“¡Me acordé una más!”, dice Mora Godoy, y pasa a relatar una anécdota: la noche que un ex novio fue a verla a un show en la Usina del Arte y, por casualidad, se ubicó al lado de quien por entonces era su pareja. “Cuando se abre el telón y veo que estaban sentados juntos... Nunca voy a saber si hablaron, pero fue divertido”, dice, sonriendo.
Porque más que un reportaje, se tratará de una charla íntima atravesada por las confesiones y las infidencias. Esta canceriana de 53 años nacida en La Plata se dejará ver como cada vez que pisa un escenario con la excelencia de una bailarina clásica egresada del Teatro Colón.
Lo suyo es el tango, claro: con su talento deslumbró al planeta, como en aquella gala del G20 en 2018 en la que bailó ante los principales mandatarios. Aunque ahora -como explica- el mundo sea otro: luego de la pandemia las fronteras parecen cerrarse. Pero a Mora nada la detiene. El 11 de Diciembre se presenta en el Teatro Broadway con La maquina tanguera mientras prepara el espectáculo con el que hará temporada en Mar del Plata, Punta del Este y más tarde, el interior de la Argentina.
La fundadora de Casa Mora, en Santa Fe y 9 de Julio, allí donde funciona su academia y también se brindan clases especiales para turistas, transita un momento especial. Tras haber latido con fuerza con amores profundos, su corazón está en calma. La atención se ubica en su hija, ya estudiante universitaria. Y además, en reconstruirse a sí misma, según dice, luego de una pandemia que no solo modificó su trabajo, sino también su vida: la muerte de su padre todavía es reciente. Y dolerá siempre.
Al fin, amor -para una mujer apasionada-, profesión -para quien se define como una adicta al trabajo-, maternidad -para una mamá dedicada, pero que carga con culpa-: Mora Godoy habla de todo eso. Y dan ganas de escucharla, tanto como de verla sobre las tablas.

—¿Tuviste pareja abierta alguna vez?
—No, no tuve. Pero a ver, he sido muy fiel con algunos novios y muy infiel con otros. ¿Y sabés lo que me divertí con algunos siendo muy infiel? No me preguntes por qué: soy las dos personas.
—¿Por qué eras infiel?
—Porque ser leal a mí misma. Por ahí no estaba tan bien en la relación. O sí estaba bien, porque no hay que buscar pretextos: “Ay, pasó por tal cosa”. No.
—¿Pero te quedabas en esa relación?
—Sí. No se enteraba. El hombre quiere que la otra se entere (que le fue infiel), pero la mujer, cuando no quiere, no se entera. Somos más vivas.
—¿Nunca te descubrieron?
—No, no. En una temporada en Mar del Plata, estaba saliendo con tres a la vez. Yo trataba de que no coincidieran los días: uno venía al show un día; otro, al otro día. Pero una noche vinieron a verme dos. ¿Qué hice? Los senté en distintos lugares y después les dije a los dos: “Me voy a comer a tal lado (con la gente de la obra), nos vemos mañana”. Fuimos a una pizzería conocida y los dos me cayeron a la pizzería. Como no hay dos sin tres, ¡cayó el tercero! No me preguntes cómo se enteró. Entonces, ¿cómo salís de esa?
—¿Yo? Llorando.
—Muy inteligentemente, yo estaba con mi hija. La senté al lado mío y a cada uno, al oído, le dije: “Está la nena”. Y me fui con ella. Pero fue muy gracioso: después, me reía sola…
—Pero, ¿terminaste cenando con los tres?
—Con los tres. Y ninguno se dio cuenta.
—Es agotador.
—Es agotador: ahora no lo hago ni loca. Ahora estoy tan contenta de estar soltera. Pero ese verano de 2019 no me lo olvido más.
—Estabas muy sexual ese verano.
—Sí, re. ¡Re! Estaba a full. No me había bajado la menopausia que tengo ahora (risas). Era un fuego, la pasaba bomba, me divertía. Después vino la pandemia, que trajo mucha tristeza en mi vida por muchas cosas. Pero ese yo tenía una felicidad. Y a ninguno le dije: “Soy tu novia”. Yo salía, no había un título.
