
I
Manchas. Figuras geométricas con bordes irregulares. Barras de colores vivos. Leves movimientos ópticos. Es difícil describir las obras de Mark Rothko y especialmente No. 3/No. 13. Ni siquiera el título da lugar a una interpretación metafórica que permita un significado trascendental. La obra es la obra. Sólo hay que mirarla y dejarse llevar por su potencia.
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“Dicen que hay que pararse frente a una tela de Rothko como frente a un amanecer”, escribió la autora argentina María Gainza en el relato “Una vida en pinturas” de su celebrado libro El nervio óptico.
“Puede que mirar un Rothko tenga algo de experiencia espiritual, pero de una clase que no admite palabras. Es como visitar los glaciares o atravesar un desierto. Pocas veces lo inadecuado del lenguaje se vuelve tan patente. Frente a Rothko una busca frases salidas de un sermón dominical pero no encuentra más que eufemismos. Lo que uno querría decir en realidad es: ‘puta madre’”.
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II
Mark Rothko nació en Letonia, Imperio Ruso, en 1903 como Marcus Rothkowitz. Su familia era judía, pero sus tres hermanos recibieron una educación pública y laica, salvo él, que a los cinco años ingresó en un Jéder para estudiar el Talmud. Creció en la Rusia zarista donde los judíos eran culpados por la decadencia del país. Creció con miedo a la incipiente violencia antisemita.
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En 1913 emigró con su familia a Estados Unidos. Su padre, farmacéutico e intelectual, no quería que sus hijos sufrieran las purgas cosacas ni sean reclutados por el ejército del zar Nicolás II. Se instalaron en Portland, Oregón, y fabricaron ropa. Al año siguiente, su padre murió. El joven Mark se dedicó a vender periódicos en la calle.
Las condiciones adversas no erosionaban su curiosidad. Al contrario: la potenciaban. Estudió física, filosofía, economía, se interesó por la política y fue un gran argumentador dentro y fuera de la comunidad judía en favor de los derechos de los trabajadores y del derecho de las mujeres a la anticoncepción. Tuvo un breve pero intenso paso por la Universidad de Yale. Cuando abandonó sus estudios, se fue a Nueva York.
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III
La revelación artística —si es que tal cosa puede ser definida así— ocurrió en 1923. Ya había un bagaje intelectual importante, podría decirse. Por recomendación de un amigo, asistió a una clase de arte. Cuando llegó, un grupo de estudiantes realizaba un bosquejo de una modelo desnuda. “En ese momento decidí que esa era la vida para mí”, contó Rothko después, según se recoge en su biografía de James Breslin.
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Empezó como autodidacta, sin una formación previa. Luego estudió con algunos maestros y forjó un estilo cercano al surrealismo con formas biomórficas. Participó de muestras, tuvo exposiciones en soledad. Hasta que en 1947 su estilo dio un giro brusco: comenzó a pintar grandes cuadros con capas finas de color. A partir de entonces, la mayoría de sus composiciones tomaron la forma de dos rectángulos confrontados.
Se convirtió en un hito. Vanguardia pura. Estaban los que lo detestaban también. Dividió al circuito artístico. Fueron los años en que, además, su vida entró en un proceso corrosivo: se separó, perdió amigos y empezó a beber como nunca. Sin embargo su creatividad estaba en el apogeo. No. 3/No. 13 es una de las mejores obras de aquel período. Hoy está en el MoMA.
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Y en la cumbre del éxito, en el pico del expresionismo abstracto, desde allá arriba, decidió saltar.
IV
“Muy nervioso, delgado, inquieto”. Así lo describió su amigo Dore Ashton. A principios de 1968, Rothko fue diagnosticado con un aneurisma leve. Sin embargo no dejó de beber ni de fumar, tampoco hizo ejercicio ni comenzó una dieta saludable. No tomó ninguna recomendación de su médico, salvo una: pintar obras más chicas. Mientras tanto, la depresión hacía su trabajo silenciado.
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Un día en que el mundo giraba como cualquier otro —el 25 de febrero de 1970 para ser precisos—, Rothko estaba en la cocina de su casa. Tomó un cuchillo y se tajeó profundamente la muñeca derecha. Murió acostado sobre un charco de sangre tan roja como el color que siempre pintaba en sus obras.
No dejó nota de suicidio. A veces no hace falta despedirse.
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