
Desde los inicios del conocimiento filosófico se ha debatido sobre la existencia de la verdad. Ríos de tinta se han escrito para intentar definir y analizar este concepto tan profundo pero tan común en la sociedad. Todos hablamos de la verdad. Todos pedimos la verdad. La reclamamos, aunque a veces neguemos su existencia. En estas líneas se intentará dar otra visión de lo que, por ahora, creo que es la verdad.
En el periodismo, la verdad se resume en los hechos: “Ocurrió un accidente en tal esquina, tal día a tal hora y hubo tantos heridos”. Listo. Esa es la verdad periodística, una concepción de la verdad netamente informativa, basada en la regla de las 5 W, que estructuran la noticia: “Who, what, when, where, why” (quién, qué, cuándo, dónde, por qué).
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Pero no podemos considerar un hecho como la verdad. ¿Qué pasaría si alguien llega y dice: “No fue un accidente. Uno de los conductores iba alcoholizado”? Aquí nos adentramos en el mundo de las interpretaciones.

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No hay verdad
En sus Fragmentos Póstumos, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche escribió su más famosa frase: “No hay verdad, sólo interpretaciones”. Es una frase tan interesante como controvertida y mal interpretada. Se ha utilizado para decretar la muerte de la verdad e indicar que cada uno puede tener su interpretación; es decir, su verdad. Paradójicamente, la frase de Nietzsche cayó en su propia trampa interpretativa. Cuando afirma que hay interpretaciones no busca relativizar el concepto de verdad, sino que dice que cuando algo sucede cada uno encuentra una interpretación distinta del hecho.
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Quien apoya la teoría nietzscheana es el filósofo francés Michel Foucault, pero le agrega su marca registrada: el poder. Según Foucault, hay múltiples interpretaciones de los hechos, pero el poder se encarga de imponer su interpretación (su verdad) y totalizarla. Cuando imaginamos el poder, muchas veces pensamos en señores en trajes caros sentados alrededor de una mesa pensando “¿qué podemos instalar ahora?”.
Pero para Foucault el poder sencillamente es la capacidad de instalar una propia interpretación como verdad general. Puede ser un ciudadano desde una red social, un político de cualquier signo e ideología, una empresaria o, incluso, un vecino que comienza un rumor en el barrio y lo instala como una verdad absoluta. Así es como nace, también, el concepto de posverdad.
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La verdad es una cebolla
Ahora bien, quisiera proponer una forma más sencilla, pero no menos sofisticada, de entender el concepto mismo de la verdad.
En primer lugar, todas las teorías tienen, en parte, razón. La verdad como concepto en sí es amplia. La verdad es la suma de todas las interpretaciones, de los hechos, del pasado y del presente. Y uno se preguntará qué tiene que ver el pasado con la verdad del presente. Bien lo explica una frase del filósofo existencialista Jean-Paul Sartre: “Nosotros no somos terrones de arcilla. Lo importante no es lo que se hace de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos de lo que han hecho de nosotros”. No se puede separar el presente del pasado, ya que somos su consecuencia. Sin entender el pasado es imposible comprender el presente.
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Para aclararlo mejor, imaginemos el concepto de verdad como una cebolla. La cebolla es una hortaliza conformada por varias capas que recubren un núcleo. Si hacemos el paralelismo, el núcleo sería un hecho concreto: el accidente en la esquina, por ejemplo. La capa que lo recubre sería la visión de los testigos y los protagonistas de ese accidente. La siguiente capa sería el pasado de los involucrados. Y así, las capas se van superponiendo, alejándose cada vez más del hecho en sí.
Pero, inevitablemente, de alguna u otra forma todas las capas están involucradas en el hecho que estamos analizando. Por ende, la verdad es esa cebolla. La verdad es ese conjunto de interpretaciones y macrovisiones que hacen posible un panorama global y entero de todos los hechos.
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La verdad no está a nuestro alcance
Entonces, ¿existe la verdad? La respuesta que puedo dar es que sí. ¿Es posible poseer la verdad? Mi respuesta es un rotundo NO. A menos que uno sea Dios o un ser omnipresente, omnipotente y omnitemporal, es imposible poseerla o alcanzarla.
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Pero creer en la existencia de una verdad es fundamental. En su obra El tema de nuestro tiempo, el filósofo español José Ortega y Gasset desarrolla por qué es importante: “La vida sin verdad no es vivible. De tal modo, pues, la verdad existe, que es algo recíproco con el hombre. Sin hombre no hay verdad, pero, viceversa, sin verdad no hay hombre. Éste puede definirse como el ser que necesita absolutamente de la verdad y, al revés, la verdad es lo único que esencialmente necesita el hombre, su única necesidad incondicional”.

Esto convierte el concepto de la verdad en una utopía. Y ¿qué es una utopía? Eduardo Galeano lo explica de manera excepcional parafraseando a un amigo: “La utopía está en el horizonte. Camino diez pasos y ella se aleja diez pasos. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
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*Agustín Joel Fernandes Cabal es Investigador predoctoral en Filosofía, Universidade de Santiago de Compostela.
Publicado originalmente en The Conversation
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