
Dicen que Thomas Cole se definió su gran estilo, ese que une el paisajismo con la majestuosidad pictórica, cuando vio por primera vez el río Hudson. Tenía 24 años, corría el 1825. Cole era inglés, nacido en Bolton le Moors, Lancashire, Inglaterra, en 1801. De muy joven comenzó a trabajar como xilógrafo y continuó con aquella profesión cuando, en 1819, se mudó con sus padres a Estados Unidos, la tierra prometida, un Estado relativamente nuevo.
A los 22 se muda solo a Filadelfia para estudiar en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania, pero el gran cambio de perspectiva lo tiene en 1825, cuando se instala en Catskill, en el estado de Nueva York, sobre el río Hudson. Ahí comienza la historia. No sólo la personal -se casa, tiene hijos y allí vive hasta su muerte, en 1848-, también la artística, la estética, la alegórica, la que hoy nos interesa.

Allí, viendo el imponente paisaje, empieza a representarlo en el lienzo. Pero necesita dinero. Para ganarse la vida recurre al género más rentado de la época: el retrato. Sigue apostando al paisajismo y, de a poco, empezó a adquirir cierta fama por el tono alegórico y romántico que recubre a la ribera del río Hudson, a las montañas de Catskill y a las Montañas Blancas de New Hampshire en sus obras. Se vendieron con rapidez en Nueva York, Baltimore y Hartford.
Entre 1829 y 1832 hizo su primer gran viaje a Europa, para estudiar el arte de su tierra, que hasta entonces admiraba desde la costa equivocada. Así fue que recibió la influencia de los pintores ingleses Joseph Mallord William Turner y John Martin. Su mayor estancia fue en Florencia, donde se alojó con Horatio Greenough. Al volver a Estados Unidos, empezó a trabajar en una serie titulada El curso del imperio, tal vez la gran obra de su carrera.

Son cinco pinturas de gran dimensión que hoy se encuentran en el New York Historical Society y que fueron realizadas entre 1933 y 1936. Es evidente qué tan fascinado había quedado al ver los restos de la Antigüedad clásica y medieval de Europa. Consiguió que el comerciante neoyorquino Luman Reed se interese en la serie para la galería de arte en Greenwich Street. Cole le explica muy bien su idea: representar la historia de un imperio, como todo imperio, que nace, se desarrolla y muere.
Aquí, la belleza del día es el cuadro central de la serie: La culminación del imperio (1836), óleo sobre lienzo de 130,1 centímetros de alto por 193 de ancho que representa, en un mediodía radiante, el apogeo de una civilización. En la exposición, esta obra está en el centro. A su alrededor están, de un lado, El estado primitivo y El estado arcádico, y del otro, Destrucción y Desolación.

En 1841 y 1842 volvió a viajar a Europa para seguir aprendiendo y perfeccionando su técnica y su imaginería. Al volver, su fama ya era desmedida. Sin embargo, lejos de ensimismarse, abrió el juego hacia más artistas para formar algo colectivo. Pintores como Asher Brown Durand, Albert Bierstadt, Frederic Edwin Church y Jasper Francis Cropsey se acercaron a él y formaron la famosa Escuela del río Hudson.
Todos se dedicaban a la exaltación del paisaje estadounidense, al que identificaban como “el nuevo Edén” trabajando delicadamente en la naturaleza salvaje y grandilocuente y en efectos lumínicos y atmosféricos que llenen de dramatismo esos paisajes imponentes. Se la considera la primera escuela de carácter nacional en Estados Unidos y, por ende, el punto de inicio de la pintura estadounidense autóctona.
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