En un artículo previo, “¿Por qué Raúl Castro?”, partí de una premisa incómoda: en Cuba, el poder rara vez está donde el régimen quiere que miremos. Díaz-Canel administra el sistema; Raúl lo construyó. Uno ocupa la oficina; el otro diseñó la maquinaria: Fuerzas Armadas, inteligencia, economía militar, represión y sucesión.
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La pregunta siguiente es más incómoda: ¿Quién es realmente Raúl Castro?
El encausamiento en Estados Unidos de Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate lo devolvió al debate. Pero buena parte de la prensa tradicional insiste en tratarlo con indulgencia: anciano retirado, reliquia de la Guerra Fría, hermano menor de Fidel, no arquitecto del poder.
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El derribo no fue accidente ni improvisación: fue decisión de Estado. Raúl era ministro de Defensa; la acusación federal lo ubica en la cadena de mando, y un audio revelado por el Nuevo Herald lo coloca admitiendo instrucciones de derribo. Fidel, con Dan Rather, también asumió responsabilidad política del crimen.
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Por eso el encausamiento de Raúl no debe interpretarse como una respuesta aislada al crimen de 1996, sino como el punto judicial más visible de una trayectoria mucho más larga. Hermanos al Rescate no es una excepción en su biografía. Es una consecuencia.
Raúl no llegó tarde al comunismo. Antes del asalto al cuartel Moncada, en julio de 1953, ya se movía en sus redes: viajó a Europa del Este para actividades juveniles del bloque soviético y, de regreso, conoció a Nikolái Leonov, futuro alto oficial del KGB y pieza clave soviética en América Latina.
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Poco después vino el Moncada. La propaganda lo convertiría en epopeya; en realidad fue una operación armada, mal concebida, sangrienta y derrotada. El ataque dejó 18 muertos y 28 heridos entre soldados y policías militares; Bayamo sumó un muerto y dos heridos, además de nueve civiles muertos en Santiago también.
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Antes de convertirse en mito, el Moncada fue una acción armada con muertos reales y víctimas concretas. Raúl no comandó nada: integró un pequeño grupo enviado al Palacio de Justicia, bajo Léster Rodríguez. La misión fracasó; escapó, se quitó el uniforme y fue detenido al día siguiente, sin gloria alguna.
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Luego vinieron la cárcel y la amnistía. Pese a los muertos del Moncada, Batista amnistió a los Castro en mayo de 1955, menos de dos años después. Fidel había recibido quince años; Raúl también fue condenado. Ninguno cumplió un lustro. El supuesto tirano indultó a sus atacantes armados.
Después vinieron México, el Granma y la Sierra Maestra. Durante aquellas escaramuzas armadas contra Batista, infladas luego por la propaganda hasta convertirlas en epopeya guerrillera, Raúl recibió el mando del Segundo Frente Oriental “Frank País”, en Mayarí Arriba. Allí mostró su verdadero perfil: organizador de territorio, jefe de disciplina, administrador de coerción y obediencia.
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Ese patrón de violencia no se limitó al combate terrestre. El 1 de noviembre de 1958, militantes del Movimiento 26 de Julio secuestraron el vuelo 495 de Cubana, en la ruta Miami-Varadero-La Habana, para llevar recursos a Oriente. La operación fue coordinada desde el Segundo Frente bajo el mando de Raúl Castro y terminó con la mayoría de sus ocupantes muertos. Antes de 1959, el castrismo ya había incorporado el secuestro, la coerción y el desprecio por la vida civil como métodos de lucha.
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La llegada del castrismo al poder reveló la naturaleza de esa maquinaria. En Santiago de Cuba, Raúl quedó como jefe militar de Oriente, responsable de los fusilamientos de enero, especialmente los de la Loma de San Juan. Aquella “justicia revolucionaria” no restauró el derecho; inauguró la pedagogía del miedo.
El juicio de los aviadores en Santiago de Cuba, cuyo primer proceso concluyó con absoluciones el 2 de marzo de 1959, confirmó esa lógica. Cuando aquel tribunal absolvió a pilotos, artilleros y mecánicos de la Fuerza Aérea de Batista, Raúl Castro, entonces jefe militar de Oriente, ordenó un segundo proceso. La sentencia debía ajustarse no a la prueba, sino a la voluntad revolucionaria.
El 16 de octubre de 1959, Raúl fue nombrado ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Desde el MINFAR convirtió a Cuba en plataforma internacional de subversión y guerra expedicionaria. En América Latina, desde 1959, el régimen entrenó guerrilleros, apoyó movimientos armados y distribuyó inteligencia, financiamiento y logística. No por gusto Cuba fue incluida en 1982 en la lista estadounidense de Estados patrocinadores del terrorismo.
En África, la escala fue mayor. Angola y Etiopía fueron los casos visibles, pero Cuba también envió tropas, asesores o apoyo militar a Argelia, Congo, Guinea-Bissau, Mozambique y otros frentes. Más de 380,000 militares participaron. La cifra oficial que Cuba reconoce es de 2,289 muertos, aunque otras estimaciones elevan las bajas a varios miles, incluso hasta 10,000, según el general Rafael Del Pino.
Para Raúl, África consolidó al MINFAR como ejército expedicionario, aparato de inteligencia y columna vertebral del castrismo. El caso Ochoa en 1989 cerró esa arquitectura: bajo apariencia de juicio por corrupción y narcotráfico, ejecutó a un general prestigioso, debilitó al MININT fidelista y fortaleció definitivamente el poder militar raulista.
La misma lógica se repitió en la masacre del remolcador 13 de Marzo, en 1994. Los cubanos intentaban escapar; el Estado respondió con violencia. No se trata de afirmar que Raúl diera cada orden operativa, sino de entender que esos crímenes ocurrieron dentro de un Estado militarizado, jerárquico e impune, sostenido por el aparato que él creó, dirigió y protegió.
Allí se desnuda el verdadero raulismo: socialismo para el pueblo y crony-socialismo militar para la élite; una economía donde la propiedad colectiva sirve de máscara al control de una casta armada.
Hermanos al Rescate puede ser el expediente judicial más viable. Pero Raúl Castro no empieza allí: desemboca allí. Antes están el Moncada, el Segundo Frente, el vuelo 495, los fusilamientos de Santiago, el MINFAR, las guerras mercenarias, el caso Ochoa, el remolcador 13 de Marzo y GAESA.
No es un episodio aislado; es la última curva visible de una larga carretera de mando, crimen e impunidad.
Raúl Castro no es un jubilado histórico ni apenas el hermano menor del mito. Es el arquitecto del castrismo duro. Fidel fue la leyenda; Raúl, la maquinaria. Y cuando la maquinaria mata, también debe responder ante la justicia.
Frank Zimmerman es Strategic Advisor y Senior Multimedia Producer en el Adam Smith Center for Economic Freedom en la Florida Iinternational University.
Consultor y comentarista político, es autor del libro 12 Mitos sobre Cuba y otros artículos analiza temas de libertad, democracia y autoritarismo en América Latina.
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