatada”, dice. “Furia que fue acción y fue palabra. Y ahora me doy cuenta (o, más bien, tomo conciencia) de que esa furia fue una elección de vida, una militancia”.
La semana pasada cuando no me dejaron entrar al baño, crucé la calle y me fui al bar de enfrente donde no hubo problema. Cosas menores, dijimos, ante tanta injusticia y tanta violencia. Pero quizás valga conservar eso, conservar la furia. Para cuando hace falta.
Mis subrayados
1. “Mi abuela salió al rescate. La vi lavar acelga, picar bien finita la cebolla, la vi acumular una pila de panqueques y cocinar la salsa en su estofado (...)”.
2. “La vi poner en agua jabonosa las flores de plástico para que lucieran como recién cortadas de un jardín imaginario”.
3. “Después de una cena silenciosa y tensa, llegó el postre y, con él, mi primer y peor día de furia”.
4. “El ingeniero director encendió un cigarrillo, asunto que en ese tiempo era plenamente admisible”.
5. “Entonces apoyé la barbilla en la mesa, y me quedé observando, vigilando, segura de que se avecinaba un mal momento. Y, en efecto, llegó”.No pongo más subrayados porque el libro es cortito y vale la pena leer a Liliana directamente.
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