
Cecilia está por cumplir 50 años y fue en julio, sumida en el letargo espeso de la cuarentena, que llegó a una conclusión:
—Si no me apuro, se van a morir todos.
Después, se sentó frente a su computadora, buscó fotos de sus primeros años de vida y escribió: “Si te dijeron que tu bebé murió, no fue así. Me vendieron y te estoy buscando”.
El “se van a morir todos” está, lógicamente, basado en las edades de los actores principales de su historia. Ya murieron la partera y el médico: los profesionales de la salud que guionaron una trama que incluyó, entre otros detalles de ficción, a una mujer disfrazada de embarazada.

Murieron también su mamá y su papá “de crianza” —a quienes todavía le cuesta llamar “apropiadores”—, y los parientes que podían confirmar o refutar algún detalle de la verdad que terminó revelándose. Lo que Cecilia no sabe es si la chica, la joven o la mujer a la que hicieron ir de esa clínica privada con los brazos y el ataúd vacíos alguna vez se enteró de la mentira.
Cecilia Braceras tiene 49 años, vive en Córdoba Capital y ahí mismo pasó su infancia junto a sus “padres” y a su hermano mayor. Conoció de grande la diferencia entre una adopción legal y la apropiación de niños pero dice que tuvo “una infancia de princesa” y que, por eso, le cuesta llamar a las cosas por su nombre. “Mi mamá, la voy a llamar así porque siempre la llamé así, era maestra y amaba a los chicos. Me llevaba a danzas, pasaba horas bordando los trajes para mí, me adoraba”, cuenta a Infobae.

La mujer —que había pasado varios años intentando quedar embarazada y no lo había logrado— preparó el terreno apenas Cecilia empezó a crecer. “Ella, y mi viejo también, me fueron metiendo el bichito de que ser hijo adoptivo era mejor. Decían que los hijos biológicos no siempre eran buscados y deseados pero los adoptivos sí, porque eran del corazón, el resultado de ‘cuando querés mucho pero no podés’”.
Era un tema usual en casa, por eso Cecilia nunca terminó de entender por qué su mamá se ponía a llorar cada vez que ella le decía “má, quiero ser adoptada, por favor, decime que soy adoptada”.

El recuerdo que sigue en la cadena pertenece a la adolescencia. De fondo, sus padres discutían. “Yo tenía 15, 16 años, no recuerdo por qué peleaban pero debe haber sido por este tema”. Lo que la mujer le dijo después a Cecilia no fue del todo claro, aunque ella lo entendió.
“Me dijo ‘pensá en un panadero. ¿Quién es el que hizo el pan? ¿El que lo amasó, se quedó esperando que leudara y tomara temperatura y cuidó todo el proceso, o el que sólo lo metió en el horno?’. Estaba haciendo una analogía entre una madre que sólo te parió y otra que te cuidó toda la vida”, traduce Cecilia.
La analogía tenía un problema en su matriz, aunque Cecilia lo supo varios años después. Su mamá biológica no la había dado en adopción: si la mujer no había tenido chances de parirla y también de ocuparse del maternaje fue porque le habían mentido y se la habían robado.

“Enterarme de que era adoptada no fue un escándalo, al contrario, yo estaba chocha. Me habían hecho la cabecita para eso”, sigue. “Tan contenta estaba de que era ‘hija del corazón’ y que eso era más valioso que ser hija de la panza, que no pregunté más nada”.
Durante los meses y años que siguieron, sin embargo, Cecilia empezó a tener dudas concretas: “'¿Cómo habían dado conmigo?, ¿cómo había sido la adopción?, ¿quién era la mujer que me había tenido?'. Pero fue difícil obtener respuestas, cada pregunta tocaba las terminaciones nerviosas de un tema muy doloroso para ella, que era el hecho de no haber podido tener hijos, así que se abría un poco, contaba algo y enseguida se volvía a cerrar”.
Sin embargo, Cecilia sabe más que muchos otros hijos apropiados que fueron criados por matrimonios (escoltados por abuelos, tíos, primos, vecinos) que se llevaron el secreto a la tumba.

Fueron tres escenas distintas y, juntas, dejan en evidencia el funcionamiento de la maquinaria. La primera corresponde a la llegada de su hermano.
“Lo que mi mamá me contó es que la atendía un doctor de apellido Carballo en una clínica privada de ginecología y obstetricia de Córdoba Capital. Que él sabía todo lo que había pasado para intentar tener un hijo”, desarrolla Cecilia.
“Un día los llamaron para avisarles que había una chica que iba a entregar a su bebé”. Según le contó, la madre biológica de ese varón era una chica que no podía o no quería tenerlo, por lo que ellos siguieron de cerca el final del embarazo hasta que el bebé nació.
“Y para que nadie sospechara cuando mi mamá llegara a casa con un recién nacido, usó un almohadón para parecer que estaba embarazada”, cuenta. “Fue una venta, el médico y la partera se lo vendieron, mis viejos pagaron en efectivo. Sé que pagaron los gastos médicos de la mamá biológica pero no tengo idea si ella también recibió un pago”.