—Decís que en ese momento eras fuego, que no había llegado la menopausia.
—Tremendo...
—¿Cómo estás con eso?
—Es espantoso. Primero, te secás por completo: estoy poniéndome cremas todo el tiempo. Llevo cinco años y te saca mucha energía: estás permanentemente cansada, duermo muy mal a la noche. Cuando te agarra ese calor sofocante y estoy en un show, parece que me voy a infartar. Cuando termina la función estoy 15 minutos en el camarín tranquila, secándome y bajando un cambio. Pero es durísimo. Ahora entreno más que antes para poder soportar esta cosa del aluvión que te viene, que te prendés fuego por dentro, porque es literal. Si los hombres supiesen lo que vivimos... Por suerte, no a todas las mujeres les pasa. Pero yo no puedo creer lo que es: una tortura.
—¿Estás tomando algún suplemento?
—Me la venía bancando hasta que fui al ginecólogo y le dije: “Dame algo, porque tengo temporada en Mar del Plata y mucho show privado”. Quiero algo para poder pasarla un poquito mejor: que vuelva esto de las cenas en la que se encuentren varios, que me vuelva a dar ganas de salir con alguien...
—¡Dame deseo sexual! ¿Cómo se compra?
—(Risas) Claro. ¡Dame cinco!
—Llegaste a la menopausia con un gran estado físico, con una masa muscular alucinante.
—Sí, que tenés que cuidar porque la menopausia es como un enemigo adentro, todo el día y toda la noche. Cada tanto estoy con alguien: a la noche te prendés fuego, tirás todo lo que tenés encima, el otro se destapa; después te viene el frío y te congelás. Entonces, parece que estás loca. Al otro ya se lo digo, no tengo problema, pero hasta hace un par de años no me animaba a decírselo, no quería.
—¿Por qué no te animabas? ¿Por la mirada social?
—No, no. Por mí. Porque al hombre no le pasa nada.
—¿El deseo aparece?
—En este momento no, porque entreno mucho. Y estoy con muchos shows: estresa armarlos. Hay un reacomodamiento en mi vida personal y profesional después de la pandemia. El mundo está en guerra y ahora no hay tantos tours: pensá que yo iba mucho a China, a Rusia. El mundo se está reacomodando y yo, también: me quedo en el país, hago shows privados. Hay muchas empresas internacionales que quieren verme y les armamos especialmente un show privado. Se produce desde mi compañía. Y además, mi hija tiene 18 años: estoy pendiente y dedicada a ella.
—¿Hoy sos más artista o más empresaria?
—Las dos. Nunca lo dije, pero desde hace años hago mucho negocio inmobiliario. Soy una persona que nunca se compraría esas carteras que todos conocemos: caras, de marca. He podido comprármelas, pero eso siempre se transformó en ladrillo. He visto muchos colegas míos, bailarines de tango, que en su época de oro compraban tapados de piel, relojes, autos. Y para mí, siempre fue el ladrillo. Eso me permitió estar tranquila en la pandemia y poder quedarme en mi casa con mi hija y con mi papá, acompañándolo en una enfermedad terminal.
—¿Hoy cuántas propiedades tenés?
—Varias. No quiero decir, porque una cuestión de protección.
—¿Podrías vivir de eso?
—Vivo de eso desde hace años. Pero ese dinero lo invierto en los shows. No entiendo por qué el Estado, el privado y el sponsor, porque no le podemos echar la culpa a uno solo, no invierten en la cultura tanguera. A mí, es algo que me ocupa. El éxito está hecho de mil fracasos, como decía mi papá, y de nuevo voy con la carpetita y pido. Porque además estoy muy sola para todo: soy yo la que si no estoy fuerte, si no estoy bien y si no peleo por lo mío...
—¿Por qué estás sola?
—Me refiero a que no tengo al lado alguien de poder o me dé un trabajo súper. Soy una artista que se maneja muy sola en un área, el tango, donde te cuesta mucho que te den bola. No tengo una pareja de muchos años que, por ejemplo, es mi manager.
—Hablemos de la pandemia: decís que se juntaron un montón de cosas. ¿Qué pasó?
