La belleza del día: “Aurora Borealis”, de Frederic Edwin Church

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

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“Aurora Borealis” (1865) de Frederic
“Aurora Borealis” (1865) de Frederic Edwin Church

I

“Lámparas que se apagan, esperanzas que se encienden: la aurora”, escribió el legendario matemático, astrónomo y poeta persa Omar Jayam. Nueve siglos después, el escritor mexicano Ignacio Manuel Altamirano escribía: “El sueño es la aurora boreal del pensamiento”. Con sus colores, con su potencia estética, este fenómeno de luminiscencia que irrumpe la noche ha conmovido a la humanidad desde que empezó a mirar hacia arriba.

La aurora polar sucede en los polos, aunque puede aparecer en otras zonas del mundo durante breves períodos. Cuando ocurre en el hemisferio sur se le llama aurora austral; cuando ocurre en el hemisferio norte, aurora boreal. En términos científicos, es una eyección de partículas solares cargadas que choca con la magnetósfera de la Tierra formando radiaciones electromagnéticas. Es uno de los más bellos espectáculos que la naturaleza nos provee.

Nuestra belleza del día es una aurora boreal roja y verde sobre un paisaje marino. Este óleo sobre lienzo de 142,3 centímetros de alto y 212,2 de ancho titulado Aurora Borealis que se encuentra hoy en el Museo Smithsonian de Arte Americano, en Washington, Estados Unidos, lo pintó el paisajista Frederic Edwin Church, referente de la Escuela del Río Hudson y de la pintura de su país, en el año 1865. No es su obra más conocida ni más celebrada, pero sin dudas es preciosa.

II

Isaac I. Hayes era un explorador ártico muy amigo de Church que, además, fue su alumno: había tomado clases de dibujo para, justamente, ilustrar los fenómenos naturales. Cuando presenció esta aurora boreal, tomó un cuaderno e hizo un gran boceto con anotaciones sobre colores y tonos. “La luz se hace cada vez más intensa y, de estallidos irregulares, se convierte en una hoja de brillo casi constante”, escribió Hayes, como buen cronista. “La amplia cúpula sobre mí está en llamas”.

A su vuelta, fue a verlo a Frederic Edwin Church que, desde luego, enseguida quiso llevar toda esa vivencia que cargaba el explorador en su rutina y en su cuaderno al lienzo. La escena es verdaderamente imponente. Los colores en el cielo, las aguas congeladas y la pequeñez de la embarcación dejan al espectador sin palabras. Como decía Omar Jayam, las auroras dan esperanza. Church colocó su optimismo en la pequeña luz que brilla en la ventana del barco.

Hay, además, un trineo tirado con perros que corre hacia el barco. Un detalle que hay que ver de cerca y, cuando se percibe, hace de la postal todavía más inmensa y espectacular, incluso conmovedora. Hayes le pidió a su amigo y maestro que no se olvide de algo muy importante: pintar el pico de esa montaña que no estaba en ningún mapa, que él mismo había descubierto. Le puso Cima Church.

III

Aurora Borealis fue terminada en el invierno neoyorquino de 1865 y se exhibió por primera vez ese mismo año en Londres junto a dos obras más, ambas de los volcanes ecuatorianos: Cotopaxi, de 1862, retrato de una erupción, y Chimborazo, de 1864, la montaña dormida. Mientras se exponía, la Guerra de Secesión llegaba a su punto más álgido, antes de finalmente concluir, y los críticos no podían evitar leer relaciones.

Cuenta la investigadora Eleanor Harvey que “en el momento en que Church pintó esta obra, Harper’s Weekly publicó una caricatura política de un general confederado acobardado frente a la luz del norte donde las auroras rodeaban la montaña con bayonetas como si representaran al Ejército de la Unión que se aproximaba. En este momento de la guerra, había una sensación de que nunca terminaría, de que este podría ser, de hecho, el fin del mundo”.

“Church captura el lado oscuro de ese estado de ánimo e invierte esta pintura con el tipo de emoción que prevalecía en la prensa y en la poesía al mismo tiempo”, agrega Harvey. El pintor no quiso contrarrestar este tipo de lecturas entusiastas y esperanzadoras en medio de una época llena de sangre y dolor. Quizás, en algún punto, incluso de forma inconsciente, ese era su objetivo último: sembrar esperanza.

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