Después de los últimos vuelos en que el cohete Starship había explotado en el espacio, la mirada en el vuelo 10 del vehículo espacial más grande y potente jamás construido estaba puesta en esta prueba crucial.
Anoche, SpaceX concluyó con éxito el Vuelo 10 de su megacohete Starship, desde Starbase, en el sur de Texas, y abrió un capítulo clave en la historia de la compañía de Elon Musk.
No solo se cumplió el objetivo central de completar la misión, sino que también se validaron mejoras de diseño que buscan garantizar la seguridad, la reutilización y la fiabilidad, tres pilares que resultan imprescindibles para los ambiciosos planes de colonización de Marte y de regreso a la Luna en el marco del programa Artemis.

Así, el día de ayer quedará registrado como un punto de inflexión. SpaceX detalló que “se cumplieron todos los objetivos principales, lo que proporcionó datos cruciales para fundamentar los diseños de la próxima generación de Starship y la primera etapa del cohete llamada Super Heavy”. Esa frase condensa la magnitud de lo alcanzado, en especial después de un año difícil en el que varias pruebas habían terminado en explosiones y pérdidas totales de vehículos.
El lanzamiento estaba originalmente previsto para el domingo anterior, pero problemas técnicos en los sistemas en tierra obligaron a posponerlo.
El lunes, el clima jugó en contra y volvió a retrasar la misión. Finalmente, la nave recibió la autorización de la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA), que había concluido poco antes su investigación sobre el fallido Vuelo 9.

El visto bueno de las autoridades abrió la puerta al intento definitivo, y esta vez todo salió como estaba planeado.
Starship despegó a las 19.30 hora local (20.30 hora argentina) y , tras 66,5 minutos de vuelo, completó un amerizaje controlado en el océano Índico, frente a las costas de Australia Occidental.
Aunque al contacto con el agua la nave explotó, SpaceX aclaró que eso era previsible y no altera el resultado general de la misión. Lo central fue que la nave soportó el reingreso, recopiló datos sobre su escudo térmico y demostró que los rediseños recientes funcionaron como se esperaba.
Innovaciones que marcaron la diferencia
El vuelo no solo sirvió para probar el desempeño de la etapa superior y del propulsor Super Heavy, sino también para validar cambios introducidos después de fallas repetidas. En misiones anteriores, los tanques de combustible y los sistemas de presurización habían sido responsables de pérdidas catastróficas.
Ahora, SpaceX aplicó modificaciones que incluyeron la reducción de la presión en los recipientes de material compuesto, la incorporación de cubiertas protectoras en los tanques durante el ensamblaje y la implementación de nuevos métodos de inspección no destructivos capaces de detectar daños internos.
Las aletas de rejilla del propulsor, que pasaron de cuatro a tres, crecieron un 50% en tamaño, lo que brindó mayor control en el descenso y permitió ángulos de ataque más altos.

En vuelos anteriores, esa limitación había provocado tensiones extremas en el Booster 14 y su posterior destrucción. El refuerzo en este aspecto fue clave para que el Super Heavy lograra completar con éxito su descenso controlado en el Golfo de México, un hito que SpaceX destacó como esencial de cara a futuras reutilizaciones.
Durante el Vuelo 10 también se logró un avance inédito: el despliegue de ocho cargas útiles simuladas de satélites Starlink.
Nunca antes Starship había concretado esa maniobra, y su éxito abre la puerta a la verdadera finalidad comercial del vehículo, que busca reducir los costos de lanzamiento mediante la reutilización y al mismo tiempo transportar cargas de gran magnitud.

Otro punto relevante fue el reinicio en órbita de uno de los motores de la etapa superior. Esta capacidad resulta fundamental para vuelos operativos, ya que permite reposicionamientos, inserciones en distintas órbitas e incluso maniobras de corrección en viajes interplanetarios.
El propio Elon Musk celebró el resultado y subrayó que la frecuencia de los lanzamientos aumentará en los próximos meses. Su meta es que Starship pueda volar cada tres o cuatro semanas, con un total de hasta 25 misiones de prueba durante 2025.
El objetivo es acelerar la curva de aprendizaje, perfeccionar cada componente y cumplir con el exigente calendario que impone la NASA, que espera usar Starship como módulo de alunizaje en la misión Artemis 3, prevista para 2027.

La FAA y otras agencias, entre ellas la Fuerza Espacial de Estados Unidos, la NASA y la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte, supervisaron cada etapa del programa. La presión regulatoria se incrementó después de que explosiones en vuelos anteriores esparcieran escombros sobre rutas y costas de las islas del Caribe, lo que obligó a extremar las medidas de seguridad.
La Nave 35, utilizada en el Vuelo 9, había quedado fuera de control por una fuga en el sistema de presurización. Esa anomalía desestabilizó la nave e impidió que completara un amerizaje controlado en el océano Índico. Pocas semanas después, la Nave 36 explotó en una prueba en tierra por un fallo en un recipiente a presión.
Todo ese panorama sembró dudas sobre la capacidad de SpaceX para avanzar en el desarrollo de un vehículo reutilizable de estas dimensiones. El Vuelo 10, sin embargo, despejó en gran medida esas incertidumbres.

“Durante una campaña de pruebas de vuelo, el éxito se seguirá midiendo por lo que podamos aprender, y la décima prueba de vuelo de Starship proporcionó datos valiosos al poner a prueba los límites de las capacidades del vehículo y brindar la máxima emoción durante el proceso”, destacó SpaceX en su reporte oficial.
El camino hacia la reutilización completa de un cohete de este tamaño todavía tiene varios desafíos por delante. El contacto con el agua sigue siendo un límite, ya que genera daños estructurales inevitables.
En el futuro, la compañía espera que el Super Heavy y la etapa superior puedan aterrizar directamente en la plataforma de lanzamiento, sostenidos por los brazos mecánicos de la torre. Ese paso marcaría la verdadera diferencia en costos y abriría el camino a la reutilización rápida, una de las obsesiones de Musk.

De cara a los próximos vuelos, SpaceX también incorporará ajustes en los ángulos de ataque durante el descenso del propulsor para reducir tensiones y proteger la integridad estructural.
Las pruebas realizadas en McGregor, Texas, permitieron replicar fallas detectadas y validaron que los rediseños extendieron la vida útil de los componentes críticos hasta diez veces más.
La meta final es que Starship pueda transportar a decenas de personas y toneladas de carga hacia la Luna y Marte. Por ahora, cada vuelo sin tripulación es un laboratorio de aprendizaje que acerca a ese objetivo.

El éxito del Vuelo 10 no significa que SpaceX haya resuelto todos sus problemas, pero sí demuestra que la compañía es capaz de aprender de los fracasos y convertirlos en mejoras concretas.
Si la cadencia de lanzamientos aumenta como prevé Musk, 2025 podría ser el año en que Starship deje de ser solo un prototipo en pruebas y comience a mostrar su potencial como sistema operativo.

En el horizonte aparece la misión Artemis 3, que pondrá a prueba no solo a SpaceX, sino a la cooperación internacional en la exploración lunar.
Si Starship logra convertirse en el vehículo que lleve a astronautas de regreso a la superficie lunar, su papel en la historia de la exploración espacial quedará asegurado.
El Vuelo 10, con su mezcla de éxitos técnicos y validaciones de rediseños, fue un paso decisivo en esa dirección.