—Estoy reconstruyéndome. La pandemia fue muy dura para todos. Y no me refiero solamente a lo económico, que también es importante. Estuvimos dos años encerrados y me angustié muchísimo, pero me mantuve estoica y bien para poder atender las necesidades tanto de mi hija, prioritariamente, como de mi papá, que se enferma de cáncer a finales de 2020. Le sacaron un riñón y lo traje a vivir conmigo. Como no podían entrar enfermeras, yo fui su enfermera: tuve que aprender todas las curaciones porque el tajo era de acá hasta acá. Todo, absolutamente todo, lo hice en casa yo, sola, porque me lo mandaron al otro día de la operación porque estaba en terapia intensiva y en la sala todos tenían COVID, se iba a contagiar.
—¿Se quedó siempre en tu casa?
—Desde ahí hasta que murió, el 15 de diciembre del año pasado. Hizo metástasis de pulmón y fue muy duro: él quería vivir y la re peleó.
—¿Llegó a entender que se moría?
—No lo podíamos hablar... Todos los días cenábamos y nos matábamos de risa viendo programas políticos. Él era economista, militó siempre en el Partido Comunista, pero decidió ser tachero. Y creo que me hace empresaria porque volcó en mí lo que él no quiso hacer. No es que no pudo: no quiso. Era feliz yendo con el taxi a dar la vuelta, venía a dormir la siesta y después, volvía a salir. A los 15 minutos estaba en Boedo en un boliche, con todos los amigos, matándose de risa jugando al ajedrez. Eso es vida.
—No pudiste hablarlo con tu papá, ¿pero en algún momento vos entendiste que se moría?
—Sí, pero lo negaba. Yo veía que ya no podía respirar. Me decía: “Ayer casi me muero, me tuve que poner de costado porque me ahogaba”. Igualmente, hacía chistes, se reía, le ponía onda. Pesaría 50 kilos, como mucho. Fue duro.
—¿Te despediste?
—No pude, no pude... Los últimos dos días no pude ir al hospital.
—¿Por qué?
—Fui el viernes. “Por favor, llevame a casa”, me dijo. No estaba en condiciones para llevarlo, estaba todo enchufado. El domingo, cuando estaba yendo para ahí, había fallecido. Sentí que él y yo no podíamos... Creo que nos dijimos todo sin hablar del tema. Nos acompañamos. Y él me acompañó muchísimo en mi carrera. Hablo mucho de él ahora porque lo extraño mucho, me hace falta. Lloro mucho. Nunca había llorado, ¿sabías? Hace unos días voy a un programa y hablo de mi papá. Al salir, me choco con una señora. “Perdón”, le digo. “Mora, tu papá me dijo que te diga algo”, me dice. “¿Cómo?”; “Sí, yo viajé con tu papá y me dijo que si algún día te encuentro, te diga lo orgulloso que está de vos”. Me mató. No lo podía creer. La abracé, me puse a llorar.
—Qué fuerte esas señales, cuando además uno las necesita.
—Sí, porque sentí que no me había despedido y es como que dije: “Papá, decime algo”. Justo fue eso.
—Pase lo que pase, nunca parás de trabajar.
—No, a pesar de las adversidades, porque hoy a la cultura le cuesta un poco, hacer un teatro desde la producción privada no es tan fácil. Y yo no tengo un multimedio atrás. Me encantaría. O sea, levanto la mano: “Prodúzcanme ya, chicos; estoy agotada”. El 11 de diciembre, en el Día del Tango, nos vamos a presentar en el Teatro Broadway con un espectáculo que tiene un homenaje a mi papá, con “Adiós, Nonino”. Me cuesta un montón hacerlo porque lloro.
—¿Este espectáculo será el de la temporada?
—Sí. Desde el 24 de enero al 6 de febrero vamos al Teatro Colón de Mar del Plata y el 13 de febrero vamos el Enjoy Punta del Este. Después tenemos funciones por el interior del país. Y shows privados, siempre: vienen príncipes de Asia especialmente a Casa Mora.
—¿Te quiso levantar algún príncipe?
