
Nuevo León nunca ha sido un estado promedio. En la historia moderna de México, ha sido, una y otra vez, primer lugar en productividad, en industria, en generación de empleo, en capacidad exportadora. Aquí nacieron empresas de clase mundial que compiten en cualquier mercado del planeta, y aquí también llegaron empresas globales que entendieron algo muy simple: si quieren producir, crecer y competir, Nuevo León es el lugar.
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Esa es la doble cara de nuestra fortaleza: lo que construimos desde casa y lo que atraemos desde el mundo. Y hay que decirlo claro: eso no es nuevo. Esa grandeza no empezó ayer, es producto del esfuerzo de previas generaciones y de valores de responsabilidad social, de eficiencia y de gobiernos profesiones que hoy parecen estarse erosionando.
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Lo que sí es nuevo, y lo que sí exige que le echemos ganas, es lo que no hemos resuelto. Porque mientras somos potencia industrial, también arrastramos una deuda profunda de gobernabilidad. Una deuda en transparencia, una deuda en rendición de cuentas, una deuda en coordinación real. Ahí está el verdadero reto. No se trata de inventar un nuevo Nuevo León, sino de ordenar el que ya tenemos para que funcione para bienestar de todos.
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Gobernador, hay que echarle ganas donde realmente hace falta: en hacer de Nuevo León el primer lugar en transparencia, no solo en producción; en construir instituciones que den certeza, no solo discursos que generen expectativa; en abrir la toma de decisiones para que estén ahí quienes conocen los problemas y quienes pueden ayudar a resolverlos: universidades, empresarios y las familias que tienen esa ética norteña de trabajo duro y construir un patrimonio a pulso. Y la instancia existe para lograrlo existe, es la Mesa de Coordinación Metropolitana, como una herramienta real para hacer lo que durante años no hemos logrado: pasar de tener problemas comunes a construir soluciones comunes.
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Ese es el punto de quiebre. Si logramos coordinar a la Zona Metropolitana y el estado entero con visión, datos y planeación, Nuevo León puede dar el siguiente salto en su historia. Y ese salto no es solo económico, también es social. Porque otro pendiente claro es reconstruir la sociedad de clase media luchona que definió al estado durante décadas: esa donde una familia sabía que el trabajo sí llevaba al bienestar, donde el esfuerzo cotidiano se traducía en movilidad social real, donde estudiar, emprender y trabajar tenía sentido y recompensa.
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Ahí es donde el pensamiento de Don Eugenio Garza Sada cobra una vigencia total y empata con el ADN del Plan México de la Presidencia de la República. Él lo decía con claridad: “El verdadero progreso es aquel que eleva a todos”. Y también lo practicaba, pues bajo esa ética surgieron y crecieron empresas emblemáticas que no solo generaban utilidades, sino comunidad; empresas que despertaban respaldo social y lealtad, porque eran vistas como generadoras de riqueza para todos y no como extractoras o acumuladoras sin responsabilidad. Ese es el industrialismo norteño con compromiso social que hoy merece regresa al centro del escenario.
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No es casualidad que este estado concentre algunos de los clústeres manufactureros más dinámicos de América Latina, ni que el fenómeno del nearshoring esté encontrando aquí uno de sus principales destinos, pero como bien advierten economistas como Dani Rodrik, el crecimiento económico solo es sostenible cuando está acompañado de instituciones sólidas y de inclusión social; de lo contrario, se vuelve frágil, desigual y eventualmente insostenible. Ese es el punto de fondo. Porque lo que hoy está en juego no es si Nuevo León puede crecer, eso ya lo demostraron generaciones previas a las que no hay que robarles o regatearles el mérito, el reto es si nuestro querido estado puede crecer mejor y traducir su potencia económica en bienestar compartido.
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Por eso hay que echarle ganas para construir un modelo de comunidad donde la inversión siga llegando, pero donde también se traduzca en mejores salarios, en más oportunidades, en movilidad social real, en seguridad y paz cívica; donde el crecimiento no se quede arriba, sino que baje a las colonias, a las familias, a la vida diaria. Ese es el verdadero estándar que debemos ponernos: crecimiento con justicia para transformar a esta gran tierra.
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Si algo le sobra a Nuevo León es capacidad. Lo que ha faltado es orden, coordinación, y generosidad política y productiva que nos unifique alrededor de una esperanza.
Por eso, gobernador, el mensaje es directo, sin rodeos y con respeto: echémosle ganas donde sí importa. No en presumir por moda, likes o facilismos las cosas en las que siempre hemos sido buenos, sino en corregir lo que nos está frenando. En construir CERCANÍA con los retos de las familias, HONESTIDAD verificable por la sociedad y CAPACIDAD surgida de nuestros centros de conocimiento y de servidores públicos profesionales y con experiencia. Porque cuando un estado tan fuerte como Nuevo León construye metas comunes, puede ser la mejor versión de su brillante historia.
**El autor es Alcalde del Municipio de General Escobedo en Nuevo León, México, y Presidente de la Mesa de Coordinación Metropolitana, Sociedad y Gobierno en la Zona Metropolitana de esa entidad de la República Mexicana.
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