El telescopio Neil Gehrels Swift de la NASA fue una herramienta decisiva para estudiar los fenómenos más extremos del cosmos.
Desde 2004 detectó estallidos de rayos gamma, destellos breves y violentos que surgen cuando mueren estrellas gigantes o cuando dos objetos compactos chocan y liberan más energía que el Sol en toda su vida.
Ese trabajo convirtió a Telescopio Espacial Swift en un observatorio clave. Sin embargo, después de más de dos décadas en el espacio, su órbita descendió hasta un punto crítico.

Sin propulsores para frenarlo, el telescopio enfrentó una reentrada inminente. Su desaparición parecía segura, hasta que la NASA eligió una alternativa poco común: permitir que una empresa privada intentara capturarlo y elevarlo de nuevo a una altitud segura. Esa decisión creó un caso único que podría cambiar el futuro del mantenimiento de satélites.
Swift se desplazó durante años en una órbita de 600 kilómetros, pero el roce constante contra la atmósfera superior redujo su altura hasta los 400 kilómetros.
Ese descenso aceleró su caída y redujo el margen de respuesta. Para la NASA, la pérdida del observatorio significaba más que la desaparición de una herramienta científica. También implicaba renunciar a un tipo de observación que ningún otro instrumento reemplazó por completo.

Por eso la agencia recurrió a Katalyst Space Technologies, una empresa joven con sede en Arizona que recibió un desafío mayúsculo: diseñar y ejecutar la primera misión privada destinada a capturar un satélite gubernamental no preparado para mantenimiento.
El plan giró alrededor de un cohete poco convencional. En lugar de despegar desde tierra firme, el vehículo Pegasus XL viajará bajo el fuselaje de un avión L-1011 Stargazer. Cuando la aeronave alcance unos 12.000 metros de altitud, liberará al cohete, que encenderá motores y ascenderá hacia la órbita terrestre baja.
Pegasus cuenta con un historial de 45 misiones y una capacidad de carga de casi media tonelada. Su disponibilidad permitió encajar la misión dentro de un calendario extremadamente corto: ocho o nueve meses entre la adjudicación del contrato y el lanzamiento previsto para 2026.

Ese ritmo contrasta con operaciones históricas como las reparaciones del satélite Solar Maximum o del Intelsat VI, que demandaron años de preparación.
Katalyst trabajó desde el inicio con un margen de error mínimo. La empresa ajustó el plan de inserción orbital de acuerdo con las variaciones naturales de la órbita de Swift. El telescopio continúa descendiendo y su geometría cambia de forma constante. Cualquier aproximación requiere una coincidencia precisa de tiempos y posiciones.
Por eso, los ingenieros de Katalyst elaboraron trayectorias alternativas y analizaron escenarios en los que el lanzamiento necesitaría modificar su objetivo.
El reto técnico de capturar un objeto no preparado para mantenimiento

Swift nunca fue diseñado para recibir asistencia en órbita. A diferencia del Hubble, que incluyó un mecanismo de acoplamiento y zonas reforzadas para intervenciones humanas, este observatorio carece de puntos obvios de agarre.
Sus paneles solares, sus antenas y sus ópticas forman un conjunto sensible que no tolera una aproximación brusca.
Además, sus detectores deben evitar cualquier exposición directa al Sol, la Tierra o la Luna, porque la luz intensa podría dañarlos.
Para resolver ese problema, los equipos de Katalyst realizaron lo que varios de sus ingenieros describieron como “un trabajo detectivesco”.
Revisaron fotografías del satélite antes del lanzamiento original, consultaron con especialistas que participaron en su diseño y estudiaron los planos históricos de Orbital Sciences, la empresa que construyó el observatorio y que hoy es parte de Northrop Grumman.
Ese análisis permitió identificar un punto principal de sujeción y varios alternativos. La nave de rescate utilizará tres brazos robóticos. Estos brazos deberán acercarse de forma lenta y con movimientos extremadamente controlados hasta rodear el telescopio sin tocar ninguna zona peligrosa.