—No. Ojalá... (risas). Creo que no soy el perfil. Quieren otro perfil.
—¿Cómo se organiza un show para príncipes?
—Y... es un bardo. Tiene que estar todo impecable. Por ejemplo, ellos traen un montón de flores al lugar: lo llenan de flores. La comida tiene que ser de determinada manera, aunque esa parte la hacen ellos; nosotros hacemos el show.
—¿A vos te llama alguien y te dice “hay que organizar esto”?
—Sí, pero no lo puedo decir. Ni el día puedo decir.
—¿Quién negocia la plata?
—Mamá (se señala).
—¿Vos?
—Sí.
—¿Te bancás negociar la plata?
—Sí, me encanta. Mi papá economista me enseñó, me hizo experta. Soy muy buena, pero no impongo. Mi papá me dijo: “No impongas algo porque te cerrás a la negociación”.
—Y tal vez los príncipes estaban dispuestos a dar más...
—Claro. Es como que lo vas llevando. Los shows privados los pueden contratar conmigo y sin mí; con orquesta, sin orquesta; con cantor, sin cantor; con tres parejas, con cuatro, con seis.
—Tenemos para todos.
—Todos los gustos. Hay un menú y una carta.
—Y viene el príncipe, o no sé, los príncipes: ¿cuántos son?
—Creo que uno. O dos. No sé.
—Y viene una comitiva.
—No te dicen. Es muy chica la comitiva.
—¿O sea que hacés el show para dos, cinco, diez personas, lo que sea?
—Claro.
—¿Hiciste shows para solo dos personas?
—Sí, sí. Hice para dos, tres personas.
—¿Y nunca nadie se desubicó?
—¿Sabés que no? Me tienen terror. Se ve que impongo una cosa de disciplina. Por ahí alguno que otro me ha dicho (algo), pero desubicarse, no.
—¿Alguna vez quisiste que alguno se desubique?
—Sí, muchas. Pero no pasó (risas).
—Y cuando sucede algún evento como ese de los príncipes, ¿te das vuelta y va al ladrillo, y no a la cartera o a un viaje en primera a algún lugar?
—Va al ladrillo o al show. No va a una cartera, a ropa cara, a pasaje en primera. Eso mi hija me lo discute a veces. Igual es un amor, lo más humilde, siempre sabe lo que es el esfuerzo, lo que trabajo. En casa no sobra, se compra lo justo de comida. Una vez me dijo: “Mamá, el papel higiénico un poco más suave. Yo sé que ahorrás en todo, que te fijás en todo, pero es lo único que te pido”. Fue genial. Ahora se lo compro porque hubo una discusión con eso. No, no, soy tremenda. Soy cero miserable, pero cuido el mango a full. Me encanta que el dinero esté invertido donde tiene que estar invertido y disfrutarlo, pero no en pelotudeces.
—Esa inversión, ¿te da tranquilidad? Porque está la inestabilidad en el trabajo del artista.
—Sí, me da tranquilidad. Por mí y por ella, porque somos las dos solas. Yo no soy religiosa entendés, no tengo ese tipo de culpa, pero tengo otra: no haber estado en los primeros años con mi hija tanto como hubiese querido.
—¿Se lo dijiste?
—Sí, se lo digo siempre, y me dice: “Mamá, basta, no me lo digas más”. Pero sí, siento mucha culpa. Y le pido disculpas, no todos los días, pero mucho.
—¿Y le decís cuánto la amás?
—Sí, sí. Dice que soy muy pesada.
—Hubo muchos momentos en que ella fue la única para vos y vos, la única para ella.
—Sí. Somos muy pegadas, muy unidas. La acompaño mucho en su nueva etapa de facultad: estudia Diseño Gráfico, está fascinada y le va rebien. Si bien tenemos familia y nos acompañan mis primas, mis tías, mi mamá, a veces nos sentimos muy solas. La pandemia fue muy dura por lo que ya conté de mi papá, pero también por lo que hizo el Teatro Metro con dos empresarios de la mano de Mariana Brey, con la cual tenemos un juicio desde hace cinco años.
—¿Volviste a hablar con ella en algún momento?
