
Canadá es el país de conducta más sencilla del mundo. Sus habitantes son los mejor educados de nuestro hemisferio y -sin embargo- no le restriegan al resto del mundo esa hermosa cualidad. Aman y protegen el medio ambiente sin atosigar a nadie con excesivas regulaciones. Por el contrario, cada canadiense practica una conducta que, como diría el papa Francisco, entiende que el hombre es parte de la naturaleza y por ello sabe protegerla. Tienen la extensión de costas más grande del mundo y no usan estas condiciones geográficas para penetrar otras naciones o conquistar economías. Son políglotas y amantes de la paz. Fue un país integrado por varias colonias británicas y una francesa que prefirió preservar un puente con Europa manteniendo su condición de dominio británico, cuyo jefe de Estado es el monarca del Reino Unido. Es una de la pocas naciones del mundo que puede jactarse de haber erradicado la pobreza. Es uno de los pocos países que jamás ha tenido un desencuentro con su vecino del sur, los Estados Unidos.
Quizás estas características hayan sido las que hayan llevado a Donald Trump a creer que absorber Canadá sería fácil y rápido. Sin embargo, se ha encontrado con que el ratón sabe rugir y que su rugido es fuerte y atractivo para propios y extraños.
Gracias a la postura asumida por el presidente de los Estados Unidos, los canadienses se han dado cuenta de que el mundo forjado sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial se ha venido abajo y que debe iniciar el difícil camino de reestructurar su economía y elegir nuevos aliados en la recomposición que está en marcha de la economía mundial.
El ejercicio va a ser duro porque habrá que posponer algunas de las ventajas de ser clase media para asentar y fortalecer las bases de un nuevo acomodo económico mundial. El proceso ya comenzó de manera imperceptible, como todo proceso canadiense. Los aliados ideológicos de Donald Trump, cuyo liderazgo en las encuestas era notorio, sucumbieron ante la fuerza de un primer ministro a quien le sobran credenciales para reconstruir una economía así como ingenio y buen humor. Los ciudadanos canadienses que suelen disfrutar sus vacaciones de verano en los Estados Unidos han cancelado sus reservaciones para viajar a Europa por menos tiempo. Las empresas que fabrican partes de automóviles ya se están preparando para armar autos chinos. Los consumidores canadienses han decidido no comprar productos de Estados Unidos. Se dice, además, que en los pasillos del poder ya se habla de una Canadá integrada a Europa y con complementariedades económicas con China.
En el proceso, nuestro hemisferio ve debilitarse la más exitosa unión económica de su historia constituida por Estados Unidos, Canadá y México hace muchas lunas y, gracias a la cual, los tres países fortalecieron sus clases medias, que son la gasolina del desarrollo. Y si bien el destino que la política de Estados Unidos ha forzado sobre Canadá va a fortalecerla, costará mucho establecer una nueva locomotora para el crecimiento de nuestro hemisferio cuando Canadá vuele en aires europeos o chinos. Caro nos va a costar este rugido.
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