Un tiempo después les avisaron que había otro bebé disponible. “Mi viejo, que se dedicaba a la compra y venta de autos, fue a la clínica con un cheque. El médico le dijo que no aceptaba cheques, sólo efectivo, así que mi viejo se fue hasta lo de un cuñado para que se lo cambie”. Se ve que la venta era al mejor postor porque “cuando volvió a la clínica ya había sido entregado”, sigue Cecilia.
Después vino ella. “Mi caso no es igual al de mi hermano, aunque los dos fuimos comprados”, advierte.
“Quien llamó a casa fue Sara Echegaray, la partera que trabajaba con el médico. Cuando llegaron a la clínica, a mi mamá le abrieron la puerta de una habitación y le mostraron a la chica que estaba a punto de tener familia. Mi mamá no se olvidó de ella nunca, decía que tenía dedos largos, como de pianista, y que éramos muy parecidas. Después internaron a mi mamá en la habitación de al lado, fingiendo que ella también estaba por parir. Cuando la chica dio a luz, le dijeron que la beba, o sea yo, había nacido muerta”.

Nadie sabe si la chica confió, por qué no pidió reconocer el cuerpo de la bebé, si alguna vez sospechó de la mentira. Lo cierto es que, recién nacida, a Cecilia la llevaron a la habitación de al lado y la pusieron sobre el pecho desnudo de la mujer que la crió. En la partida de nacimiento dice que Cecilia nació el 15 de noviembre de 1970, aunque todo indica que nació el 12.
“No hubo almohadón en mi caso, me dijo que usaba ropa holgada para disimular que nunca había tenido panza y, una vez que me retiraron, se fueron un tiempo a la casa de una tía para que los vecinos del barrio no sospecharan. Pagaron en efectivo, por la experiencia anterior mis viejos ya sabían que en la clínica no aceptaban cheque”.

Cecilia quedó girando en falso con toda esa información. Y la llegada de un amor primero y de una tragedia después terminó obligándola a dejar su historia de origen en pausa por mucho tiempo.
De amor y tragedia
Era 1990 y tenía 20 años cuando Cecilia se enamoró de un médico haitiano que había dejado su país e ido a vivir, precisamente, a la misma manzana que ella. Se casaron cuatro años después y tuvieron dos hijos siendo muy jóvenes: Alan y Melanie Jean François.

“A pesar de mi historia, no tuve miedo de que me robaran a mis hijos cuando nacieron, algo que sé que les ha pasado a otras mamás que fueron apropiadas al nacer. Creo que me ayudó que fueran de otra raza, porque eran absolutamente reconocibles”, sigue.
No habían cumplido cinco años de casados cuando ocurrió la tragedia. “Mi marido venía de la guardia reventado de cansancio y pasó por otro pueblito a llevar unos medicamentos. Se durmió y chocó de frente. Murió en el acto. Quedé viuda a los 28 años con un hijo de 3 años y una nena de un año y medio, imaginate eso. Mis viejos fueron los que me ayudaron a salir adelante, por eso, pese a que sé todo lo que hicieron mal, me cuesta verlos como uno se imagina a un apropiador”.

Su padre de crianza tampoco sabía demasiado sobre sus orígenes biológicos. “Cuando empecé a preguntar él me llevó a la clínica, que no existía más, y dijo que era el único dato que podía darme. Me contó que había ido a ese lugar, que había pagado y se habían ido conmigo sin preguntar nada”.
Ninguno de los dos se autoflagelaba por lo que habían hecho: “Ellos sabían que estaba mal pero, como todos los que compraron bebés, se habían armado una historia para autoconvencerse, así como a nosotros nos habían hecho el cuentito. En el caso de mi hermano la historia era que su mamá no lo quería, le habían salvado la vida; en mi caso no hay justificación”.
Cecilia pasó más de una década tratando de reconstruir los pedazos hasta que otra mentira la impulsó a volver a interrogar a su mamá cuando la mujer ya era muy mayor. “Como yo soy grandota, tengo un color de ojos raros y tengo dos hijos de raza negra, cada vez que alguien me preguntaba de dónde era mi familia yo contestaba: ‘Mi abuelo italiano, mi abuela alemana’. Y en un momento pensé ‘yo no puedo seguir contestando esto, es mentira’”.

La única información nueva que pudo conseguir —que luego confirmó o, al menos, repitió un tío— es que su mamá biológica no era de Córdoba, por eso la búsqueda que arrancó en cuarentena empieza así: “¡Atención Rosario!”.
El resto es rogar que, a diferencia de todo el resto, esa mujer siga viva. Que el cuerpo que no vio alguna vez le haya despertado dudas y que tenga más ganas que miedo, 50 años después, de conocer a la beba que recibió y despidió, en un mismo acto, en aquella clínica cordobesa.
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