Antes de ese momento, la nave realizará una inspección detallada. Después del lanzamiento, el vehículo de Katalyst entrará en una órbita similar a la de Swift y comenzará un acercamiento suave durante dos o tres semanas.
Ese periodo servirá para captar imágenes de alta resolución y verificar el estado real del observatorio. Cualquier daño no registrado o cualquier elemento sobresaliente podría modificar por completo la estrategia de captura. Si las imágenes revelan cambios significativos respecto de los planos originales, la operación deberá adaptarse de inmediato.
El vehículo de rescate mide 1,5 metros y pesa unos 350 kilos. Su sistema de guiado fue optimizado para sostener una aproximación casi quirúrgica. Los ingenieros de Northrop Grumman indicaron que la mayor parte del hardware necesario para la misión ya se encontraba lista antes del anuncio oficial, lo que permitió acelerar los tiempos y ajustar el plan sin retrasos mayores. El presupuesto total asciende a unos 30 millones de dólares, una cifra modesta frente a los 500 millones de dólares que costó la construcción original de Swift.

Una operación que puede inaugurar una nueva era de servicios en órbita
Si la captura concluye con éxito, la nave elevará el telescopio hasta recuperar su altitud original de 600 kilómetros.
Ese impulso podría otorgar a Swift una expectativa de operación comparable a la que disfrutó en sus primeros veinte años. De concretarse, este rescate marcaría la primera vez que una nave privada captura y reubica un satélite científico gubernamental que no fue diseñado para recibir mantenimiento. La NASA y Katalyst consideran que ese logro abriría una puerta inédita para la sostenibilidad de misiones futuras.
Kieran Wilson, vicepresidente de tecnología de Katalyst, sostuvo que el equipo modificará cualquier parámetro necesario para adaptarse a las condiciones reales del telescopio. Señaló que el lanzamiento programado para junio de 2026 es un compromiso firme y que el progreso dependerá de un monitoreo constante de la órbita de Swift.

Wilson también afirmó que este proyecto surgió después de la experiencia que la empresa obtuvo en 2024, cuando lanzó dos satélites en una misión compartida de SpaceX. Parte de la tecnología probada en ese vuelo será utilizada en la operación actual.
El carácter urgente de la misión se combina con un enfoque experimental. La NASA explicó que esta estrategia permitirá probar una modalidad de intervención ágil y privada capaz de resolver situaciones que hasta ahora dependieron de misiones tripuladas costosas o de reemplazos completos de satélites.
En un futuro cercano, la agencia imagina constelaciones enteras con mantenimiento rutinario en órbita gracias a vehículos robóticos especializados.

La operación también demuestra un cambio en la forma en que las agencias espaciales conciben los rescates orbitales. Hasta hace pocos años, la idea de capturar un observatorio científico sin mecanismos preparados para acoplamiento parecía imposible.
La experiencia previa mostraba que los astronautas podían reparar instrumentos complejos, como el Hubble, pero siempre con asistencia humana. La misión de Swift avanza hacia un modelo distinto, en el que una nave autónoma evalúa, decide y ejecuta un rescate completo sin intervención directa.
La cooperación público-privada resulta central en este nuevo enfoque. Pegasus XL, el avión Stargazer, el equipo de Katalyst y los especialistas de la NASA forman una cadena técnica y organizativa que busca realizar en meses lo que antes tardaba años.

Si este tipo de intervenciones logra consolidarse, el costo de extender la vida útil de satélites científicos o comerciales disminuiría de forma considerable. La industria podría disponer de vehículos de rescate preparados para actuar en plazos breves, lo que reduciría pérdidas y mantendría activos valiosos en funcionamiento durante décadas adicionales.
El caso de Swift ilustra esa visión. Sin este plan, el telescopio terminaría en la atmósfera antes de 2027. En cambio, si la operación avanza según lo previsto, el observatorio recuperará su altura original y volverá a ofrecer datos cruciales sobre los estallidos de rayos gamma y otros eventos de alta energía.
El rescate evitará la pérdida de un instrumento irremplazable y pondrá a prueba un método que podría aplicarse a numerosos satélites que hoy carecen de sistemas de mantenimiento.

La década próxima incluirá más misiones robóticas, más empresas capaces de intervenir en órbita y más cooperación directa entre el sector privado y las agencias científicas.
La misión de Katalyst nació de la urgencia, pero también de la oportunidad. Si Swift vuelve a su órbita inicial, ese regreso demostrará que los rescates espaciales no necesitan depender de astronautas ni de grandes presupuestos. Podrían convertirse en un servicio frecuente, rápido y accesible.
El camino hacia ese futuro comienza con un telescopio que todavía observa los fenómenos más violentos del universo y que ahora espera una segunda oportunidad sobre la Tierra.
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