
A medida que el régimen del presidente de Rusia, Vladimir Putin, se vuelve más duro y represivo, mejora la imagen que los rusos tienen de su antiguo líder Joseph Stalin. Entre 2016 y 2021, la afirmación de que “Stalin fue un gran líder” se duplicó del 28 al 56 por ciento, según encuestas realizadas por el centro independiente Levada citadas en el artículo escrito por Andrei Kolesnikov en la revista Foreign Affairs. Al mismo tiempo, en esos cinco años, el número de personas que estaban en desacuerdo con esa afirmación cayó del 23 al 14 por ciento.
Con los años Putin se ha vuelto cada vez más paranoico y represor, lo que lo asemeja a Stalin en su último tiempo al frente de la Unión Soviética. Sobre el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta su muerte en 1953, el dictador de origen georgiano hizo de su administración una férrea dictadura autocrática. Se mostraba cada vez menos intolerante a los opiniones, descreía incluso de sus personas más cercanas e imaginaba escenarios ficticios de tipo paranoide.
Lo mismo parece sucederle ahora a Putin, quien lleva casi 20 años como presidente de la Federación de Rusia. En ese periodo, modificó a su favor la Constitución para enquistarse en el poder, montó el envenenamiento y la detención del opositor Alexei Navalny y, por si fuera poco, en febrero de este año inició una guerra de consecuencias catastróficas para el mundo entero que aún continúa y que no parece tener un final a la vista.
Este 2022, sin lugar a dudas, ha sido el año en que Putin ha llevado a su régimen más allá de lo imaginable. Rusia se ha convertido en una autocracia personal de tipo totalitarista basada en el culto a la personalidad y la muerte heroica por la patria, ambos elementos clásicos de la ideología estalinista.

Para el analista Andrei Kolesnikov, las similitudes entre el Putin actual y el Stalin de los últimos años se encuentran en la manera de liderar. Ambos coinciden en la creencia de que las decisiones las toma una sola persona: en este caso, ellos. No escuchan las voces de sus asesores y allegados y es muy difícil hacerlos cambiar de opinión cuando están convencidos de algo. Putin incluso superó a Stalin en la personalización de su régimen. El antiguo líder soviético solía dar discursos en primera persona del plural, en nombre del país: “Los fusilaremos”, decía. Mientras que el actual jefe del Kremlin se inclina por tomar una postura más personalista e individual: “Mis acciones fueron las correctas en el momento adecuado”, respondió cuando le consultaron por la decisión de invadir Ucrania.
Putin también tomó del dictador soviético su manera de lidiar con su propio régimen. En sus últimos años de visa, Stalin prácticamente no confiaba en nadie, ni siquiera en los más cercanos de su círculo íntimo. Era muy común verlo descargar su ira contra sus colaboradores, como es el caso Viacheslav Molotov, su ministro de Asuntos Exteriores y adjunto durante mucho tiempo. Putin por su parte, también ha dado muestras de irritabilidad ante sus allegados. En una reunión televisada con sus asesores, previo a la invasión de Ucrania, el líder se mostró solo en su escritorio en una gran sala con columnas, con sus asesores relegados en un rincón. Allí se lo vio enojarse con su jefe de inteligencia exterior, Sergei Naryshkin, luego de que éste confundiera el reconocimiento por parte de Rusia de las repúblicas separatistas del este de Ucrania con su incorporación a Rusia.
En esa misma reunión, a Putin se lo vio conversar de mala manera con Dmitry Kozak, un antiguo colaborador que había sido responsable de las negociaciones con Ucrania sobre la aplicación de los acuerdos de Minsk. Casualidad o no, tras esa reunión Kozak no volvió a ser visto públicamente.

Otra de las lecciones tomadas por Putin de su ídolo es la convicción de que el uso de la fuerza militar es la única forma para resolver problemas. Justo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Stalin no pudo obtener de Finlandia las concesiones territoriales que quería, por lo que decidió iniciar una invasión con el objetivo de apoderarse de partes del territorio que consideraba estratégicamente importantes como zona de amortiguación en caso de un ataque a su propio país, afirma Kolesnikov. Como Putin con Ucrania, Stalin inventó un pretexto para lanzar su invasión y fingió una provocación en la frontera. De esta manera, permitió a sus tropas comenzar una guerra “legítimamente”.
Ambos líderes engañaron a su pueblo alegando la existencia de una acumulación de tropas enemigas que nunca existió. Sin embargo, cayeron en el mismo error: subestimar la resistencia del pueblo invadido.
Solos en el poder
En un país sin democracia, Putin ha fracasado en la creación de un mecanismo de transferencia de poder, ya que, al igual que Stalin, no tiene intención de renunciar a él. Por ende, Rusia está atrapada en un círculo vicioso, sostiene Kolesnikov.

Como la Unión Soviética de Stalin, pareciera que Rusia hoy no tiene ninguna alternativa a Putin. Eso se traduce en la inexistencia de un camino alternativo y en la inutilidad de una oposición. Como sucedió con Stalin, las élites rusas simplemente deberán esperar a que Putin encuentre su fin. Por eso interesa tanto su salud. En la época soviética, el estado de salud de los líderes era menos conocido, pero sus más cercanos sabían que no estaba bien.
Putin, a sus 70 años, podría seguir un camino similar. En parte ya lo ha hecho a nivel regional, donde ha dado las gobernaciones a jóvenes fieles a él. Pese a que se acerca a la edad que tenía Stalin al momento de su muerte (74 años), se lo ve más sano y fuerte. Pero, al mismo tiempo, deberá aprender una lección de Stalin: el odio y el miedo de su círculo pueden ser contraproducentes. Stalin lo vivió en carne propia cuando sufrió su último accidente cerebrovascular. En las horas en que todavía estaba a tiempo de salvarse, sus colaboradores no estuvieron allí para socorrerlo y terminó muriendo prácticamente solo. Para el periodista Kolesnikov, hoy Putin parece más fuerte, pero no está claro quién podría salvarlo si llegara a perder esa fuerza.
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