—No tengo por qué hablar con ella porque es una persona violenta. Lo que hizo fue de una maldad... Y una mentira, además: se armó una operación. Al principio se le mandó una carta documento para que se retracte y dijo que no. El juicio siguió y ya está probado que es mentira.
—¿Ella alguna vez te llamó para terminar la situación?
—No.
—¿Le estás pidiendo algún resarcimiento económico?
—Millonario, sí. Que va a ir a las becas de capacitación, por supuesto. O a comprarle lo que mi hija quiera, porque sufrió muchísimo. Mi papá también: se murió preguntando si ganamos el juicio.
—¿Cómo surgió ese conflicto?
—Nos echan de (Teatro Metro) Tango Porteño y pedimos que nos paguen. Y obviamente, yo defendí a los bailarines. ¿Cómo no los voy a defender?
—¿Y qué fue lo que dijo Mariana?
—Al poco tiempo apareció sentada en LAM con dos bailarines, que seguramente pusieron (los empresarios del Teatro Metro) Víctor Blanco y Diego Mazer, a decir que yo los había estafado. ¿Sabés cuántos años llevaban esos bailarines en Tango Porteño? 10 o 15 años. ¿Sabés cuánto estuvimos nosotros con show? Un año y medio.
—¿Mariana no pudo hacerlo de buena fe?
—No, porque ella dice que vio los documentos. Y los documentos decían que todos los contratos de los bailarines eran con Teatro Metro. Entonces, ¿qué papeles vio? O además de tener maldad, tampoco sabe leer... Y sí sabía. Ella pensó que destruir a una persona que es jefa de familia es gratis. Y no es gratis.
—¿Querés decir cuál es el monto que estás pidiendo?
—Empezó con cinco millones, hace cinco años. Ahora debe estar en 20 y pico, porque va con los intereses. Que para el daño que hizo, te digo que no es nada. Mi conducta fue intachable toda la vida y lo va a seguir siendo.
—En Casa Mora estás haciendo un trabajo con chicos en situación vulnerable.
—Sí. Lo hago desde hace muchos años. Formamos bailarines que después trabajan en casas de tango o en shows, o que dan clases. Pueden tener una herramienta para salir de un lugar oscuro, de un lugar difícil. Lo hacemos a pulmón, siempre.
—Y hay algo del acompañamiento de estos chicos y chicas con sus historias, con lo que vienen, con sus sueños.
—Mi papá se hizo de abajo, era paraguayo. Si bien mi mamá viene de clase media, todos los días en estos cinco años la charla con mi papá y con Bianca era el rancho donde vivía: dormía en tres sillas hasta que pudieron comprar un colchón, y se tapaba con diarios porque así se escuchaba al alacrán cuando caía y no lo mataba. Comía una vez por día. Igual era feliz. Entonces, yo tengo una empatía muy grande con lo social, con el que no accede y tiene condiciones. Más no puedo hacer porque no soy el Estado, pero sí puedo hacer desde mi lugar. A la mitad de los chicos que están viniendo desde hace un año los van a ver el 11 de diciembre, porque no es verso: los formamos de verdad y tienen condiciones. Salen de barrios súper vulnerables, de situaciones tremendas, y les damos de comer, porque a veces no tienen para comer. Te duele. Y después, cuando los padres los van a ver al show es un llanterío que ni te cuento...
—¿Cuántos chicos hay hoy?
—20. Tuvimos 40. La mitad está en la compañía. La formación es gratuita, pero después, en la compañía cobran, por supuesto. Y esos chicos pueden llevar un mango a la casa y decir: “Se puede salir”.
—¿Cómo estás viendo hoy el país, Mora?
—Por ahí me equivoco, pero siento que estamos arriba de una bomba de tiempo. No sabemos qué va a pasar. Y todo está muy muy caro: los ingresos se te van enseguida en el vivir, en lo cotidiano. Y no puede no haber una mirada en discapacidad, en el jubilado, en el que menos tiene. Vamos a suponer que dicen: “En tal ministerio o en tal lugar, se afanó”. Bueno, que se hagan las auditorías pero que no se suspendan cosas que… La necesidad es hoy, es inmediata.
