
Ubicado en el extremo oriental de Asia, Japón se compone por miles de islas que se despliegan a lo largo del océano Pacífico. Su geografía, marcada por esta fragmentación territorial, ha influido profundamente en su historia y proyección internacional. Asimismo, su proximidad a grandes potencias mundiales obligó a buscar nuevas alternativas para competir por el liderazgo económico del continente.
De este modo, con su vasta extensión marítima, ha destinado más de 600 millones de dólares a la protección y desarrollo de dos pequeñas formaciones rocosas en el océano Pacífico. Estas estructuras, ubicadas en una zona remota y completamente deshabitada, no cuentan con planes de asentamiento humano, pero han adquirido un valor estratégico y económico que trasciende su tamaño diminuto.
Los islotes se encuentran en el atolón de Okinotori (también conocido como Okinotorishima), en el mar de Filipinas, a más de 1.600 kilómetros de Tokio, entre Taiwán y Guam. Suman menos de 10 metros cuadrados de superficie y carecen de condiciones para la vida humana. A pesar de su apariencia insignificante, el gobierno japonés los considera un activo fundamental para sus intereses nacionales, han destacado desde BBC Mundo.
Zona económica exclusiva y disputa internacional
Si bien se trata de dos piedras pequeñas que están completamente deshabitadas, la nación del sol naciente se ha esforzado en el mantenimiento durante cuatro décadas. La principal razón de esta inversión millonaria radica en la explotación de una oportunidad económica sin igual.
A través del cuidado de este pedazo de tierra, Japón puede reclamar una zona económica exclusiva (ZEE) de más de 400.000 kilómetros cuadrados alrededor de Okinotori. T.Y. Wang, profesor de la Universidad Estatal de Illinois, explicó a BBC Mundo: “Si demuestra que eso son unas islas, entonces podrá establecer un mar patrimonial de 200 millas náuticas”. Esta extensión marítima otorga derechos soberanos sobre recursos pesqueros, depósitos minerales, petróleo y metales raros, todos ellos esenciales para la economía y la tecnología del país.

El área circundante, rica en bancos de pesca y recursos energéticos, representa un enclave estratégico en la competencia por la influencia en el Pacífico occidental, especialmente ante la creciente presencia de países vecinos en la región.
El reconocimiento internacional de Okinotori como “isla” es el eje de la disputa. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar define una isla como “un área de tierra formada naturalmente, rodeada de agua, y que está sobre el agua durante la marea alta”. Sin embargo, el mismo marco legal aclara que “las rocas que no puedan sostener la habitabilidad humana o la vida económica por sí mismas no tendrán una zona económica exclusiva”.
Desde 2009, China y Corea del Sur han objetado ante la ONU la posición japonesa, argumentando que Okinotori no cumple con los requisitos para ser considerada una isla y, por tanto, no genera derechos sobre una zona económica exclusiva. BBC Mundo recogió la postura de los demandantes: “Allí no hay islas, sino rocas y, por tanto, no dan derecho al establecimiento de un mar patrimonial”. Frente a estas discrepancias, Japón sostiene su argumento a través de Hayashi Kazutoshi, que se desempeñó como cónsul en Los Ángeles, quien afirmó: “Se trata de islas y no de rocas”.
Intervenciones técnicas y control histórico
Para reforzar su posición, el país asiático ha realizado intervenciones técnicas y legales desde la década de 1980. Según BBC Mundo, el gobierno nipón ha invertido más de 600 millones de dólares en la construcción de rompeolas de acero, cubiertas de cemento y trasplante de corales, con el objetivo de evitar la erosión y mantener los islotes por encima del nivel del mar durante la marea alta. Además, se ha creado un tercer islote artificial, protegido por una red de titanio, y se ha edificado un observatorio de tres pisos para monitorear la actividad marítima en la zona.

El control japonés sobre Okinotori se remonta a 1931, cuando Tokio declaró el atolón parte de su territorio, aprovechando la ausencia de reclamaciones de otras naciones. En la década de 1920 existían cinco islotes en el atolón, pero la erosión y el aumento del nivel del mar han reducido su número a dos.
El gobierno ha respondido a este desafío natural con métodos avanzados de ingeniería, como el trasplante de corales y el uso intensivo de concreto y acero, en un esfuerzo por preservar la integridad de las formaciones y cumplir con los requisitos internacionales para su reconocimiento como islas.
La controversia sobre Okinotori permanece sin resolver y sigue alimentando tensiones diplomáticas en la región, reflejando cómo cada fragmento de tierra en el océano Pacífico puede adquirir un peso decisivo para los intereses nacionales de Japón.
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