
Hace muy pocas semanas, recorrieron el mundo las imágenes desgarradoras de la violencia desatada en las favelas de la icónica ciudad de Río de Janeiro, destino de millones de turistas de todo el mundo. Allí conviven desde hace décadas las bellezas de sus playas, una desigualdad social casi impúdica y zonas donde la pobreza y la exclusión social crean espacios abandonados del control estatal. Esos espacios son cubiertos por otras estructuras de poder, generalmente vinculadas al narcotráfico.
En esta oportunidad, el operativo policial se denominó “Operación Contención” y procuró detener la expansión criminal en zonas críticas de la ciudad, en las míticas favelas Complexo da Penha y Complexo do Alemão, que tienen capacidad de poder cortar vías claves de comunicación, entre ellas, el Aeropuerto Internacional del Galeão. Nada nuevo en una situación de emergencia permanente, salvo la envergadura del operativo y la cantidad de abatidos, que transformaron la noticia en una de alcance internacional.

Un emporio criminal que se extiende como una mancha de aceite por toda la región
Río tiene más de 1000 favelas y en ellas viven entre un millón y medio y dos millones de personas, casi el 20% de la población del estado, la gran mayoría de esos moradores son excluidos del sistema formal, muchos no son delincuentes, pero sí viven bajo el control de sus sistemas. El comando Vermello –sobre quien actuó el Estado en esta oportunidad–, el Terceiro Comando Puro (TCP) y Amigos dos Amigos (ADA) manejan obviamente el narcotráfico, el tráfico de armas, la prostitución, el sicariato y la trata de personas. Pero esa es la punta del iceberg de un negocio monumental. Dentro de esos límites difusos, donde la policía entra generalmente combatiendo, estas organizaciones son dueñas y señoras del transporte, la provisión de agua y la venta de garrafas de gas, de la salud y la seguridad. Entonces, la población toda, no importan sus ideas o actividades personales, depende de sus estructuras para sobrevivir sin dificultades.
Creemos que podemos reflexionar sobre estos temas con mucho fundamento y carentes de toda soberbia por haber analizado la temática de las favelas de todas las formas posibles a lo largo de 20 años, tanto desde la academia, como desde las Fuerzas de Seguridad y de la política y, fundamentalmente, recorriendo el terreno, esos adrenalínicos laberintos donde se entrecruzan prolijos escolares y empleados bancarios con narcos armados y vigilantes, sin que esto resulte sorpresivo o sorprendente, sino tan solo rutina diaria.

Al ser la seguridad hemisférica uno de los temas centrales en los que fijó sus objetivos tanto la revista DEF como las actividades realizadas por la Fundación Taeda, viajamos al lugar de los hechos para intentar comprender el fenómeno desde todos los ángulos, entendiendo siempre que América Latina padece desde hace un tiempo ya casi infinito una media de 18 a 20 homicidios cada 100.000 habitantes, mientras que la media mundial es tan solo de 5% o 6% y que, el crimen organizado y el narcotráfico son la causa principal de tremenda desgracia. Por lo general, todo esto es pagado por los más vulnerables, y está claro que en la mayoría de las veces, hay connivencia con organizaciones estatales y de seguridad. Tampoco olvidamos que la demanda incontrolable de los países desarrollados aumenta la presión en aquellos que encuentran una salida sencilla a la pobreza endémica, sin importar el costo.
Así, ininterrumpidamente, desde Taeda hemos intercambiado experiencias sobre estos temas en toda América, consultado a jefes de Estado, gobernantes, académicos y expertos en seguridad. Hemos editado varios libros pertinentes y organizado muchos seminarios en distintas capitales de América, y coparticipado en otros similares con diferentes universidades del continente, incluyendo el tema del lavado de dinero, aspecto clave en la problemática que tratamos. Lo antedicho no intenta aportar créditos autolaudatorios, sino certificar nuestra experiencia y compromiso con la problemática, además de comprender que lo más importante, quizás, sea el trabajo de campo que realizamos en estos años en todos los lugares de conflicto de América Latina.

