
El 70% de la atención de un paciente está en manos de las enfermeras; por ello, cada una de nuestras decisiones adquiere especial relevancia, pues impacta de manera directa en la calidad de atención que ofrecemos.
Recordemos que la calidad en salud se sostiene sobre tres ejes importantes: la experiencia del paciente, la seguridad y la efectividad clínica. La enfermería desempeña un papel decisivo en cada uno de ellos, porque nuestra cercanía con el paciente y su familia nos permite establecer vínculos de confianza, responder a sus necesidades y asegurar que cada intervención se realice de manera segura y efectiva.
El 30 de agosto conmemoramos el Día de la Enfermería Peruana. Es una fecha que nos invita a reflexionar sobre la verdadera trascendencia de nuestra profesión, en la que buscamos no solo la excelencia en la práctica de enfermería, sino también la capacidad de inspirar a otros, de acompañar en los momentos más vulnerables y de demostrar, cada día, que la empatía y la dedicación son tan importantes como el conocimiento científico.
Ahora bien, para sostener este rol no basta la vocación: se requiere una formación continua. En muchos hospitales y clínicas del país se desarrollan planes de capacitación que permiten a las enfermeras actualizar sus competencias y perfeccionar procedimientos según la evidencia científica más reciente. Además, existen programas que financian la participación de profesionales en congresos y encuentros internacionales, espacios donde se comparte conocimiento de vanguardia y que luego se traduce en mejores prácticas dentro de nuestras instituciones.
La especialización es también clave. Hoy, una parte importante de los enfermeros peruanos cuenta con segundas especialidades, maestrías y doctorados. La formación especializada no solo amplía nuestro conocimiento clínico, sino que también fortalece nuestra capacidad de liderazgo, investigación y toma de decisiones basadas en evidencia. De esta manera, la enfermería no solo responde a las necesidades inmediatas del paciente, sino que también anticipa riesgos, impulsa la innovación y asegura estándares de excelencia que elevan la calidad asistencial en todos los niveles.
El reto, sin embargo, no se limita a la capacitación. Mantener una atención centrada en la persona exige sensibilidad cultural frente a pacientes de distintos orígenes, capacidad de manejar la presión de la productividad sin descuidar la experiencia del paciente, y un equilibrio frente al desgaste emocional propio de nuestro trabajo. Requiere también de un trabajo en equipo sólido con otros profesionales de salud, basado en el respeto y la comunicación efectiva.
Estoy convencida de que los cambios más urgentes no son únicamente estructurales, sino culturales: necesitamos garantizar una cultura justa dentro de las instituciones, reconocer el valor del rol enfermero y promover un respeto real a nuestra voz profesional.
Porque donde hay calidad en salud, siempre enfermería está presente.
