
Julio Saguier fue un gran intendente, el primero de la era democrática, luego de la ominosa dictadura del Proceso. Tuve el honor de acompañarlo como Secretario de Cultura, hoy Ministerio, desde el primero hasta el último día de su gestión al frente de lo que entonces era la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.
Comenzó su gestión con las arcas municipales vacías y con el peso de un endeudamiento estratosférico. Fue un funcionario de acerada y jamás cuestionada honestidad, lo que lamentablemente lo instituye como una excepción en el panorama argentino de las últimas décadas. Demócrata de convicciones republicanas, una de sus primeras acciones fue restituir en sus cargos a todos aquellos que habían sido cesanteados por la dictadura.
En el área cultural nos propusimos establecer una clara diferencia entre la cultura democrática y la cultura autoritaria. Conté con un equipo aguerrido, talentoso y motivado: Javier Torre, Cecilio Madanes, Olga Steinberg, Ariel Ramírez, Osvaldo Giesso, Chani Inchausti, Miguel San Jaume. Una de las primeras acciones fue suprimir todo tipo de censura impuesta a canciones, libros y obras de teatro. Levantamos las prohibiciones una por una, no masivamente, para transformar en mérito el oprobio.


El día en que Dios llamó al gato
En el principio, cuando cada criatura recibió un nombre, un propósito y un lugar en el mundo, hubo una que se negó a acercarse. Desde lo alto, Dios extendió la mano y llamó al gato. Pero el animal permaneció sentado sobre una roca, observándolo con la serenidad de quien no necesita respuestas. No fue miedo ni rebeldía. Simplemente, todavía no había decidido si quería pertenecer a la creación. Siglos después, Tomás encuentra un antiguo manuscrito que relata aquel encuentro imposible. Sus páginas aseguran que los gatos conservan una parte del misterio que el cielo nunca logró comprender y que, cuando uno de ellos elige finalmente acercarse a una persona, puede cambiar su destino. Mientras intenta descifrar el manuscrito, Tomás conoce a un gato callejero que parece reconocerlo y que lo conduce hacia recuerdos, pérdidas y secretos que creía enterrados. El día en que Dios llamó al gato es una fábula sobre la libertad, el duelo y los vínculos que no pueden imponerse. Una historia para quienes alguna vez fueron elegidos por un animal y comprendieron que el amor verdadero nunca obedece: se acerca cuando está preparado.

Comprendimos que jerarquizar el área cultural era importante no sólo para reparar los graves atropellos sufridos, la dictadura le dio un status relevante de enemiga a perseguir, sino también porque era esa la mejor vía para lograr que la gente saliera de las catacumbas a las que había sido condenada por el terror de los años oscuros. De allí los memorables espectáculos al aire libre, poco emparentados con los megaespectáculos de hoy. Aquellos se hacían en escenarios montados en los barrios y servían para que ciudadanas y ciudadanos recuperaran el placer de estar juntos, de volver a sentir que las calles y las plazas eran también suyos, de reencontrarse emotivamente con artistas que habían estado silenciados por las “listas negras”. Alentamos el regreso de artistas exiliados como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Horacio Guarany, Antonio di Benedetto, Daniel Moyano, Norma Aleandro, etc.
Ese mismo espíritu democrático fue lo que nos alentó a desarrollar el Programa Cultural en Barrios que, ante la falta de centros culturales en las barriadas periféricas, ocupamos las escuelas municipales en los horarios en que no se dictaban clases. Se trataba de demostrar que la cultura no era un privilegio de los sectores adinerados, como lo indicaba y sigue indicando que las principales instituciones dedicadas a las artes se apiñan en las zonas de alto nivel adquisitivo (Teatro Colón, Museo de Bellas Artes, Centro Recoleta, etc.) sino que era un derecho de toda la ciudadanía.
Un ejemplo de esto es que cuando organizamos una convocatoria internacional, “Buenos Aires Capital de las Artes”, que contó con la concurrencia de primerísimas figuras de entonces como Fernando Arrabal, Jerzy Kawalerowicz, Liliana Cavani, Luigi Nono, Oswaldo Guayasamin, Liv Ullman, etc. decidimos que sus presentaciones y charlas no tuvieron lugar en los escenarios habituales sino en Barracas, Mataderos, Villa Soldati. También iniciamos un Programa Cultural en Sindicatos, acciones que contaron con la entusiasta colaboración de numerosos gremios.

Cabe señalar que en los centros culturales barriales y sindicales no sólo se ofrecían muestras y espectáculos de primer nivel, sino que se estimulaba a que sus asistentes generaran sus propias creaciones, relacionadas con características o reclamos de sus barriadas. Se privilegió también la enseñanza de artes y oficios, cerámica, talabartería, pintura, tallado, carpintería (no eran todavía tiempos del internet) relacionando la cultura con la producción.
El presupuesto del Teatro Colón consumía más de la mitad de los fondos asignados a Cultura en la ciudad. Decidimos reducirlo en algunos puntos y eso nos permitió mejorar los muy alicaídos museos y activar el Centro Cultural Recoleta y el San Martín.
Las dificultades de la gestión no fueron sólo las apuntadas: algunos se propusieron identificar democracia con libertinaje y entonces elevaron su voz reclamando medidas de censura a publicaciones y películas por un supuesto desborde pornográfico. Saguier nunca consintió con ello y alguna vez le escuché decir “se comienza prohibiendo una teta y se termina censurando un libro”.

Tampoco le fue fácil lidiar con el internismo de su partido, la Unión Cívica Radical, en el que encabezaba el Movimiento de Renovación y Cambio. Debió soportar los embates de otros sectores que reclamaban compartir las mieles del poder, pero no las hieles de sus exigencias y compromisos.
Otra dificultad, que Saguier supo transformar en conmovedora virtud: su grave enfermedad, la que terminaría llevándolo a la muerte durante el ejercicio de su función. Él conocía perfectamente cuál era su diagnóstico y no ignoraba que la evolución de su mal no era favorable. Eso le daba una sabiduría, un peso específico de dignidad, aún mayor que la que naturalmente tenía. Debo confesar que yo aguardaba con ansiedad las veces en que me recibía en su despacho y luego de atender a los asuntos urgentes nos quedábamos charlando sobre los temas que le interesaban: principalmente la política, pero también la religión, la filosofía, el deporte. Me conmovía el cariño con que hablaba de su familia, de esa gran compañera en las buenas y en las malas que era Matilde y de esos hijos en quienes tenía cifradas esperanzas de padre orgulloso.
[Fotos: Gentileza Unión Cívica Radical; NA; Télam S. E.; prensa National Geographic]
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