Así, nos internamos varias veces en la selva colombiana, pusimos en agenda a las maras en viajes sucesivos a El Salvador y Guatemala, y creemos tener una mirada profunda e imparcial, seguramente incompleta, pero seria, de los fenómenos de violencia e inestabilidad en México, Bolivia, Perú y casi todos los países del continente. Parte de esa comprensión está en tener claro que muchos de esos problemas son comunes, pero que, en todos los casos, las respuestas de la delincuencia son diferentes, y las soluciones que deben procurar los Estados tienen características particulares; y es literalmente imposible exportar las respuestas de otros, que siempre carecen de la profundidad y de la personalidad milenaria de las localidades en cuestión, cualquiera fueran ellas.
El caldo de cultivo para la expansión de la criminalidad organizada
Volviendo al tema del momento y que motivó el inicio de estas reflexiones, las favelas de Río presentan, casi como ningún otro lugar urbano de conflicto, características excepcionales que, sin una ocupación policial/militar permanente, las hacen casi inexpugnables por su densidad, su compleja geografía y lo enrevesado de sus mínimos accesos. Es sencillo de enunciar, pero hay que hacer ese recorrido para dar crédito a esa realidad. Hemos hecho esta tarea en muchas oportunidades, solos, acompañados por entidades civiles y ONG, como Viva Río o Amigos de Rocinha, y también en ocupaciones formales del Ejército u operaciones del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales), fuerza de élite que opera en entornos de alto riesgo. En cada oportunidad, la situación es riesgosa y tensa, y es difícil imaginar noches y madrugadas en la zona donde los disparos son casi la norma, y las débiles moradas carecen de protección para detener cualquier bala perdida.

En la favela Complexo do Maré se encuentra la Faixa de Gaza (en obvia alusión a la Franja de Gaza, en Medio Oriente), una “avenida” interna que separa al Comando Vermelho de otras organizaciones narco, y cuyas paredes son ejemplo de la violencia extrema con cientos de miles de disparos diarios. La conocimos hace unos años, y su permanencia es el ejemplo de las dificultades que enfrenta el gobierno del Estado y de las fuerzas federales para dar fin a este flagelo incontrolable.
Por supuesto que la situación descripta no escapa, además de su propia problemática, a las generales de la ley:
- Los pésimos controles de lavado de dinero, uno de los peores males de la región que generan la idea de que el círculo delincuencial jamás se cierra, llenando la cárcel de pobres o delincuentes menores.
- Existen en Brasil y en todo el continente sistemas carcelarios atestados y generadores de más violencia, que tienen el control externo sobre la delincuencia libre, ya que desde allí se comanda el narcotráfico a gran escala.

- Muchas veces, la connivencia política y de las Fuerzas de Seguridad rondan lo ilegal, ya que usan parte de ese sector fuera de la ley para fines propios, sean políticos o personales. Existe mucha impunidad en el sector que lo permite, casi siempre sin castigo.
Mientras en el cementerio municipal de Inhaúma ya descansan hace un tiempo las docenas de delincuentes muertos y también se apagaron los sones de ceremonias para los cuatro agentes del orden abatidos, es imposible dejar de pensar que casi nada ha cambiado en estos 20 años en los que escribimos diferentes notas, declaraciones y editoriales que se repiten sin cesar.
Tal vez, el único hecho notorio y determinante sea que aún tratamos el dramático tema de la seguridad regional con los límites geográficos propios del siglo XX. Eso hacen los Estados, la ley, y también nosotros; no es lo que hace el narcotráfico con nuestros límites, ya no permeables, sino inexistentes.
Se trasladan, sin pasaporte ni ley, de un lado al otro, usando a su favor la tecnología, la inteligencia artificial y nuestra ingenuidad con mucho éxito.
Suena la hora del despertar regional; quizás ya sea tarde o tal vez aún estemos a tiempo.
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