
Mucho antes de que términos como calorías, proteínas o vitaminas se popularizaran, los habitantes del Imperio romano diseñaron una teoría de la nutrición sofisticada para su tiempo. Sin acceso a métodos científicos modernos, los romanos crearon un sistema fundamentado en la observación empírica y en la teoría de los humores, influyendo tanto en su alimentación como en la percepción de la salud y la personalidad. Aunque este enfoque difiere de los principios científicos actuales, revela paralelismos notables con conceptos contemporáneos sobre nutrición.
En el corazón de la nutrición romana existía la convicción de que los alimentos, tras ser ingeridos y digeridos, se convertían en sangre, considerada el elemento esencial del organismo.
La Dra. Claire Bubb, profesora adjunta de estudios sobre el mundo antiguo, explica en History Extra que la comida se transformaba en sangre, y esta, a su vez, alimentaba las partes del cuerpo donde era requerida: “El componente básico del organismo”.
Así, quienes utilizaban más sus músculos dirigían hacia ellos la sangre necesaria para su desarrollo. Esta perspectiva, aunque lejana de la fisiología moderna, reflejaba una comprensión intuitiva de la conexión entre alimentación y bienestar físico.

A diferencia de la ciencia actual, que clasifica los alimentos según su composición química, los romanos agrupaban los productos por sus cualidades percibidas: calor, frío, humedad y sequedad. Estas características, determinadas por sabor y textura, se vinculaban a efectos específicos en el organismo. Por ejemplo, los pepinos se consideraban fríos y húmedos, mientras que el pan y la carne asada eran vistos como secos y calientes.
En tanto, los alimentos de sabor fuerte, como la cebolla, el ajo o la rúcula, se catalogaban como picantes. A algunos se le atribuían la capacidad de fortalecer el cuerpo o aportar “jugos saludables”, anticipando de forma empírica la noción moderna de nutrientes.
La Dra. Bubb resalta la existencia de ideas equivalentes en el pensamiento romano, expresadas con terminología propia, que observaban realidades similares a las de hoy pero desde una teoría alternativa sobre el funcionamiento de los alimentos y la nutrición. Si bien no utilizaban el concepto de proteínas, reconocían que algunas comidas contribuían al desarrollo muscular.

La teoría de los humores imperaba tanto en la medicina como en la alimentación en la antigua Roma. Según este enfoque, el cuerpo humano se regía por cuatro fluidos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, cada uno vinculado a un elemento natural.
El equilibrio o desequilibrio de estos humores determinaba no solo la salud física, sino la personalidad y las emociones. Un exceso de sangre, por ejemplo, se asociaba al carácter alegre, mientras que demasiada bilis negra se vinculaba a la melancolía.
Este sistema también influía en las recomendaciones sobre la alimentación. Se consideraba que las enfermedades surgían de desequilibrios entre cualidades opuestas. Así, una persona que padecía una dolencia “caliente y seca” debía consumir alimentos “fríos y húmedos”.
La dieta variaba según la edad, la estación del año y la salud. Los niños y atletas requerían mayor calor y nutrición, mientras que a los ancianos, percibidos como más fríos, se les aconsejaba menos alimento.

Estas creencias trascendían la mesa y permeaban la vida cotidiana romana. La alimentación reflejaba la constitución física, la personalidad y la posición social de cada individuo. La distribución pública de alimentos como el pan tenía un papel central en la vida urbana, y la elección de ingredientes respondía tanto a criterios de salud como a la búsqueda de equilibrio humoral.
Asimismo, la Dra. Bubb destaca el carácter empírico de este sistema: era “una manera de observar cómo funcionaba la salud y el cuerpo” a partir de la experiencia directa. Los romanos notaban los efectos de la comida en su cuerpo y ajustaban su dieta, aunque carecían de herramientas científicas para analizar la composición de los alimentos.
“Lo genial es lo intuitivo que es. Puedes entender que si comes demasiado, te sientes lleno y un poco asqueroso al día siguiente”, explicó la experta.

Hoy, muchas explicaciones romanas resultan extrañas: pensar que los alimentos contienen pequeñas partículas de fuego parece absurdo, aunque actualmente se hable de calorías y de transformación de los alimentos en energía. Al carecer de microscopios y laboratorios, los romanos dependían de la observación directa y del análisis de efectos visibles para fundamentar su nutrición.
A pesar de las limitaciones de su marco teórico, el enfoque integral romano, que vinculaba alimentación, salud, bienestar y constitución física, anticipa ciertas posturas holísticas de la nutrición contemporánea. La conexión entre dieta, personalidad y entorno evidencia una percepción de las interrelaciones entre los diferentes aspectos de la existencia humana.
Considerar la alimentación dentro de un sistema que abarca salud, bienestar y constitución física demuestra una visión que, aunque nacida en la antigüedad, resuena con la concepción moderna de la nutrición como un fenómeno complejo e interconectado.
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