
La selva tropical africana, especialmente el vasto manto verde que cubre la cuenca del Congo, se enfrenta hoy a una transformación sin precedentes con consecuencias globales. Considerada durante décadas como un sumidero fundamental para absorber dióxido de carbono, la situación ha dado un vuelco: desde 2010 hasta 2017, estos bosques han pasado a emitir más CO₂ del que absorben.
Esta transición representa un desafío enorme para los esfuerzos internacionales orientados a mitigar el cambio climático, al tiempo que pone en evidencia la urgencia de preservar uno de los pilares ecológicos más relevantes del planeta.
Un cambio drástico en el balance de carbono
Los bosques y matorrales africanos han figurado históricamente entre los principales aliados naturales en la reducción de gases de efecto invernadero. Absorbían, junto con otros grandes ecosistemas forestales, hasta el 20% del CO₂ capturado por la vegetación mundial.
Dentro de África, la selva del Congo dominaba como principal sumidero, extrayendo anualmente alrededor de 600 millones de toneladas de CO₂ de la atmósfera. Pero nuevas investigaciones exponen que la capacidad de absorción ha ido cayendo de forma sostenida.

Entre los años 2011 y 2017, los bosques africanos no solo dejaron de ganar biomasa, sino que comenzaron a perderla, arrojando un saldo negativo: se registró la pérdida de 106 millones de toneladas de biomasa anuales, lo que en términos de gases equivale a unas 200 millones de toneladas de CO₂ liberadas cada año.
Este fenómeno, documentado por el equipo liderado por Heiko Balzter de la Universidad de Leicester, Reino Unido, marca el paso de África de ser una barrera contra el calentamiento global a convertirse en una fuente de emisiones. Balzter señala que este cambio “básicamente nos obliga a reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de la quema de combustibles fósiles aún más rápido para llegar a emisiones cercanas a cero”.
Tala, minería y otros motores de destrucción en la selva del Congo
Los motivos detrás de esta metamorfosis ambiental son múltiples, pero destacan dos actividades humanas: la tala y la minería. La cuenca del Congo, la segunda selva más extensa del mundo, se ha visto severamente afectada. Amplias franjas se destruyen para dar paso a la extracción de minerales clave como el oro y el coltán, este último fundamental para la fabricación de dispositivos electrónicos.
En la República Democrática del Congo, donde el conflicto y la precariedad económica han conferido a la minería artesanal un rol central, pequeños mineros devastan los bosques para acceder a estos recursos. A este fenómeno se suma la explotación ilegal de maderas nobles, muchas veces por empresas extranjeras, que convierte árboles emblemáticos y longevos como la teca africana y el palo de coral en mercancía para mercados internacionales.

Esta doble presión, tanto de pequeñas explotaciones como de grandes intereses comerciales, se traduce en una deforestación acelerada y en la pérdida continua de biomasa que impacta directamente en el balance de carbono. Balzter sostiene que “la deforestación en la selva tropical del Congo” es el factor clave detrás de la transformación del balance de carbono en los bosques africanos.
La lucha global contra el cambio climático
La pérdida de los bosques como sumidero de carbono impone nuevas y serias exigencias en la lucha mundial contra el cambio climático. Tal como subraya Balzter, “si estamos perdiendo los bosques tropicales como uno de los medios para mitigar el cambio climático, entonces básicamente tenemos que reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de la quema de combustibles fósiles aún más rápido para llegar a emisiones cercanas a cero”.
Los cambios en el rol de estas masas forestales ven reducirse de forma alarmante su margen de maniobra como aliados en la mitigación del cambio climático, encargando al ser humano tareas aún más arduas para evitar el aumento de las temperaturas globales. A fin de caracterizar el estado y las tendencias de los bosques africanos, los investigadores han recurrido a una combinación de tecnologías.
Las mediciones satelitales del color y del contenido de humedad del dosel, junto con estimaciones de la altura de los árboles, permiten trazar un mapa relativamente preciso de la biomasa existente. Aunque los datos sobre el terreno continúan siendo limitados en buena parte de África, estos métodos proporcionan una aproximación útil para estimar los cambios anuales en la cantidad de carbono almacenado.

Balzter y sus colegas “estimaron la cantidad de biomasa mediante mediciones satelitales del color y el contenido de humedad del dosel forestal, así como de su altura en ciertos puntos. Compararon esto con mediciones realizadas sobre el terreno, aunque estas son escasas en África”. No obstante, el estudio también reconoce que no incluyó ciertos elementos como las turberas húmedas, que si bien absorben cantidades más modestas de CO₂, retienen aproximadamente 30 mil millones de toneladas de carbono antiguo bajo la superficie de la selva del Congo.
La Amazonia y el Congo: esfuerzos internacionales
Tanto la Amazonia como el Congo han sido denominadas “pulmones del planeta”. Sin embargo, sus realidades actuales divergen. Mientras los años recientes vieron cómo la Amazonia empezaba también a emitir más CO₂ del que capturaba, la situación en Sudamérica ha mostrado cierto alivio en virtud de medidas gubernamentales de control y represión de la deforestación.
En contraste, el Congo enfrenta una creciente destrucción de su manto boscosa, impulsada por la inestabilidad y la presión sobre los recursos, sin que políticas eficaces logren contener la tala y la minería a gran escala. Ante este panorama, la comunidad internacional ha empezado a articular mecanismos de apoyo para la conservación de los bosques tropicales que van más allá del sistema de créditos de carbono, que no ha demostrado resultados contundentes.
Una de las propuestas recientes más destacadas es el Fondo Bosques Tropicales Para Siempre, impulsado durante la cumbre climática COP30 organizada en la Amazonia. Su objetivo es incentivar la protección de las selvas vírgenes mediante el pago de una renta anual de 4 dólares por hectárea de bosque intacto, con la promesa de compensar a los países que eviten la deforestación.
Balzter considera que “este mecanismo podría ser más eficaz que los créditos de carbono, que recompensan las emisiones ‘evitadas’ y que en muchos casos han demostrado ser inútiles”. Pese a las promesas, hasta la fecha el fondo apenas ha recaudado 6,600 millones de dólares, lejos del objetivo de 25,000 millones. “Es muy importante que este mecanismo funcione, y que lo haga con rapidez, para intentar revertir esta tendencia de la biomasa de los árboles africanos a liberar carbono a la atmósfera”, concluye el investigador, poniendo el acento en la urgencia de acelerar soluciones que permitan conservar lo que queda de los grandes bosques del continente.
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